La batalla contra el invencible castor

Es muy simpático, pero su explosiva reproducción es una amenaza en Tierra del Fuego, donde taló hectáreas de bosque
Silvia Pisani
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21 de septiembre de 1998  

USHUAIA.- Para el visitante que llega a esta tierra austral, son animales simpáticos, trabajadores y sumamente ocurrentes. Pero para los lugareños, los castores son una pesadilla que no saben ya cómo manejar.

Más de veinte años llevan los habitantes de Tierra del Fuego tratando de sacárselos de encima. Todavía no pudieron y el gobierno local admite que su multiplicación es un drama ecológico.

"Son una plaga. Y combatirla es todo un desafío", se sinceró ante La Nación el secretario de Desarrollo y Planeamiento del gobierno local, Ricardo Martín.

La historia es simple. Hace medio siglo, no había un solo ejemplar en toda la isla. Pero en 1946, durante el gobierno de Juan Perón, a alguien se le ocurrió importar 25 parejas de Canadá para iniciar una industria de explotación de pieles.

Pero lo único que explotó fue su reproducción. Hoy se estima que en toda la isla hay más castores que gente: las proyecciones hablan de más de 50.000 ejemplares sólo en el territorio argentino. Del chileno no hay datos, pero se presume que es otro tanto.

Y ahí empieza el problema. Porque para construir sus magníficos diques, estos mamíferos talan como si nada hectáreas de bosque de lengas y coihués. Desviaron el curso de ríos, alteraron casi toda la zona de ribera y nadie sabe cómo terminará la historia si no se los controla.

"Hay dos cosas que se conjugan: por un lado, el castor es un modificador por excelencia del medio ambiente. Por el otro, los ecosistemas fueguinos son sumamente frágiles", dijo Marta Lizarralde, investigadora del Centro Austral de Estudios Científicos (Cadei), con sede en esta ciudad.

-¿Cómo puede ser que los castores se hayan reproducido tanto?

-Muy fácil. Quien tuvo la genial idea de traerlos no reparó en que aquí no están sus predadores naturales, como osos y lobos, que sí abundan en su hábitat natural, en Canadá.

Hombres, rifles y perros

Camino al Norte, hacia al centro de la isla por caminos que en invierno se cubren de hielo y nieve, se llega al pequeño pueblo de Tolhuin. Su nombre significa "corazón", en lengua yagana, y allí viven varios cazadores de castor.

"Son animales lindísimos pero muy dañinos. Y la única manera de controlarlo es cazándolo. Pero como su piel tiene tan poco valor, 20 dólares a lo sumo, nadie se entusiasma mucho", dijo Juan Harrington, un descendiente de ingleses que lleva más de veinte años en la actividad.

Harrington es uno de los cazadores que fue capacitado por el gobierno local para el uso de unas trampas denominadas "humanitarias" que la Comunidad Europea exige para admitir la comercialización de pieles en su territorio.

"Si conseguimos extender el uso de esas trampas, es posible que podamos pensar en algún emprendimiento comercial que nos permita controlar la multiplicación de estos animales", dijo Adriana Guillen, directora de Protección Ambiental.

Ya hubo quien pensó en eso. Juan Esteban Rivero es un correntino que se afincó en Tolhuin, donde tiene una chacra y una incipiente producción peletera.

"Si piensan combatir al castor con caza tradicional, no van a ningún lado", dijo. Y pidió apoyo al gobierno para conformar una empresa comunitaria de 42 personas que podría cazar, según sus estimaciones, unos 10.000 ejemplares al año.

Las autoridades locales vieron el proyecto con buenos ojos. Pero, hasta el momento, la gran pregunta es a quién le venderán las pieles.

El consenso local es que mientras eso no tenga respuesta, la batalla contra el castor seguirá siendo, posiblemente, otro combate inútil.

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