
Esconden en un refugio a mujeres golpeadas
Esperanza: en un lugar del sur de la ciudad funciona un hogar en el que también se atiende a los hijos de víctimas de la violencia.
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Un gran patio con un árbol en el medio, donde juegan niños, rodeado por un jardín de infantes, un salón comedor, una cocina y una decena de dormitorios de siete u ocho catres, con enormes ventanales que no dan a la calle. Una muralla de cemento esconde este lugar secreto en el sur de la ciudad. Agentes armados -sólo mujeres- lo protegen de cualquier intromisión.
Esa es la vivienda actual de 64 víctimas de la violencia familiar: mujeres maltratadas, con sus hijos, que no tienen dónde ir. Huyen de los hombres que las golpeaban, las acuchillaban, las arrojaban por las escaleras o, incluso, las prendían fuego.
Ellos están libres. Ellas no. Permanentemente deben dar cuenta a sus tutores de dónde están, porque sus vidas corren peligro.
"Me partió la mano y la rótula. Tengo dificultades de respiración por un intento de estrangulamiento", relata con frialdad una mujer de 45 años que presentó tres denuncias por intento de homicidio. Mientras cuenta su caso, muestra marcas de cuchillo en los brazos. "Pero, lógicamente, nunca hay testigos dentro del hogar. Así que él sigue libre, seguramente con una nueva desgraciada", aventura.
Esta mujer, que como todas las entrevistadas prefiere ocultar su identidad, lleva 15 días en el refugio para la mujer golpeada, dependiente de la Dirección General de la Mujer del Gobierno de la Ciudad, un lugar de tránsito, donde la estada media es de dos meses.
Según explicaron los encargados del lugar, en un primer momento las mujeres se recuperan de los daños físicos sufridos, a veces con semanas de reposo. Muchas han tenido que dormir en la calle más de una noche.
Simultáneamente, reciben atención psicológica intensiva individual y grupal. "Realmente nos divertimos, porque los psicólogos son entretenidos", afirman. Con la terapia se busca que recuperen su autoestima, ya que todas se han sentido en algún momento culpables de abandonar a sus esposos golpeadores.
Tienen horarios muy rígidos. Cada vez que salen a la calle deben decir exactamente a qué hora van a regresar y dónde van a estar. Una demora supone que la dirección del refugio llamará al juez para que dicte una orden de búsqueda. "El esposo violento puede estar a la vuelta de cualquier esquina", indicó la psicóloga Leonor Martínez, titular del hogar.
Violencia cotidiana
Historias de terror jalonan las vidas de estas mujeres. Una de ellas recuerda el día en que un policía llegó a la puerta de su casa, alertado por los vecinos, que la escucharon gritar durante horas.
"Señora, ¿tiene usted algo que denunciar?", me preguntó el agente. Yo decía que no y me tapaba las heridas, pero ponía cara de que sí. Mi marido estaba detrás de la puerta y me decía que si lo denunciaba de nuevo, me destruiría la vida y todo lo que más quiero. Que me mataba a un hijo", confiesa.
Su esposo es un aficionado al boxeo. "Yo era su punching ball, el objeto en el que descargaba sus frustraciones. Una vez intentó matarme, tirándome por las escaleras del edificio", relata esta atractiva mujer, de unos 40 años.
A su lado, una de sus actuales compañeras de hogar, que está allí con sus cuatro hijos desde hace un año, comenta: "Un día tuve que arrastrarme hasta una comisaría con un navajazo que me cruzaba el torso. Cuando llegué no tenía ni fuerzas para hablar. Me estaba desangrando y perdí el conocimiento".
Poco después decidió abandonar a su marido. "Estaba con mis cosas y los cuatro chicos en la calle y él me tomó del pelo y me arrastró 20 metros por el piso. Nadie sabe lo que es eso", asegura.
Pocas de las residentes tienen secuelas a la vista. Quizá la más notoria es una señora de unos 40 años que tiene enfundado en un guante todo el brazo derecho. Según cuentan, su cónyuge la roció con alcohol y le arrojó un fósforo. Ahora comienza a recuperar la movilidad. Pero ella aún prefiere no hablar.
"Hombres encantadores"
En la convivencia en el refugio, las internas han tenido ocasión de confrontar sus casos. "Si pusiéramos a todos nuestros maridos frente a una pared, serían el mismo hombre. Hacíamos de madres, ya que ellos han tenido infancias traumáticas, todas sentíamos que debíamos cuidarlos", sostuvo una de ellas.
De todos modos, estas mujeres conocieron historias en las que la violencia estaba ausente.
"Yo tuve otro matrimonio en el que era libre, tenía mis amigas, mi trabajo, todo", explica una ex enfermera, cuyo segundo marido la obligó a abandonar su empleo -"es tan celoso que me seguía cuando tenía que poner una inyección"- y ahora no encuentra un puesto.
"Nadie me creía. Tras tres años y medio de matrimonio todos decían: algo habrás hecho", dice. No concebían que ese hombre de saco y corbata, al que encontraban en un ascensor y olía a perfume importado, podía agarrarla por los pelos y golpearla con el puño cerrado en la nuca, donde los golpes no dejan marcas.
"Muchas veces me encerraba con llave durante tres días, hasta que me recuperaba de la paliza", añade.
A los maltratos seguían momentos de arrepentimiento, dudas. Los hospitales, obligados por ley a denunciar los abusos, atendían mujeres silenciosas que mentían: se habían golpeado con muebles o sufrido una caída, contaban, mientras sus maridos se paseaban asustados por los pasillos.
Infancia entre muros
Cuando ven llegar a este cronista, los niños esconden la cara bajo el suéter. Sus cuidadores señalan que lo hacen ante cualquier hombre que aparece en el lugar. Pero de a poco toman confianza y algunos se acercan tímidamente a jugar con sus chiches en la mano. Extrañan un padre, explicaron los encargados del centro.
Los niños no pierden clases. Dentro del centro hay guardería, jardín de infantes y van profesores de hasta séptimo grado. Las madres coinciden: pesadillas, terrores nocturnos, violencia injustificada están a la orden del día en la vida de sus hijos.
Está claro que para ellas el refugio es una solución transitoria. Generalmente las víctimas de agresiones dejan de acudir a sus trabajos, por vergüenza.
Por este motivo se organizan talleres de reinserción laboral:hotelería, corte y confección o computación. "El problema es que cuando alguien me llama para ofrecerme limpiar casas, escucha "Violencia familiar, dígame", y, claro, se acabó", explica una de las tres embarazadas que viven en el refugio en estos momentos.
Cuando concluyen la estancia en el refugio debido a que encuentran un empleo, son desviadas a centros integrales de la mujer.
"Tienen a su disposición un servicio jurídico, psicológico y de capacitación laboral. El refugio es únicamente para resolver crisis de emergencia", explicó a La Nación Noemí Aumedes, titular de la Dirección General de la Mujer.
Los niños son también una de las principales excusas de violencia. "Se ponía muy celoso. Cuando volví a quedar embarazada sabía que todo volvería a empezar. Sólo me pegaba fuerte cuando estaba embarazada", relata otra mujer, abrazada a su hijo de año y medio, del que no se separa ni para dormir.
La joven habla con la misma tranquilidad que el resto de sus compañeras. Como si se refiriera a un tercero. Al parecer, están superando el primer conflicto: vivir con años de violencia en el recuerdo. Ahora les toca iniciar otra etapa, no menos dura: encontrar un trabajo, un lugar para vivir e iniciar una nueva vida para ellas y sus hijos.




