Juan Manuel Santos: el llamado de la historia

El premio nobel de la paz argentino, observador del frustrado referéndum realizado en Colombia para rubricar el acuerdo de paz entre el gobierno y las FARC, resalta el alto desafío asumido por el presidente Santos
El premio nobel de la paz argentino, observador del frustrado referéndum realizado en Colombia para rubricar el acuerdo de paz entre el gobierno y las FARC, resalta el alto desafío asumido por el presidente Santos
Adolfo Pérez Esquivel
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23 de diciembre de 2016  

Crédito: Malin Fezehai / The New York Times

Al presidente Santos lo veo dentro del contexto de la responsabilidad que tiene con el pueblo colombiano. Cincuenta y dos años de guerra, de guerrillas, de una confrontación muy dura donde hay grandes sectores del pueblo colombiano desplazados. Siete millones de desplazados internos, seis millones de exiliados, grupos parapoliciales, paramilitares, las guerrillas, el narcotráfico. Un panorama muy complejo.

Santos tuvo el coraje y la decisión política de asumir la responsabilidad histórica de poner fin a este conflicto de 52 años. Tiene el apoyo de personas decisivas como la ex senadora Piedad Córdoba, que trabaja muchísimo para un acercamiento entre las FARC y el gobierno colombiano. Y que trabajó muchísimo para que se pueda aprobar el referéndum.

Hubo primero dos años de negociaciones secretas, y cuatro años de negociaciones en La Habana. Santos llamó al referéndum con una seria oposición de los ex presidentes Álvaro Uribe y Pastrana, que estaban en desacuerdo con las negociaciones de paz. Nosotros estuvimos ahí con Rigoberta Menchú, Premio Nobel de la Paz de Guatemala, apoyándolo. Fuimos como observadores internacionales del plebiscito. Lamentablemente, triunfó el no. Se trabajó mucho el miedo. El pueblo colombiano no está acostumbrado al ejercicio de las elecciones: votó el 30 por ciento de la población. Ahora, pese al fracaso, el presidente Santos mantuvo su posición; lo mismo hicieron las FARC para poder profundizar y mejorar los acuerdos firmados en Cartagena.

Me alegra que la Academia le haya otorgado el Nobel al presidente Santos. Es un apoyo muy claro, decisivo para que se pueda avanzar en los acuerdos de paz, cuya aprobación está ahora en manos del Congreso. Será un largo proceso, pero vemos la predisposición del presidente Santos y de las guerrillas, de las fuerzas beligerantes, tanto las FARC como el Ejército de Liberación Nacional, que también tratan de encontrar una vía de solución para poner fin a la guerra y a la grave violación a los derechos humanos. Un punto crucial es comprender cuál va a ser la reparación a las víctimas del conflicto cuando retornen los desplazados internos a sus tierras. Son siete millones de personas a las que se deberá reubicar.

La paz no es la ausencia del conflicto, sino una dinámica permanente de relaciones entre las personas y los pueblos. En el pueblo colombiano hay una persona importante, el padre Javier Giraldo, un sacerdote jesuita que integra la comisión Justicia y Paz de Colombia y es miembro del Tribunal Permanente de los Pueblos con sede en Milán.

Esperemos que el Nobel fortalezca la posición del presidente Santos pese a la oposición que tiene de sectores que consideran que la guerra es un negocio. Y siempre las guerras se financian con el narcotráfico. Esperemos que este desafío, que asumió con tanta decisión, continúe teniendo apoyo internacional. Será importante no sólo para Colombia sino para pacificar la región. Lo que ocurre en Colombia afecta al continente latinoamericano.

La paz no se regala, se trabaja por ella. No es la ausencia de conflicto, se construye. Día tras día. Ésa es la demanda que nos hace la historia.

Lo hemos hablado mucho con el presidente Santos: es una construcción permanente de relaciones entre las personas y entre los pueblos; los pueblos tienen que ser protagonistas, no tan sólo observadores. Si Santos consiguió llegar a esta instancia es porque también tiene el apoyo de sectores sociales, culturales, políticos y religiosos. Es decir, una persona sola no podría resolver conflictos de esta naturaleza y mucho menos cuando se llevan 52 años de daños enormes con torturas, muerte y desaparición de personas. Debemos comprender cómo poder cerrar esas heridas, en bien del pueblo colombiano y de toda América Latina.

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