La computadora de navegación del Apolo estrenó muchas de las tecnologías que usamos hoy

Una vista microscópica de la "puerta NOR" dual de tres elementos, en el interior de un chip de silicio utilizado en la nave Apolo
Una vista microscópica de la "puerta NOR" dual de tres elementos, en el interior de un chip de silicio utilizado en la nave Apolo Crédito: Smithsonian National Air and Space Museum
Ariel Torres
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16 de julio de 2019  • 11:24

La NASA lo sabía bien. No era fácil apuntarle a la Luna. Vistosa y lo bastante grande para iluminar la noche, el obstáculo no estaba en la infatigable compañera de la Tierra, sino en la desmesurada misión que el programa Apolo se había propuesto. Guiar una nave hasta un mundo a unos 400.000 kilómetros de distancia, con ambos, la Tierra y la Luna, en constante movimiento relativo y con sus respectivas atracciones gravitatorias influyendo sobre el vehículo; al final, el módulo lunar debía aterrizar en el Mar de la Tranquilidad con unos pocos metros de error.

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Imposible hacerlo a mano, como algunos astronautas pretendían. Para que el viaje a la Luna no terminara en catástrofe iban a necesitar una computadora. Perdón, ¿una qué?

La palabra "computadora" hoy suena cotidiana. Pero hace medio siglo, la propuesta parecía el resultado de un delirio febril. Las computadoras ocupaban habitaciones enteras. Consumían tanta electricidad como un barrio. ¿Cómo iban a instalar algo así en una cápsula en la que los tres astronautas casi no tenían espacio para moverse?

El teclado DSKY, diseñado por Raytheon Corporation, el método por el cual los astronautas se comunicaron con las computadoras a bordo del Comando del Apolo y los módulos lunares
El teclado DSKY, diseñado por Raytheon Corporation, el método por el cual los astronautas se comunicaron con las computadoras a bordo del Comando del Apolo y los módulos lunares Crédito: Smithsonian National Air and Space Museum

Sin embargo, una invención reciente, el circuito integrado, traería la solución. Había nacido de las mentes de Jack Killby (de Texas Instruments) y Robert Noyce (de Fairchild Semiconductor) entre 1959 y 1960, y hoy nos parece una obviedad: colocar varios transistores en la misma pieza de material semiconductor. Nacían así los chips y, con ellos, la miniaturización. Al principio fueron un puñado de transistores en cada circuito integrado. Hoy, un chip puede contener varios miles de millones. Pues bien, una de las primeras computadoras que usaron circuitos integrados fueron las del programa Apolo.

Se cumplen 50 años de la llegada del hombre a la Luna - Fuente: Reuters

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Y todavía un tercer sismo técnico-cultural se estaba gestando en la Universidad de California en Los Ángeles. En octubre, se conectarían los dos primeros nodos de Arpanet, la predecesora de Internet. En 1969, no hay duda, se alinearon los planetas.

Comparaciones engañosas

Los circuitos integrados permitieron a los ingenieros del Laboratorio de Instrumental del Massachusetts Institute of Technology (MIT) construir una computadora de navegación de alrededor de 32 kilos y más o menos el tamaño de un portafolio.

En rigor, las naves Apolo llevaban cuatro computadoras: la que funcionaba como piloto automático del lanzador (el cohete, un Saturno V); las dos de navegación (una en el módulo de comando y otra en el módulo lunar), y otra para abortar el alunizaje, en caso de necesidad.

La más conocida es la computadora de navegación, o AGC, por Apolo Guidance Computer. Sus especificaciones finales (experimentó muchos cambios durante sus años de desarrollo) fueron estas: 2000 palabras (cada una de 16 bits) de lo que hoy llamaríamos RAM y 36.000 de memoria fija (para programas y demás). El precio llegó a ser de medio millón de dólares cada una. La NASA autorizó la construcción de 75 AGC y 138 tableros de control (llamados DSKY, por display and keyboard; se pronuncia "disquí"). Cincuenta y siete AGC y 102 DSKY fueron de la segunda generación, o Bloque II; es decir, la que llevó los primeros hombres a la Luna.

Suelen hacerse pintorescas comparaciones entre la AGC y digamos, un iPhone. Es cierto, un smartphone promedio tiene alrededor de un millón de veces más RAM y espacio de almacenamiento que la AGC. Pero esta es solo una foto fuera de foco.

La AGC no solo era un milagro de la miniaturización, sino que fue una de las primeras computadoras que resolvían problemas en tiempo real. Tenía, por otro lado, la capacidad de priorizar tareas y darles más tiempo de cómputo a las que fueran críticas (hoy llamamos a esto multitarea prioritaria, y fue idea del pionero de la informática Halcombe Laning), e incluso podía cancelar las menos importantes. Esta característica les dio un buen susto a los astronautas durante el primer alunizaje, cuando la AGC emitió dos mensajes de error, descartó las tareas que no eran prioritarias y dejó solo la que contaba: alunizar.

La historia de este momento de máxima tensión es más larga y compleja, pero el hecho es que desde Houston les dieron luz verde para continuar, a pesar de los mensajes de error, y esta extraordinaria (y avanzada) resistencia a fallas inesperadas le permitió a la AGC completar esta etapa con éxito. De otro modo, habrían abortado la misión.

Es cierto que los smartphones hacen esto y mucho más; pero cada tanto se cuelgan, lo mismo que cualquier computadora convencional. Viajar a otro mundo no permitía tales lujos.

Memoria soga

Pero hay otro motivo por el que una computadora convencional de hoy (incluido el iPhone) no podría volar una nave espacial: su memoria sería arrasada por los rayos cósmicos. Fue un argentino, Ramón Alonso, que LA NACION entrevistó en marzo de 2010, uno de los responsables del diseño de la AGC y del DSKY, el que decidió usar lo que se conoce como "memoria soga". Suena raro. Lo es, para nuestros estándares.

En la memoria soga, los unos y ceros (los bits) eran tejidos -a mano, literalmente- con cables de cobre y anillos de hierro. Si el cable atravesaba el anillo, el valor era 1. Si pasaba por fuera, era 0. Llevaba mucho tiempo tejer los datos, por lo que el software debía estar escrito con mucha antelación. Y una vez tejido (lo hacían ex trabajadoras textiles, por lo que se llamó al método LOL, por Little Old Ladies), el programa ya no podía alterarse. Dicho simple, no había margen para el error. Ninguno.

Pero la memoria soga era inmune a los rayos cósmicos y conservaba los bits en condiciones extremas. La Argentina experimenta hoy con memorias para satélites que tienen esa misma resistencia.

Dicho sea de paso, la mente principal detrás del software de la AGC fue una mujer, Margaret Hamilton. Vaya esto para los que todavía sostienen en el ambiente informático prejuicios paleolíticos.

En total, lejos de ridiculizar a la AGC comparándola con los dispositivos del siglo XXI, hay que ponderar en toda su magnitud sus características prodigiosas. No solo guio a las naves Apolo sin fallas estrenando tecnologías pioneras (chips; acceso directo a memoria; multitarea prioritaria; interrupciones de hardware, máquinas virtuales), sino que lo hizo hace medio siglo y en el ambiente más hostil que conocemos, el espacio exterior. Lo único que le faltaba era WhatsApp. Ah, y pantalla táctil.

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