
La Casa de Tucumán y un viaje insólito en busca de su identidad
Metamorfosis: según el historiador Páez de la Torre, el edificio sufrió dos demoliciones y fue reconstruido gracias a una postal.
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La Casa Histórica de Tucumán poco tiene que envidiar las proezas del Ave Fénix. Al igual que el pájaro que resurgió de entre sus cenizas, esta sencilla construcción de la segunda mitad del siglo XVIII fue destruida y volvió a levantarse de entre sus escombros en tres ocasiones, dos de ellas, con fachadas irreconocibles.
Los secretos de esta casona, que supo albergar con el mismo estoicismo a familias, congresales y a una mula, fueron relatados a La Nación por el historiador y periodista tucumano Carlos Páez de la Torre.
Estudioso del pasado de su provincia y editorialista de La Gaceta durante los últimos 37 años, Páez de la Torre empezó por descartar la tradicional imagen de la casa con fachada amarilla y puertas verdes, tal como aparece en manuales escolares. "En documentos de la época de la Independencia está registrado el uso de cal para el blanqueo de la casa. Todo indica que el edificio fue blanco", explicó.
Con respecto a las puertas, señaló que otro investigador tucumano, Ramón Leoni Pinto, descubrió que no eran verdes, sino azules. Leoni Pinto estudió comprobantes contables de mantenimiento de la casa, en los que se solicitaban fondos al gobierno para comprar "azul de Prusia, aceite de linaza y albayalde, para pintar las puertas de la sala del Soberano Congreso".
Leoni Pinto también echó luz sobre el gesto de la propietaria de la casa en 1816, doña Francisca Bazán de Laguna, que según la tradición les había "prestado" la casa a los congresales. El historiador comprobó que el gobierno nacional ya había utilizado la parte delantera de la casa para alojar a las tropas del Ejército del Norte mientras que la familia se las ingeniaba para vivir atrás, sin pagarles un centavo a los sufridos propietarios.
Momento de gloria
La casona conocería su cuarto de hora de gloria en 1816, cuando llegó la noticia de que el Congreso sesionaría allí. "La familia del gobernador tucumano, Bernabé Aráoz, que vivía a media cuadra de la casa, prestó la mesa para la jura. Los conventos de Santo Domingo y de San Francisco aportaron candelabros y sillas talladas con asientos de suela y altos respaldos", enumeró. El broche de oro, por la noche, lo puso el gobernador Aráoz, que ofreció un baile en su casa.
Cuando en febrero de 1817 el Congreso se trasladó a Buenos Aires, la casa volvió al llano. Aunque todavía se la recordaba como la cuna de la Independencia, cayó en la decadencia durante varias décadas, hasta que una ley de 1869 la convirtió en sede del Correo, el Telégrafo y el juzgado federal tucumanos.
Ese mismo año, un fotógrafo italiano, Angel Paganelli, sacaría dos fotos que cambiarían el destino de la casa histórica: una de la destruida fachada y otra de la galería. Con un gran cajón hermético montado en un carro, Paganelli construyó un laboratorio ambulante y salió a las calles, rompiendo con la tradición de retratar sólo a personas. Su objetivo era crear postales para los turistas que llegaban a Tucumán desde Córdoba en el flamante ferrocarril.
Una mula en la casona
Según el cronista Manuel Pérez, que vivió a fines del siglo pasado, el presidente Sarmiento ordenó limpiar el alicaído Salón de la Jura.
Cuál no sería la sorpresa de los encargados de la tarea, cuando se encontraron con que Martín Olguín, jefe del Correo que funcionaba en la casa, había transformado la venerable sala en un pesebre donde dormía su mula. A causa de la profanación, Olguín fue despedido inmediatamente.
La casa perdió su identidad en 1875, cuando el presidente Avellaneda aceptó un proyecto de reconstrucción del ingeniero sueco Federico Stavelius. Se demolieron el frente y el ala derecha y se construyó una curiosa fachada "neoclásica, con columnas dóricas, seis ventanas y dos leones acostados en el frontis".
Según cuenta Páez de la Torre, el propio Avellaneda lamentaría más tarde lo que llamó "una herejía".
Un nuevo pedido de salvamento para la casona llegó en 1902, esta vez, dirigido al general Roca. Como respuesta, se demolió todo el edificio, con la excepción del Salón de la Jura, que pasó a estar protegido por un pabellón a dos aguas y paredes de vitrales franceses. Frente a la sala se abrió un patio con palmeras y un enrejado con bajorrelieves en bronce de Lola Mora.
La Casa de Tucumán se reencontró con su identidad en 1942, cuando el gobierno le pidió al arquitecto Mario Buschiazzo (reconstructor del propio Cabildo y de las ruinas jesuíticas) que la volviera a la vida. Buschiazzo recuperó la foto de la casa que había tomado el italiano Paganelli y puso manos a la obra.
Como la sociedad tucumana ya miraba con desconfianza las labores de "reconstrucción", el arquitecto hizo llamar a la prensa y dibujó con tiza el lugar donde deberían encontrarse los viejos cimientos. Ante la mirada anonadada de los presentes, la excavación dejó al descubierto el esqueleto de la casona. A partir de ese momento, la Casa de la Independencia volvió a ser lo que era.



