
La excéntrica aventura de dos amigos que quieren unir Nueva York y Punta del Este en camioneta
La historia se hizo conocida entre los visitantes de las playas esteñas; LA NACION dialogó con uno de los protagonistas
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PUNTA DEL ESTE.- La lluvia tropical marcaba surcos en el camino de tierra por el que dos amigos conducían cuesta arriba una camioneta de dos toneladas. Querían llegar a la cima de uno de los cerros de la Sierra de Santa Marta, la cordillera litoral más alta del mundo, y ver desde ahí cómo el abismo desembocaba abruptamente en el mar Caribe. Algo no salió bien. La camioneta, una Land Rover Defender 110 1993 acondicionada con un enorme motor para cumplir todo tipo de travesías, se quedó sin acelerador. Las opciones eran casi nulas: ningún auto podría remolcar semejante peso. Usaron un árbol cercano para arrastrarla hasta el borde del camino. Resolvieron pasar la noche y pensar en cómo conseguir un mecánico capaz de solucionar la avería en plena selva colombiana. Sin más que hacer, prendieron el televisor que llevaban entre el equipaje y se dispusieron a ver una película. En eso estaban cuando uno de ellos empezó a sentir una respiración en la espalda. Se le paró el corazón. Cuando se animó a darse vuelta, encontró a un aborigen de alguna de las muchas tribus que habitan la sierra, que se había asomado a mirarlos de cerca, con curiosidad. Llevaba una especie de túnica anudada apenas cubriéndole el cuerpo. La escena parecía de película.
-Hola, me llamo Kimi- aventuró el viajero.
-Hola- contestó el aborigen. Era de la población Kogui y hablaba un rudimentario español, pero no sólo se hicieron entender. Destaparon una botella de ron, brindaron y miraron los tres juntos la película hasta el final. Al día siguiente, invitó a Kimi a su tribu y allí, entre todos, consiguieron quién llevara al aventurero en una motito hasta el pueblo, en busca de ayuda para su auto. Kimi nunca supo el nombre de su benefactor, o lo supo pero la lengua chibchense le resultó irreproducible.
Kimi se llama Joaquín Ruibal, tiene 28 años y es argentino, pero se crió en José Ignacio, Uruguay. Fue a la escuela del pueblo y tuvo una vida tranquila hasta que se mudó a Buenos Aires para estudiar en el ITBA (Instituto Tecnológico de Buenos Aires) Administración en Sistemas. Trabajó en una sociedad de bolsa y durante algunos años tuvo caballerizas en Lobos. Un día decidió que no quería ser como aquellos empresarios que trabajaban todo el día, que casi no veían a sus familias, para solo disfrutar las dos semanas de vacaciones por año. Renunció, vendió sus caballerizas y se volvió a Uruguay, donde construyó una chacra gracias al sistema de trabajo por intercambio Work Away. Puso una granja de productos orgánicos y comenzó a viajar por el mundo. Inglaterra, los países nórdicos, Rusia, los Estados Unidos de costa a costa. Fue cruzando desde Nueva York a San Francisco en auto cuando Carl, un amigo norteamericano al que conocía de hacía años porque viajaba seguido a Buenos Aires, le contó que quería manejar desde Nueva York hasta Bolivia, donde tenía familia. Kimi redobló la apuesta: “Vamos desde tu casa en East Hampton hasta la mía, en José Ignacio”.

Llamaron al proyecto Seeking Valhalla, mezcla de inglés y nórdico que significa “buscando el cielo”. A su camioneta, que parecía un vehículo de guerra, la bautizaron Freyja, como la diosa nórdica del amor, la belleza y la fertilidad. “El viaje parte de una idea ridícula: manejar desde Nueva York hasta Punta del Este porque sí. Era arbitrario y era riesgoso. Pasamos por situaciones de mucho peligro. Pero soy de esas personas que se exponen a cosas para tener experiencias diferentes. Hay mucho de lo que me arrepiento y no estoy orgulloso de algunas decisiones que tomé. Por suerte todo salió bien”, dice ahora Kimi, desde su casa en José Ignacio. El viaje les llevó cinco meses y tuvieron que interrumpirlo en Bolivia por trabajo. Piensan retomarlo en unos meses, y recorrer toda la Argentina antes de plantar la bandera que trajeron desde los Hamptons en la península más famosa de Uruguay.
El 2 de junio del año pasado, Kimi voló a los Estados Unidos para empezar esta travesía. “Equipamos la camioneta con cosas ridículas y cosas necesarias: una bocina de tren, tanques de agua y de gasolina extra, tablas de surf, un drone, hamacas paraguayas, carpas, zapatos de vestir para ir a un casamiento, el equipo de escalar, un televisor”, repasa. Lo que no tenía la camioneta era aire acondicionado. Tuvieron que comprar un ventilador para cruzar el desierto texano en pleno verano boreal. Tampoco gato ni caja de herramientas. Eso sí: compraron un dispositivo para SkyRoam, y se garantizaron conexión a Internet de manera permanente a sólo 10 dólares por día.

