
El taxidermista más buscado del Norte
Por Mariano Wullich Enviado especial
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MACHAGAI, Chaco.- Hace medio siglo, Alberto Vallejos era un chico de sólo cinco años que pasaba sus tardes en el monte mirando y admirando pájaros, víboras, yacarés: cualquier animal típico de esta zona en la que el calor aprieta y la humedad agobia.
Salía de entre los espinillos o de abajo de los algarrobos con su honda colgada del cuello y se acercaba hasta algún tajamar u otro ojo de agua para intentar atrapar más "bichos" para su propio regocijo o para arrimar algo a la cocina de su madre.
En definitiva, hacía lo que todos los de su edad -y más grandes también-, en un lugar donde no había más programas que un poco de música en los fines de semana, una pelota en las calles de tierra y la caza de lo que fuera, mucho mejor si servía para la olla.
Y en una de esas tardes, caminando por el vecino pueblo de Quitilipi, a la hora en la que el sol había aflojado apenas un poco y el puñado de comerciantes ya había despuntado la siesta y abierto sus negocios, se detuvo delante de una vidriera: allí, el chico vio dos pajaritos embalsamados.
Supo que estaban muertos, pero él los veía vivos. Se dio cuenta así de que había una forma de tener para siempre lo que tanto admiraba.
Mas nadie sabía que, con los años, Vallejos se convertiría en un auténtico taxidermista, que sin estudios y con apenas algunas consultas a quienes sabían algo de química sería uno de los embalsamadores más sorprendentes que habitan en el norte argentino.
"El viejo Charata"
Hoy es tan humilde como entonces, pero mucho más reacio a mostrar sus trabajos, a revelar sus precarias pero efectivas técnicas. A su casa, situada en un barrio de la periferia, suelen ir hombres con alguna presa a la que quieren conservar para siempre como si estuviese viva. Y Vallejos lo logra tras cobrarles sólo unos pesos.
En el pueblo todos lo conocen y, como al descuido, le dicen "El viejo Charata". "¿Usted quiere verlo? -le preguntan al cronista-. Porque el hombre es medio parco y, si yo no lo convenzo un poco, capaz que ni lo atiende."
Al rato, el portón de la casa se abre y en un patio de piso de tierra Vallejos recibe a los curiosos entre sus obras: los animales secos. A su lado hay un yacaré, un aguilucho y una víbora curiyú enroscada.
"A los 21 años -relata-, yo era muy alto y flaco. Trabajaba de jornalero en la cooperativa agropecuaria y los muchachos me pusieron Charata, por ser flaquito como el pájaro... Usted sabe, ¿no?, esas gallinas del monte."
Después llegaría la historia de aquel chico apasionado a este embalsamador de 55 años: "Yo miraba los dibujos y fotos de los animales y quería que todo fuera más real. Fue una cosa que saqué de adentro. Tuve una consulta con un farmacéutico, que me dio una mano. Me dijo lo del formol y comencé haciendo una mezcla con algo más adentro de una lata de picadillo de carne. Vivía con mi madre y pensé que ésta sería una forma más de pasar la vida sin pedirle nada a ella".
Vallejos se casó con Secundina Ruiz y tuvo ocho hijos, pero jamás dejó de convivir con sus animales disecados: "Lo primero que embalsamé fue un guazuncho, algo así como un Bambi, ¿vio? Me acuerdo que le pasé un alambre. Después hice lo mismo con un pato picazo, al que le saqué todo y lo costurié ", recuerda.
"Le cuento: yo también era cazador, pero lo hacía por necesidad. Por ejemplo, del guazuncho comíamos todo. Hoy también, con la cola del yacaré hacemos milanesas y el cuerpo va para el escabeche", explica.
Como por lo bajo, revela su técnica sin insistir con la cocina:"Al yacaré hay que vaciarlo y rellenarlo con algo parecido al algodón. La cabeza y la cola las pincho con una jeringa con el preparado de formol y si no seca del todo, lo inyecto otra vez".
"Los más fáciles son los pájaros, porque tienen menos carne. Por ejemplo, una vez tuve que embalsamar a un caureié. Me lo pidió una mujer, porque ése es un pájaro que sirve para enamorar y ella lo quería como amuleto", aclara.
A Vallejos suelen despertarlo en la madrugada para pedirle un trabajo: "Sí, suelen venir a las dos o tres de la mañana y yo conservo el bicho en el frío para trabajarlo al otro día".
Ahora está orgulloso y cuenta sus motivos:"Me trajeron un dorado que fue récord en un concurso de pesca. ¿Saben cuánto pesaba?: veintiocho kilos. ¿Qué tal?" Vallejos, o "Charata", sigue hablando, escondiendo enigmas, mostrando la perfección de sus animales embalsamados y contando otras historias que vivió en el monte. Incluso una que recuerda que se perdió en una noche cerrada y llegó hasta un rancho tan sólo con el olfato: "Eso sí, perdido y todo llegué con un pato picazo para el guiso".
Lo dice con la arrogancia de saberse un conocedor del monte y de la fauna, pero sin perder la humildad, a pesar de ser un reconocido taxidermista del Chaco al que simplemente llaman"El viejo Charata".
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