
Emotivo entierro de Silvina Pelosso
Por Martín Rodríguez Yebra (Enviado especial)
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LAS VARILLAS, Córdoba.- Dos chicos de 5 años miraban ayer al mediodía el coche fúnebre con un ataúd blanco de un metro de largo. No sabían bien qué era, pero hicieron la señal de la cruz en silencio. Lloraban.
Detrás de ellos, unas 500 personas de este pueblo miraban cómo desde otro coche bajaban los padres y la hermana de Silvina Pelosso para ingresar en la iglesia de Nuestra Señora del Rosario a celebrar un breve oficio previo al destino final: el cementerio local, donde depositaron en el panteón de la familia los restos de la joven asesinada en California en febrero último.
El luto invadió a Las Varillas, pueblo agrícola de 15.000 habitantes a 180 kilómetros al sudeste de la Capital. La iglesia estaba desbordada y centenares de personas esperaron a la vera de la ruta el cortejo fúnebre .
Muchos conocían a Silvina, porque desde que nació visitó este pueblo. Aquí nació su madre, Raquel Cucco, y vivieron sus abuelos, en una casa de la calle Italia, donde en 1973 pasó una temporada Carole Carrington de Sund como parte de un intercambio estudiantil. Entonces trabó amistad con la hoy señora de Pelosso.
Carole y su hija Juliette fueron, junto con Silvina, víctimas del salvajismo de personas aún desconocidas durante una excursión por el Parque Nacional Yosemite, en California. Sus cadáveres aparecieron hace poco más de un mes.
Silvina, de 16 años, había viajado a los Estados Unidos a cumplir con un objetivo similar al que hace 25 años trajo aquí a la señora Sund.
Los restos de la estudiante cordobesa llegaron a la Argentina anteayer, luego de que los investigadores del triple crimen terminaron los peritajes, en un avión privado prestado por un empresario de California. Escoltaron la repatriación la madre y un cuñado de la señora Sund, Carole Carrington y Ken Sund, el capellán del FBI Mark O´Sullivan y el cónsul argentino en Los Angeles, Luis Kreckler.
Ellos estuvieron ayer en la ceremonia y consolaron a José y Raquel -padres de la víctima-, que dijeron haber pasado el peor día de sus vidas.
Poco después de las 13.30, los padres de Silvina colocaron un rosario blanco sobre el ataúd y se cerró el panteón. La caravana volvió a partir en silencio. Los vecinos volvieron a sus casas o a sus tareas; los chicos, al colegio; los camarógrafos, a seguir el trabajo. Habían terminado las horas más tristes que Las Varillas recuerda.



