
Jinetes del viento
Unos van en patineta, otros en triciclo y algunos simplemente en bote; lo curioso es que navegan en pleno desierto y que el viento es el motor de sus movimientos; están en Barreal Blanco, una pista perfecta para deportes de viento
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Después de las alamedas de Barreal, en el sudoeste sanjuanino, se encuentra la Reserva Natural el Leoncito. Allí hay un observatorio astronómico que espera la noche, y un poco más allá una antigua laguna seca, de donde el pueblo bebió su nombre. Ahora las olas son sólo de viento y el desierto quema cada mirada con su reflejo.
Los espejismos del horizonte no dejan apreciar los límites de la pista pero se estima que alcanza los quince kilómetros de largo por cuatro de ancho; es la más larga de la Argentina y, tal vez, la mejor del mundo para este tipo de actividades. De superficie dura, lisa, blanquecina y resquebrajada con finísimas grietas; parece una interminable mesa de billar con alma de barro.
El hallazgo. Muy curiosa fue la forma en que este desierto fue descubierto como pista de carrovelismo. Peregrinos la miraban al pasar como un desierto raquítico pero nadie podía apreciar sus ganas de volar, ninguno reconocía sus alas.
En 1973 Joahn Byttetvier, un belga aquerenciado en Mendoza, piloteaba un pequeño avión con mercadería cuando casualmente sobrevoló la zona de la Pampa del Leoncito. Allí abajo una gigantesca mancha blanca le hacía luces como un espejo. Aterrizó allí mismo sin más vueltas y una vez que hubo descendido comprobó extasiado las sospechas; sus pies estaban sobre una pista perfecta; a los pocos días el testarudo forastero estaba lidiando entre caños y velas.
Los locales no tardaron en entusiasmarse con las novedosas actividades. Al principio los carros fueron rudimentarios; elaborados con ruedas de bicicletas o de autos chicos, y para las velas se utilizaba cualquier tipo de caño. Al tiempo la actividad tomó un impulso tan grande que en aquel mismo lugar se disputó el campeonato mundial Marlboro, firma que por ese entonces decidió ligar su nombre a este deporte.
Ellos mismos diseñan los modelos y son sus pilotos; usan cascos, llevan guantes y con el GPS miden las velocidades
Empujados por el viento. Seis amigos chilenos viajan cada mes desde Santiago para llegar a este sitio. Emocionados, bajan las velas de sus vehículos y al rato están dando trompos en la inmensidad blanca. José Quiñones es el organizador de la partida. El resto del grupo está conformado por el "Tano", Rafael, Cristian y Rodrigo, que vino con su hijo. Es un grupo de profesionales chilenos que busca un alivio en el viento cuyano.
Ellos mismos diseñan los modelos y son sus pilotos; usan cascos, llevan guantes y con el GPS miden las velocidades. "Se aprende muy rápido, aunque volcamos varias veces y más de una vez chocamos entre nosotros", comenta José entre risas. Una de las disciplinas que realizan es el KiteBuggy, que es una especie de carro remolcado por la tracción del viento embolsado en un barrilete o vela. Hace falta fuerza para sostener las dos manijas que llevan los hilos o "líneas" que dan a la vela.
"En Europa estos deportes se practican mucho", asegura "El Tano", y aunque una de las mejores pistas del mundo sea la sanjuanina, en la Argentina "la actividad no es muy aprovechada". A pesar de todo, de vez en cuando se reúnen allí con argentinos y brasileños y compiten.
Más lejos, en el horizonte, un punto negro avanza levantando polvareda y al rato va tomando forma hasta que una moto evidencia su figura. Para utilizar la pista no hay que pagar entrada y los aprendices pueden alquilar carros en Barreal. Desde el pueblo llegan curiosos a ver el espectáculo y al rato están dando una vuelta en los vehículos de los chilenos.
Desinflando sus cachetes de viento llega la cordillera. En pleno desierto y a casi dos mil metros sobre el nivel del mar, en los rostros se refleja la emoción más veloz. Las velas son como cuchillos que afila el viento y los carros, garzas gigantes que galopan la memoria de barro del desierto.
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