
"La Argentina está estancada en su producción científica"
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PARANA.- El ingeniero Enrique Oteiza, graduado en la Universidad de Buenos Aires con estudios de posgrado en Columbia, es uno de los defensores más lúcidos de la investigación científica en la Argentina.
Investigador del instituto Gino Germani de la Facultad de Ciencias Sociales de la UBA, Oteiza fue coordinador de la Mesa de Enlace, un grupo de asociaciones científicas que promovió la investigación al margen de las políticas oficiales.
En diálogo con La Nación en Paraná, donde llegó para disertar en el IIIEncuentro Nacional de Jóvenes Investigadores organizado por la Federación Universitaria Argentina, Oteiza dio cuenta de la caída en picada de la producción científica argentina en los últimos años.
-¿Cómo está la investigación científica en la Argentina, comparada con nuestros vecinos?
-Nuestra inversión en ciencia es el 0,3% del Producto Bruto Interno, la mitad del porcentaje que se invierte en México, Brasil y Chile. La UBAgasta por alumno un tercio de lo que gasta la Universidad de San Pablo, y la situación de los investigadores argentinos está deteriorada este año por el hecho de que el presupuesto universitario de 1999 ya se ha recortado en $145 millones, y se prevé un recorte adicional de $60 millones de aquí a fin de año. No alcanzan los fondos para los insumos ni para el funcionamiento de los laboratorios. Sólo se están pagando los sueldos.
-¿Cómo se manifiesta esa desventaja comparativa?
-La Argentina está estancada en términos de producción científica. En 1960 lideraba la región en términos de trabajos publicados, luego cayó, se recuperó en 1983 y volvió a estancarse. El Instituto Nacional de Tecnología Industrial (INTI) casi no hace investigación, sino que se limita a prestar servicios técnicos de apoyo a instituciones públicas y empresas privadas. No hay innovación de procesos y productos, que es el motor del desarrollo económico.
-¿No hay inversión privada?
-La inversión del sector privado es endeble en investigación. Fue una de las razones de la falta de competitividad de muchas empresas argentinas, que terminaron vendiéndose a firmas extranjeras, incluso brasileñas y chilenas. Sin innovación la empresa pierde competitividad, y eso es algo que los industriales no entendieron a tiempo.
-¿No se puede tomar prestada la tecnología?
-Todas las actividades productivas copian, compran y adaptan tecnología. Pero acá se compra la planta llave en mano, y eso no lo hace ningún país desarrollado, porque la planta se debe adaptar a las condiciones locales. Los japoneses son famosos por tomar tecnología de otros países, pero siempre la adaptan, y después tienen innovación propia, que es lo que le da ventaja a una empresa con respecto a otra. La innovación tiene el beneficio adicional de que una empresa puede explotar la renta de una patente por 15 o 20 años.
-¿Las empresas argentinas no innovaron por ahorro o por negligencia?
-No innovaron por la ineptitud de muchos industriales, que heredaron las firmas y mostraron no tener la capacidad de sus padres y de sus abuelos. Así, muchas empresas se fundieron o se vendieron. En cambio, los laboratorios farmacéuticos, como Bagó y Roemers, sí entendieron que lo más conveniente era invertir en investigación.
¿El atraso de la Argentina es sólo una cuestión de dinero? ¿Cuánto influye la falta de organización?
-Es importante contar con una buena gestión de las instituciones científicas. No puede ser que al frente del organismo que estudia las aguas, que es vital para cualquier sociedad, hasta hace poco haya estado un funcionario corrupto sin antecedentes académicos.
-¿Tuvo sentido gastar recursos en un centro de investigación en Anillaco y otro en Diamante?
-Son dos ejemplos de la mala administración del Conicet, que se hicieron a mediados de esta década cuando el secretario de Ciencia era Domingo Liotta, que crea un nuevo instituto en su ciudad natal, Diamante, sin ningún estudio de necesidades ni posibilidades. En Anillaco pasó lo mismo. La ciencia no se puede conducir con esos criterios.
-¿Las universidades hacen bien su trabajo?
-Las 36 universidades nacionales tienen un nivel de calidad de funcionamiento variable como en todo el mundo:las hay buenas, regulares y malas. A pesar de sus limitaciones, todavía más de la mitad de la producción científica argentina sale de las universidades públicas. La presencia de las privadas es insignificante.
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