La cocina argentina avanza en Nueva York
A la hora de comer carne, los locales regentados por porteños y cordobeses se imponen entre los jóvenes norteamericanos
1 minuto de lectura'
NUEVA YORK.- Ir al cine y comer afuera son las salidas más elegidas por los neoyorquinos. Es que alrededor de 20.000 restaurantes ofrecen una variedad enorme de comida. Platos de cocina tailandesa, china, japonesa, italiana, española y mexicana son los preferidos. Pero, en los últimos años, los restaurantes argentinos se ganaron su lugar gracias a la carne, a pesar de la fiebre aftosa y el "mal de la vaca loca". Ya son una marca diferenciada en la Gran Manzana.
Claro que el éxito no es para todos. A los que les fue bien, ya piensan en un segundo local, aunque también hay historias de fracasos.
The Argentine Pavillion (32 West sobre la calle 46) se atribuye ser el pionero en Nueva York, con 25 años de historia, en el corazón de la zona de teatros y sobre la calle bautizada Little Brazil por estar repleta de restaurantes de brasileños.
El asador se ve desde la calle, ideal para los clientes norteamericanos "que comen mucho con la vista", dice Natalia Suárez, hija de los dueños del local. Es una clásica parrilla -con carne argentina y norteamericana-, pero también ofrecen otras variedades de platos.
"Recibo pocos argentinos y generalmente me preguntan si estoy loca por tener el bife de chorizo a 18 dólares. Les respondo que los costos en esta ciudad no son los mismos."
Los clientes, en su mayoría, son norteamericanos y trabaja con mucha gente de oficinas, joyerías y embajadas de la zona. "El cónsul filipino pide parrillada tres veces a la semana", agrega.
Jorge Rodríguez es chef hace 30 años y pisó los EE.UU. por primera vez para asistir al festival de música de Woodstock, en 1968. Porteño de Almagro, dice que "quería salir de la esquina del barrio". Estudió en una escuela de cocina norteamericana y trabajó en varios locales gastronómicos de la ciudad.
Empanadas "saladas"
Su restaurante (Chimichurri Grill, 606, avenida 9) fue inaugurado hace tres años, en una zona antes conocida como Hell´s Kitchen (cocina del infierno) porque estaba dominada por todo tipo de delincuentes. Hoy la pueblan jóvenes ejecutivos con gasto ilimitado por sus tarjetas de crédito.
Busca diferenciarse de sus pares con un costo promedio de 60 dólares por cubierto. "Mi comida está en otro nivel", dice. Hace empanadas y las vende a US$ 4 y prepara una especial con relleno de carne de pato, puerro y papa, a US$ 8.
No reniega de su origen, pero no es muy amigo de los argentinos. "El 98 por ciento de mi clientela -aclara- es norteamericana." No permite que se compartan platos y se dio el lujo de hacer esperar una hora al ex gobernador Eduardo Duhalde. "Un día que el restaurante estaba completo me vino a ver el anterior cónsul con Duhalde. Quería que armara una mesa. Salí y le dije que me perdonara, pero que si mi mamá hacía una cola de tres horas por un trámite, él podría esperar. A la hora, volvió y le dimos de comer."
Además, se queja de que los argentinos creen que por pagar una cena se pueden quedar toda la noche.
Sirve parrillada, pero se juega con platos de pescado, jabalí, avestruz y ciervo de la Argentina. El negocio dio sus frutos y a pocas cuadras abrirá otro local con otro nombre y otro menú basado en "tapas latinas".
Pero el éxito no es seguro para nadie. En los últimos tiempos cerraron sus puertas otros restaurantes argentinos, como Malevo, Tango, El Ombú, Lx y Bolívar.
"No es fácil poner un restaurante en Nueva York. No sólo es servir comida en un plato. Los gringos saben comer mejor que nadie", advierte Rodríguez.
Esto también es compartido por Jorge Sosa, un arquitecto cordobés dueño del café-restaurante Sosa Borella (460, calle Greenwich).
