
Hay menos libros, pero cada vez más armas
Surgieron riesgosos cambios morales en los jóvenes en los últimos 70 años; pistolas al alcance de todos
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El modo verbal como los jóvenes se dirigen a los adultos en la calle prueba lo bien que andamos. Al clásico "maestro" le siguió "jefe" y ahora un metálico "man". El pez por la boca muere. También las cosas (porque a veces, verbam). Del "Alpargatas sí, libros no" de 1945 se pasó al "libros sí, armas no "de 1983 y al reinado de las armas en el 2000. En octubre, una Feria de Armas ocupó el recinto que fue de la Feria del Libro. Durante quince días, el filoso sustantivo prepoteó en el paisaje sin que nadie lo "desarmara" del cartel. No es gratuito. Hace unas décadas era casi delito matar un pájaro. Hoy casi no es delito matar a un hombre.
El ambiente es propicio. En el país se mueven cerca de cinco millones de armas cortas, lo cual, estadísticamente, prueba que podríamos matarnos entre nosotros varias veces. Aunque esta ordalía balística es improbable, hay quienes se afanan en preparar el escenario, alterar a los actores y promover un cierre de la historia, no a lo Fukuyama sino con balacera de órdago.
Se sabe cómo viene la cosa. El violento se arma a impulsos de un gran miedo. El ladrón se arma para imponerlo. El justiciero, para aliviar su miedo suprimiendo el miedo de quien lo atacó. El mercader, porque sabe que el miedo vende.
Medio siglo atrás, el adolescente que portase una honda (o gomera) recibía, por lo menos, el cachetazo de una tía, y en el colegio, alguna amonestación. Hoy, la policía le requisa armas de calibres que hacen dar una vuelta de campana al cuerpo de un hombre. Entre un adolescente de 1930 y uno del 2000 no hay diferencia biológica. Sólo moral. Aquella sociedad (aun violada por un golpe militar) vivía dentro de normas que las familias procuraban resguardar. La de hoy resiste frente al caos que le entra por la ventana de la calle y por la ventana de la televisión.
Un armero de profesión
Razetti, La Porteña, Pedro Worms, La Veneciana, han sido en el tiempo los arsenales civiles más famosos de Buenos Aires. Valente "Nino" Meneghetti es barítono de vocación y armero de profesión. Posee el más famoso negocio del ramo y una probada idoneidad. De joven tuvo dos pasiones. Dar entusiastas chumbos como miembro de la giovinezza del Duce y cantar, sobre todo, "Don Carlo" de Verdi. En 1945 vino a Buenos Aires, compró el mobiliario de la que había sido en 1900 una de las armerías mejor provistas del mundo (Razetti, en Sarmiento y Maipú) y sentó reales en Paraguay y Montevideo. Pomposo, y con cierto aire de pachá, pontifica sobre arias, desgrana calibres como quien da cartas y describe el cuerpo de una pistola con emoción próxima a la que provoca el recuerdo de una mujer. Y se queja. Lo suyo roza el "Lamento di Federico" de "L´arlesiana", de Cilea: "No se vende nada. Mienten quienes dicen que aumentó el uso de armas. Es gente ocupada en inflar la realidad" (sic).
Como bien sospechan los pacíficos, una armería no es un santuario o un salón de música. En ella, de lo que en el fondo se trata, es de andar a los tiros. Ninguna liebre o perdiz libra a nadie del hecho cierto de que en su interior le bulle la pulsión de capturar con el ojo y destripar con el gatillo. No es una crítica, sino apenas un diagnóstico. Y ciertamente si la especie sobrevivió fue por la pesca y por la caza. Pero esta nota trata de su cacería. A más trasiego de armas, más presa posible es usted. (O yo, claro.) Porque nuestra sociedad va camino de la selva: en nuestro país se está vendiendo un arma corta cada cuarto de hora.
500 millones de armas
En el planeta existen unos 500 millones de armas pequeñas y livianas, que van de la modesta "viborita" (porque es débil y ante un plano óseo rebota y viborea por el cuerpo) a las 45 o Magnum 357 nacidas para perforar, al igual que el mortífero fusil automático AK-47, la más grossa de las livianas del mundo. La venta legal internacional de armas ronda los 10 mil millones de dólares año y las del mercado negro un tercio de esa suma. Según el conteo de nuestro Registro Nacional de Armas (Renar), hay en el país 1.982.462, pero no atiende la estadística fantasma de lo ilegal, que supera los 2 millones. Son las que arriban de Paraguay (no existe regulación) y de Brasil (donde el crimen organizado es una industria). Y las que desaparecen de arsenales militares y depósitos policiales. Saque conclusiones: el 80 por ciento de las armas confiscadas a delincuentes no están registradas; los crímenes cometidos con armas legales son sólo el 0,05 por ciento; en el gran Buenos Aires existen armerías truchas que también las alquilan según gustos y objetivos. Las hay "sucias" (usadas en golpes "grandes") o "limpias" (digamos, sin antecedentes). También bien sofisticadas: con rayo láser que se aplica al caño del rifle o la pistola para fijar sin dudas el sitio en el que entrará la bala. Este periférico es de venta libre y lo coloca el propio armero. Sucede igual con un silenciador. Un rifle 22 (para liebres) cuesta 80 pesos; una 9 mm (para humanos), 100; una ametralladora, 1700. Las armas gozan de buena salud y son longevas. El calibre 32 corto que mató a José Luis Cabezas es un modelo de 1925.
Cada tanto el Renar dispone actos reparadores (bien mirados, deberían ser considerados actos culturales) en los que se destruyen armas secuestradas. El último se realizó el 11 de noviembre en una acería de Burzaco, donde fueron aplastadas, quemadas y fundidas 4000 armas largas, 6000 cortas y 2000 cortantes.
Uno entra en una armería y por 100 pesos compra una máquina que puede matar al prójimo. Es un acto normal y legal: el armero cumple con un formulario firmado, conserva una copia, otra se la lleva el comprador y la tercera es para el Renar. Este trámite oficializa la tenencia, no su portación, que requiere pasar por la policía y justificarse. Entretanto, el modo inmediato de no estar en transgresión se resuelve llevando el arma en un bolsillo y las balas en otro.
En este imbancable reino del dedo y el gatillo quedan opciones más caras y elegantes. Si a usted lo asalta una irrefrenable necesidad de salvar su honor (ante el abuso de un senador, por decir algo), puede acudir a un anticuario, elegir un par de pistolas francesas Garnier de 1833 y emular en un amanecer de Palermo al Harvey Keitel de "Los duelistas". Eso sí, antes tome algunas clases en el Tiro Federal. La sola valentía no basta. La tuvo, y mucha, el pobre Pushkin, pero su candidez le hizo olvidar la maldita puntería. Y así le fue.
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