
Encontraron en Tierra del Fuego fragmentos de la goleta Espora
Se trata de una pequeña embarcación que perteneció al comandante Luis Piedrabuena y que naufragó hace 126 años frente a la Isla de los Estados.
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"Cuando entramos en la bahía Franklin, al sudoeste de la Isla de los Estados, nos dimos cuenta de que el lugar coincidía con el que Piedrabuena describió en su diario de viaje con el nombre de Bahía de las Nutrias. Dos horas más tarde vimos, tapadas por el agua, las costillas de un barco del siglo pasado. Todos tuvimos la misma sensación: habíamos encontrado, por fin, los restos del naufragio de la goleta Espora."
Sesenta y siete es seguramente la cifra de la suerte para Carlos Vairo, director del Museo Marítimo de Ushuaia. Ese es el número de viajes que tuvo que realizar hasta dar con la mítica Espora, que perteneció al comandante Luis Piedrabuena y que se hundió hace 126 años. Se trata de una embarcación de vela, de 22 metros de quilla, construida en los Estados Unidos y dedicada a la caza de lobos marinos.
Mientras relata su hazaña a La Nación , Vairo llena una y otra vez su taza con café negro amargo. En cada pausa, mide el efecto de sus palabras con la misma mirada que, de estar vivos, seguramente tendrían los lobos de mar que Robert Louis Stevenson describió en "La isla del tesoro". No es para menos: Vairo también encontró su tesoro.
Después de 12 años de expediciones a la inaccesible isla del fin del mundo, este polifacético porteño descubrió, junto con un equipo de biólogos, botánicos, museólogos y camarógrafos, los restos del caballo marítimo con el que Piedrabuena cabalgó los mares australes y contribuyó a trazar el mapa de la Patagonia.
Los investigadores llegaron allí a bordo de la embarcación ARA Gurruchaga, del área naval austral, que luego de dejarlos en la isla debió internarse diez días en alta mar para esquivar las tempestades de la bahía Franklin.
"La certeza histórica es total. Es como comprobar las Sagradas Escrituras sobre la Tierra Santa. En la isla no hay cartelitos que digan aquí fue , pero todo coincide con los relatos de Piedrabuena", dice Vairo, mientras se acaricia la barba y muestra las fotos de la expedición.
La Espora no pasaría de una sencilla embarcación de no ser porque fue ella, y no otra, la elegida por el héroe patagónico para emprender sus intrépidos viajes en busca de grasa de pingüinos y focas. Una nave sobre la que muchos escribieron, pero a la que nadie, desde hace más de una centuria, había visto.
En adelante, las fotos tomadas durante la expedición esparcirán el centenario secreto por todo el mundo. En una de ellas se ven "las costillas" de la goleta, que quedaron encalladas en la arena. A 50 metros del esqueleto, Vairo y su equipo descubrieron la cadena del barco. Un poco más allá, el refugio de chapas donde los marinos guardaban materiales de navegación.
Todo está como Piedrabuena lo había anotado en su diario una fría mañana de marzo de 1873, cuando la goleta se fue a pique y dejó al comandante y a sus hombres entre el cielo y el desierto de la Isla de los Estados.
Relato de un náufrago
"A medianoche -escribió Piedrabuena en su bitácora- el viento empezó a soplar con mucha violencia. Pusimos boyas en las anclas, y cuando amaneció el viento seguía lo mismo o más fuerte. Notamos que el ancla grande estaba sin cepo y no aguantaba (...) Siendo el mar tan fuerte, me determiné a largar el ancla y a varar el buque en la playa de arena, pero desgraciadamente el buque se atravesó (...) yéndose a pique. No nos quedó más que salvar las provisiones."
El viento, la lluvia constante y el frío no tardaron en enfermar a la mayoría de los náufragos. Y mientras se alimentaban con carne de focas, Piedrabuena comprendió que nadie vendría a rescatarlos y tomó las riendas. En dos meses, y luchando contra el desánimo de su tripulación, construyó con los restos de la goleta un cutter de once metros de largo, que bautizó "Luisito", en memoria de su hijo fallecido.
Con el cutter pudieron volver a Punta Arenas, donde Piedrabuena tenía un almacén de ramos generales. En la actualidad, Vairo y su equipo están construyendo, en colaboración con museos de los Estados Unidos, una nave que represente lo más fielmente posible al cutter.
"No hablamos de réplicas, porque éstas se hacen cuando hay un plano exacto, y no se cuenta con planos exactos del Luisito", comenta Vairo, en alusión a la reconstrucción del barco que también están realizando en la Municipalidad de Comandante Luis Piedrabuena.
¿Por qué se tardó más de un siglo en encontrar unos restos como los de la goleta Espora, que casi estaban a la vista? Simplemente, porque nadie buscaba allí. "Debido a muchas interpretaciones incorrectas del diario de Piedrabuena, se buscaba en el lugar equivocado. Se creía que el comandante sólo había instalado sus fábricas de aceite en la zona norte de la isla, que es la más segura. Pero no, con la pequeña Espora había llegado hasta el Sudoeste", comenta Vairo.
Mientras envía muestras de la goleta a centros de investigación argentinos y norteamericanos para que corroboren el hallazgo, Vairo sólo tiene un temor: que la difusión del descubrimiento atraiga a curiosos que intenten llevarse trozos de la goleta, como ya sucedió con otros vestigios del pasado.
Historia de un tenaz investigador
Carlos Vairo, el descubridor de la goleta Espora, es todo menos un conformista. Mientras cuenta los pasos que lo llevaron a buscar la embarcación con obsesión, este porteño de 45 años da la impresión de no poder permanecer cinco minutos quieto.
Aunque se recibió de contador y estudió ingeniería y administración de empresas, Vairo no tardó en darse cuenta de que lo suyo "era el hombre, no los números y la rentabilidad".
Se volcó a la Sociología, en la Universidad de Buenos Aires, hasta que la carrera fue cerrada durante la dictadura militar. Pasó entonces a La Plata, donde cursó Antropología. Pero ya desde los 24 años cultivaba un romance paralelo: la navegación.
Interesado en la etnografía marítima, llegó a estudiar en museos de Dinamarca y Noruega, donde reconstruyó naves vikingas. Su pasión por los barcos primitivos lo llevó a recorrer la costa americana, desde Perú hasta Ushuaia, y a relacionarse con aborígenes de cada lugar.
Cuando se topó con la historia de Piedrabuena, su amor distó de ser a primera vista: "Todo lo que leía sobre él me provocaba rechazo. Eso que decían algunos historiadores, que por distintos intereses lo transformaron en bronce y aseguraban que dejaba a sus hombres en una isla para rescatar a eventuales náufragos, me parecía poco coherente".
Finalmente, luego de investigar durante años y de escribir siete libros sobre temas patagónicos, encontró su verdad. "Entendí que el comandante no era un filantrópico millonario -dice-, sino el mejor navegante que tuvo el país, un patriota, pero también un comerciante que llegó a dejar a sus hombres en factorías desiertas durante nueve meses, mientras éstos sobrevivían con té de hígado de pingüino."
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