El primer tramo fue sin escalas hasta la frontera con México en El Paso. Mala idea. Para entrar al país azteca a esa altura hay que pasar por Ciudad Juárez, famoso enclave narco. Cambiaron el rumbo hacia el paso en Loredo y encontraron las fronteras abiertas. Nunca nadie les pidió ni pasaportes ni papeles del auto ni nada. Pensaron que en algún momento encontrarían un control para recibir su sello de ingreso al país, pero la ruta seguía y ni rastros.
Casi un mes después de haber comenzado el viaje, decidieron cruzar de México a Guatemala, y allí empezaron los problemas. Sin sello en el pasaporte, les impedían salir del país. Cruzaron la frontera de todas maneras pero Guatemala no quiso recibirlos. Ahí tuvieron miedo por primera vez. Sabían que la situación era compleja y estaban en un pueblo fronterizo donde parecían la carnada perfecta para una estafa, o peor, para un secuestro. “Saqué la bandera uruguaya. Tenemos buena imagen, somos un país chiquito, y les conté que íbamos manejando hasta mi país. Tuvieron compasión y nos dejaron pasar”, cuenta Kimi, ahora divertido aunque en ese momento admite haber estado transpirado de pies a cabeza por los nervios, mientras repasa las fotos del viaje bien organizadas en su cuenta de Instagram. En muchas de esas imágenes está la bandera que, según dice, los salvó en muchas situaciones. “El tema de las fronteras es un chiste. Salen niños de todos lados que te ofrecen hacerte los papeles. Es un circo. Todos tienen una historia diferente, todos te piden plata. Los chicos, los policías, antes que los papeles te piden plata. Si alguien quiere contrabandear algo lo puede hacer sin problemas. Es muy triste”, reflexiona.
Luego de dejar atrás México, sólo buscaron aquellos lugares de playas vírgenes y de belleza total. Atravesaron Honduras sin parar, alertados por el crecimiento de la violencia en ese país, y fueron directo a las mejores playas de El Salvador, Costa Rica y Panamá. La isla panameña Contadora se convirtió en uno de los mejores escenarios. Pasearon en yate, avistaron una familia de ballenas y surfearon aguas transparentes. Para el siguiente cruce de frontera se vieron obligados a tomar un avión: no se puede manejar desde Panamá hasta Colombia porque el Tapón de Darién, la selva impenetrable que se extiende en esa frontera, no tiene caminería. Mandaron a Freyja en un conteiner y volaron a Cartagena.

Sus aventuras en Colombia y Ecuador desbordaron excentricidades. Si el episodio de la tribu Kogui parecía salido de un cuento de Robert Louis Stevenson, lo que siguió después podría estar en una película de Martin Scorsese. Conocieron al actor Caio Castro, famosísimo brasileño que viajaba en una travesía similar pero haciendo paracaidismo y se convirtieron en celebridades sólo por sentarse junto a él en un bar. Alquilaron un helicóptero para llegar a las playas caribeñas que en Colombia no tienen fácil acceso en auto y durante tres días pararon en la playa que quisieron para surfear y seguir camino. En Guayaquil pasaron de ser invitados a un palco para ver un partido del Barcelona local, a una cabalgata de lujo, exclusiva para 70 personas que terminó en un mega cumpleaños bajo las estrellas y hasta se vistieron de traje para una boda que fue una verdadera bacanal.
Sin embargo, no todo fue color de rosas. Itinerantes durante cinco meses, Kimi y Carl pasaron por una montaña rusa anímica a lo largo del viaje. Hubo tramos en que manejaron tres días sin dormir: “Empezaba a ver cosas, a soñar despierto”, recuerda. “Desde el día uno dudé si podría completar el viaje. Pensaba que en algún momento me iba a tomar un avión y dejar todo. La convivencia todo el tiempo con una persona, encima dos personalidades fuertes, de mundos distintos...Ibas cediendo cosas. Había momentos en que alguno tenía que ceder y si no, era ver cuál era más guapo. Por supuesto que hubo roces. Pero ahora se extraña al compañero”, admite Kimi, que además tuvo que superar la ruptura con su novia en la mitad de la travesía. “Se ponen muchas cosas en juego. Cómo le explicás a una pareja estable que querés viajar sin rumbo. Fue difícil porque cortamos queriéndonos mucho”.
Volver a casa

Desde que arrancó la temporada en Punta del Este, a mediados de diciembre, Kimi trabaja intensamente en el negocio de su padre, Ruibal, una conocida inmobiliaria de José Ignacio. Fue breve la “readaptación”. “Siempre supe cuál era mi realidad, y que lo que estaba viviendo era algo del momento. Llegar a mi casa fue una alegría”, dice.
En una larga charla los ítems más excéntricos del viaje decantan y aparecen las consecuencias del golpe de realidad, y las reflexiones: “Valoré mucho mi cultura, mi gente. Y me di cuenta, tristemente, que donde reina la corrupción solo importa tener plata para resolver cualquier problema. Si antes pensaba que no necesitaba nada para vivir, ahora pienso que si quiero formar una familia tengo que tener plata para cualquier cosa que pase. Si antes pensaba en hacer una vida más hippie con mi granja de productos orgánicos, ahora voy a romperme laburando para tener seguridad. Pero también es cierto que la felicidad está en el equilibrio”.
Una vez que completen el viaje -esperan que será en el invierno-, piensan descansar unos años y ya hay un proyecto nuevo enfrente: unir Londres con Hong Kong.
Hay algo más grande que Kimi supo encontrar en la travesía: buenos, enormes corazones.“La gente es buena, naturalmente, no es mala. La gente mala leche está contada con los dedos de la mano. A mí me robaron una vez acá en casa, me enojé mucho, y vas armando un preconcepto, y a veces ves a alguien y te asustás. Pero la gente nos ayudó de principio a fin. Me shockeó mucho darme cuenta de eso: la gente es buenísima en todos lados".




