Homenaje en la montaña a 30 años del milagro de los Andes
Dos de los 16 sobrevivientes viajaron al lugar de la tragedia, en Chile
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"Si en ese momento me hubieran ofrecido firmar un papel que me condenara a cadena perpetua lo hubiera hecho, sin dudarlo", asegura Roberto Canessa, uno de los 16 sobrevivientes del llamado "milagro de los Andes", a 30 años del accidente del avión que cayó en la Cordillera. "En la cárcel por lo menos no hubiera sentido frío, ni hambre, ni sed como en la montaña."
Ayer, junto con Alvaro Mangino Smith, otro de los rugbiers uruguayos que fue rescatado tras la odisea de 72 días, y una comitiva de 15 personas, entre familiares, amigos y personal de la fuerza aérea uruguaya, emprendió un viaje en 4x4, a caballo y a pie por las empinadas laderas de los Andes.
Las mismas montañas que en diciembre de 1972 atravesó durante siete días, con poca ropa de abrigo y casi sin alimento, con Fernando Parrado. Caminaron siete días "a ciegas, sin saber dónde estábamos" para salvar a sus compañeros que aguardaban en la cumbre. En aquel momento, esos dos jóvenes de 20 años no podían saberlo, pero si hubieran salido hacia el Este, por el lado argentino, la travesía hubiera sido mucho más corta. "Pero la película "Viven" hubiera sido más aburrida", bromea Canessa.
La intención de la comitiva es llegar hasta el lugar exacto del accidente, conocido como el Valle de las Lágrimas, donde se levanta una pequeña cruz de hierro en homenaje a los 29 compañeros y amigos muertos.
"Este es un viaje muy emotivo y significativo porque voy acompañado de la gente que quiero -cuenta Canessa, hoy uno de los más prestigiosos cardiocirujanos de su país-. Es muy importante para mí que mis hijos visiten ese lugar tan energético y hermoso, que sienten la fuerza de esas montañas..."
"Cuando camino por esos lugares me veo tirado en la nieve, arrastrándome con un cansancio que jamás en la vida volví a sentir, pero con fuerza aún para seguir adelante. Estaba decidido a dejar todo en esa caminata", recuerda.
A su lado, Mangino asiente. "Fue una cuestión de actitud, no me preguntes por qué algunos sobrevivimos y otros no. Yo me quebré la pierna en el choque, tibia y peroné, pero nunca deje de salir del avión, me arrastraba como podía. Si te quedabas quieto, te morías."
Este viaje tiene para los dos un "80 por ciento de aventura y un 20 por ciento de reflexión". Muy diferente de aquellos dos meses y medio que tuvieron que soportar sabiendo que sus familiares los daban por muertos y que habían suspendido la búsqueda.
Matar el tiempo
"La vida era muy aburrida. No había nada que hacer ni ganas de bromas. Sólo dejábamos matar el tiempo y pensábamos en nuestras familias", cuenta Mangino, técnico agropecuario, casado y padre de cuatro hijos.
El domingo 22 de octubre de 1972, diez días después de que se cayera el avión y cuando los pocos víveres que tenían -chocolates, vino, mejillones y algunas galletitas- se acabaron, se vieron obligados a alimentarse de sus compañeros muertos. Así y todo, lograron sobrevivir con todas las probabilidades jugando en su contra.
Entre los familiares que visitan el valle por primera vez está Juan Manuel Pérez de Castillo, sobrino del capitán del equipo de rugby Old Christians, Marcelo Pérez, que murió durante el alud que sepultó bajo la nieve a ocho personas y volvió aún más inhóspita la carcasa del avión Fairchild F-227 que les servía de refugio por las noches, cuando la temperatura descendía a los 40 grados bajo cero y el viento, furioso, soplaba a 140 kilómetros por hora.
"Es algo muy fuerte, un encuentro de emociones. Cuando se cayó el avión yo tenía dos años y medio, pero crecí escuchando a mi familia hablar de esta historia. Soy el primero que viene a visitar la tumba de mi tío", dice Juan Manuel, que decidió homenajearlo llevándole un poco de tierra y pasto del jardín dónde vivía su tío en Carrasco, Montevideo.
"Nuestra experiencia les puede servir a toda la gente que hoy está viviendo su cordillera y enfrentando sus montañas. La salida no está más que en uno mismo", concluye Cannesa antes de subirse al avión de la fuerza uruguaya que lo llevará -una vez más- a aquel lugar milagroso.
Una experiencia terrible
Entre la comitiva de 17 personas que viajó a Chile a homenajear a los 29 amigos y compañeros muertos en la montaña estaba el comandante en jefe de fuerza aérea uruguaya, teniente general José Pedro Malaquín. "Para nosotros, la caída del avión Fairchild F-227 fue una experiencia terrible. Perdimos cinco hombres, pero fue un milagro que 16 personas lograran sobrevivir. La Fuerza Aérea se siente en la obligación de concurrir al lugar para rendir un homenaje a quienes fallecieron y a los que pudieron vencer la adversidad y atravesar esas montañas luego de 72 días", dijo Malaquín.




