La fortuna de (no) llamarse Daniel
Él venía de una separación complicada y salía con varias mujeres para olvidar, pensó que era una de ellas cuando en el teléfono lo llamó Dany, pero él no era el Daniel que esa voz buscaba; ¿o sí?
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- “Hola ¿Dany?”
- “Hola negri ¿Cómo andás? ¿Todo bien?”
- “Bien, todo bien por suerte. La verdad que hoy me empapé camino a casa.”
- “¡Sí! ¿Viste lo que se llovió? ¡Fue impresionante!”
Ambos rieron con ganas y continuaron hablando sobre su día con naturalidad.
- “Che, ¿y tu piojo? ¿Cómo anda?” Silencio incómodo.
- “¿Qué piojo?,” le contestó ella, tensa.
- “¿Cómo qué piojo? ¡Tu hijo! ¿Cómo anda?” Segundo silencio incómodo.
- “Mirá, yo no tengo ningún hijo. Tengo dos gatos que los quiero como hijos, pero hijo propio ninguno todavía. ¿Estoy hablando con Dany?”, replicó ella entre sorprendida y asustada.
- “¡Sí!! ¿Estoy hablando con Laura?” Y ahí, después del tercer y último silencio incómodo, aquella voz tan parecida a la de Laura, cortó bruscamente la comunicación.
La mirada de Dany quedó por varios segundos clavada en el teléfono, confundida. ¿Con quién había hablado durante tantos minutos? ¿Cómo no se había dado cuenta desde el comienzo que ella no era quien creía que era? "Bueno, esta mujer dijo mi nombre", razonó. Sin embargo, no pudo evitar sentir cierta euforia. Al fin estaba recuperando el equilibrio. Después de una separación muy conflictiva y días un tanto oscuros, había reconquistado la capacidad de gozar de ciertos placeres de la vida. En especial el placer por las mujeres. Laura, aquella con la que él creía haber hablado, era una de sus amigas con derechos, una chica agradable con la que no pretendía nada más que pasar buenos momentos.
Pero esta mujer del número equivocado lo había intrigado. Si en lugar del cariñoso "negri", él le hubiese dicho "Laura" de entrada, todo habría quedado en un simple "te equivocaste de número" de cinco segundos. Pero ellos habían logrado hablar - y bastante - como si se conocieran desde hace tiempo. "Qué ganas de llamarla", pensó Dany sin saber bien para qué. La verdad es que no tenía sentido y, aparte, ni siquiera tenía identificador de llamadas.
Dos semanas más tarde
"Para variar, nada bueno en la tele." A pesar del pensamiento recurrente, Dany no se movió del sillón; no tenía nada mejor que hacer. Hasta que sonó el teléfono.
- “¿Hola, ¿Dany?” No era Laura.
- “Sí, pero no creo que sea el Dany con el que vos te querés comunicar.” Silencio.
- “Evidentemente, no, perdón.”
- “¡Pará! ¡Pará! ¡No me cortés! Antes por lo menos decime tu nombre. El otro día estuvimos charlando unos cuantos minutos y ni siquiera sé cómo te llamás.”
- “Natalia. Y evidentemente vos sos Dany.”
- “En realidad me dicen así mis amigos, pero no me llamo Daniel.”
- “¿Cómo que no te llamas Daniel?”
- “Es una larga historia.”
- “Contame.”

Conversaron por más de media hora y al cortar Dany se sintió extraño, distinto. Un par de noches después, llegó una nueva llamada, ya intencional. Después otra y otra. Así, las comunicaciones se repitieron por el lapso de un poco más de un mes, hasta que una noche decidieron encontrarse y conocerse definitivamente.
Quedaron en verse un sábado en la estación de servicio de General Paz y avenida Crovara. A Dany la situación le resultaba tan insólita que decidió mantenerla en secreto. Mientras se dirigía al encuentro su impaciencia fue en aumento. Hacía muchos que no se sentía así, como un adolescente. Mientras su cabeza repasaba la situación y evaluaba las posibilidades, sonó su celular:
“Che Dany, ¿en qué andas? ¿Vamos a ver la banda de Edu esta noche?” Era un amigo de la vida y Dany permaneció callado hasta que finalmente soltó: “Mirá, te lo resumo. Me estoy por encontrar con una chica que no conozco. Nunca la vi. No sé ni cómo es.” Le contó cómo había sido todo y su amigo de lanzó una carcajada burlona que a él le resultó interminable.
“¿Número equivocado dos veces? ¡Estás loco! Y típico que la ves y no te gusta”, lanzó “¿y si es una desquiciada? ¿Cómo sabes si tiene todos los patitos en fila o no? ¿Mirá si te salta con cualquier cosa? ¿Si pasás por una situación violenta?”
“Lo estuve pensando. Si no me gusta me la banco, vamos a comer algo y después la llevo a la casa y a otra cosa.” Lo dijo preocupado. Había pensado en que no le guste, pero jamás en todas esas otras variables. Finalmente, decidieron que su amigo iba a llamarlo en una hora y media para ver cómo iba todo y salvarlo, de ser necesario.
¿Qué es lo peor que podría pasar?
Después de cortar, la impaciencia de Dany se transformó en miedo; evaluó seriamente abandonar, pegar la vuelta y desaparecer. Pero tomó coraje y decidió ir a fondo y “que sea lo que tenga que ser”. Estacionó y la adrenalina le aceleró el pulso al máximo. De pronto, vio a una mujer que se acercaba, dudosa, hacia su auto. Dany decidió bajar y anticiparse: “¿Natalia?” Ella sonrió. Dany la miró a los ojos y sintió que era el hombre con más suerte del mundo.
- “¿Dany? Por fin nos conocemos.”
La invitó a un restaurante tradicional del barrio chino sobre la calle Arribeños; ambos se entregaron a una charla animada y se olvidan del tiempo. Cuando sonó el celular, recién ahí Dany recordó lo que había pactado con su amigo.
- “¿Cómo va todo, Dany?”
- “Todo bien, todo en orden, ¿vos?” Silencio inquisidor.
- “¡Naaaah! ¡Me estás cargando! ¿En serio? ¿Está buena?”
- “Sí, sí, todo en orden.”
Dónde uno menos lo espera
Desde ese primer llamado equivocado transcurrieron poco más de 12 años en los cuales Dany y Natalia estuvieron de novios, se mudaros juntos y afrontaron todo tipo de retos y dificultades, como cualquier pareja. Pudieron comprarse una casa más grande y adoptaros tres perros y un conejo. Finalmente, en el año 2011, ella quedó embarazada de su única hija, quien está por cumplir cinco años el próximo mes de marzo.

Cada día, Dany agradece haber tenido el coraje de afrontar esa primera cita sin dejarse llevar por el miedo y la incertidumbre. Quedarse ese día le permitió encontrar una mujer que lo hace sentir pleno. Una compañera de viaje a quien admira y desea como desde el primer día.
Ni en sus pensamientos más locos, Dany hubiera imaginado que una llamada equivocada iba a traerle amor. Ni en sus sueños más delirantes, hubiera creído que era una suerte que sus amigos no le digan Carlos.
Que lo llamen “Dany”, le trajo al amor de su vida.
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