
La cava de Madariaga es aún un sitio de peregrinaje
PINAMAR (De un enviado especial).- "Cada fin de semana, entre 20 y 30 autos se detienen frente a la cava donde mataron al compañero de ustedes. Algunos se sacan fotos, otros simplemente se quedan observando el pozo, como quien mirara algo curioso, y otros juntan sus manos, miran al cielo y clavan una cruz."
La frase pertenece a Orlando Jausaras, vecino de la excavación vial situada a un costado del camino de tierra que lleva a la Laguna Salada Grande, a diez kilómetros de esta ciudad, donde el 25 de enero de 1997 apareció el cadáver carbonizado del fotógrafo José Luis Cabezas.
En la actualidad, las cruces dominan la cava. Son cruces que la gente hizo en el lugar, dos ramas atadas con un hilo, no son compradas o traídas para la ocasión. El pequeño camino de conchillas que conduce al monumento recordatorio en el que se destacan una imagen de la virgen de Luján, la foto con la leyenda "No se olviden de Cabezas" y tres plaquetas son los únicos elementos depositados en forma deliberada.
La mayor cantidad de cruces se concentra en la esquina del fondo de la cava donde apareció el Ford Fiesta quemado, con el cuerpo de Cabezas adentro. Siete pilotes enterrados a la vera del camino impiden el paso de otros vehículos.
Al igual que el paraje donde dos chicos hallaron el cuerpo de María Soledad Morales, en las afueras de la ciudad de San Fernando del Valle de Catamarca, la cava donde asesinaron a Cabezas se convirtió en un lugar de peregrinaje.
"Los sábados y los domingos el desfile es constante. Pero la cantidad de visitantes aumenta en el verano", agregó Jausaras, encargado de la estancia La Portilla. Aunque la cava está dentro de la estancia Manantiales, la vivienda más cercana es la suya, a 300 metros.
El cartel que ofrece "capones engordados a maíz, lechones y huevos caseros" es una referencia vital para aquellos que recorren los cinco kilómetros de camino de tierra que separan la ruta 11 de la cava.
"Hasta hace unos días, el lugar estaba bastante descuidado. Pero como los jueces ordenaron la nueva reconstrucción del crimen, este fin de semana vino gente de la municipalidad de General Madariaga y cortó los yuyos", relató Jausaras en la puerta de su casa, custodiado por diez perros que no paraban de ladrar.
Jausaras recordó que la noche del crimen no estaba en la casa cerca de la cava. "En esa época vivía aquí un puestero de apellido Gómez, que esa madrugada había salido con una tropilla de caballos. Yo me instalé dos meses después, en su reemplazo", explicó.
La cava llena de cruces contrasta con el centro pinamarense, donde ya no se observa ninguna imagen alusiva al fotógrafo.
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