El lado oscuro
Vive hace 20 años en los EE.UU., pero increíblemente conserva la inconfundible tonada mediterránea: "El argentino cree que hace plata en uno o dos años y no es así. Las ganancias son del 10 por ciento y no aparecen luego del segundo año. Hace falta una reinversión constante".
Para María García Chiesa, dueña de Sur, "el problema es mantenerse, hay que estar arriba de esto las 24 horas". Otro inconveniente para el negocio puede ser el personal de cocina, que tiene que ser argentino.
"El principal problema son los empleados. Hay que traerlos desde la Argentina y darles vivienda. No es fácil", dice Norma Alejandra Klein, dueña de Mammalinda.
Sosa abrió Novecento, en Nueva York, en 1989, pero luego se separó de la sociedad para dedicarse nuevamente a la construcción. En 1997 inauguró Sosa Borella -con un socio de apellido Borella que al poco tiempo se retiró-, en el barrio de Tribeca.
Es uno de los preferidos por ejecutivos de Wall Street, pintores y actores, como Alec Baldwin, Whoopi Goldberg y Meryl Streep, ya que varios estudios de cine tienen sus oficinas en la zona.
La calidez es la principal característica del local junto con sus famosos sándwiches especiales, sin olvidar la carne y la milanesa "doble caballo", con dos huevos fritos y papas fritas.
Al entrar a Mammalinda -344, calle 52- se siente que se está en cualquier restaurante de barrio porteño.
La decoración es simple, con luces de colores en el interior, servilletas de papel y un recipiente con escarbadientes en el medio de la mesa. De fondo suena un tango cantado por Alberto Castillo.
Carne, milanesas y pastas son parte de su menú. Además, vende tesoros para los argentinos que viven en esta ciudad: alfajores Havanna, sándwiches de miga fatto in casa , dulce de batata y yerba.
Sus precios son más baratos que los del resto. Una milanesa con alguna guarnición cuesta 7,95 dólares y una empanada, 2,25.
En este caso, los argentinos son mayoría. "Los fines de semana y cuando damos los partidos de la selección esto se me llena de argentinos y uruguayos", afirma Klein, que abrió el restaurante hace tres años y que el mes próximo espera abrir un bar con show de tango.
García Chiesa plantó su negocio, Sur (232, calle Smith), en Caroll Gardens, Brooklyn, ya fuera de Manhattan. Quiso abrir un restaurante que no sólo fuera de carne, pero "la gente al ver Argentina quiere carne", dice.
"Hay una presencia de restaurantes argentinos en Nueva York apoyada por el ascenso de la cultura latina. No es un tipo impuesto de cocina, como la tailandesa o la china, pero cuando se quiere comer carne se piensa en un restaurante argentino", afirma Michael Batterberry, fundador y editor de la revista Food Arts, especializada en restaurantes, cocina y hoteles.
"Es un gran momento para los restaurantes argentinos. Los norteamericanos jóvenes están más abiertos a los nuevos sabores y son más experimentales con la comida", agrega.
Direcciones para el viajero
- Sosa Borella: 460 Greenwich Street (Manhattan). Son famosos sus sándwiches especiales, la carne y la milanesa "doble caballo".
- Sur: 323 Smith Street, Caroll Gardens (Brooklyn). La carne es su plato principal.
- Chimichurri Grill: 606 de la avenida 9 (Manhattan). El cubierto cuesta un promedio de 60 dólares. Las empanadas cuestan cuatro dólares; la especial de pato, puerro y papa vale ocho dólares.
- The Argentine Pavillion: 32 West, sobre la calle 46 (Manhattan). Es una clásica parrilla, pero también ofrece una variedad de platos. El bife de chorizo cuesta 18 dólares.
- Mammalinda: 344 de la calle 52, entre las avenidas 8 y 9 (Manhattan). Se especializa en carne, milanesas y pastas. Sus precios son más baratos. Una milanesa con guarnición vale 7,95 dólares y una empanada, US$ 2,25.



