
"La imaginación venida de lejos"
Héctor Bianciotti, nacido en la Argentina, se incorporó a la Academia Francesa, en el sitial que ocupó André Frossard
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PARIS.- El escritor y periodista de origen argentino Héctor Bianciotti fue incorporado a la Academia Francesa de la Lengua en un acto solemne realizado en el Instituto de Francia.
"Doy las gracias a los académicos de la lengua, que, eligiéndome, han dado muestras de su sentido y audacia", dijo Bianciotti.
Bianciotti fue recibido por la académica de número Jacqueline de Romilly, quien expresó en su discurso: "Es usted un caso único. Le damos las gracias al acogerle en esta Academia guardiana de la Lengua Francesa, pues nadie ha hecho más que usted en esta causa. Usted no aprendió el francés en su familia o en sus estudios, sino que, al conocer por un periódico local argentino la muerte de Paul Valery, se procuró seguidamente los textos originales de éste. Luego siguió el resto.
"Usted se puso seguidamente a vivir en francés, a soñar en francés e incluso a callarse en francés. Apegado a la lengua francesa, ha llegado a ser el defensor más eminente de ella. Su acento significa incluso que se puede ser un gran escritor francés aunque se venga de muy lejos, de la pampa... Ya era hora de que usted se uniera a quienes no detestan llamarse inmortales".
Héctor Bianciotti nació en 1930 en Calchín Oeste, Argentina, de donde emigró a Europa en 1955, se instaló en París en 1961 y adoptó la nacionalidad francesa en 1985.
En español publicó las novelas "Los desiertos dorados" (1965) y "La busca del jardín" (1977).
En 1985 publicó su primera novela en francés, titulada "Sans la Misericorde du Christ" (Sin la misericordia de Cristo). A ella siguieron otras, entre las cuales se destaca "Ce que la nuit raconte au jour" (1992).
Ese último año recibe el premio Príncipe de Mónaco por el conjunto de sus obras y en 1994 se le otorga el Premio de la Lengua Francesa.
El que viene de lejos
París.- Al incorporarse a la Academia Francesa, Héctor Bian ciotti destacósu amor por el francés, y su admiración por su predecesor, André Frossard.
La académica Jacqueline de Romilly le dio la bienvenida y lo calificó como "un caso único" por su defensa de la lengua francesa.
"Nacido en la Argentina, en el aislamiento de la pampa, estaba destinado a hablar el español. Nacido en una familia de origen piamontés, podía haberse girado hacia el italiano. Nada le preparaba para el francés", dijo Romilly.
Bianciotti agradeció su nombramiento en una institución "que no ha temido la audacia ni la paradoja al acoger en su seno a alguien que viene de lejos y ha pasado de su lengua de infancia a la de su literatura de elección por los caminos del contrabandista sin aportar otra cosa, a modo de regalo, que no fuera una imaginación venida de lejos".
Una espada para la dignidad
El jefe del suplemento Cultura de La Nación asistió hace una semana a una ceremonia previa a la que consagró el ingreso de Héctor Bianciotti a la Academia de Francia.
PARIS. El ingreso en la Academia de Francia sigue un ritual muy definido. Hay dos momentos, en días distintos, de gran importancia: primero, la entrega de la espada que acredita la dignidad de académico, acto que se realiza en un lugar designado por él, y segundo, la solemne ceremonia, en el bellísimo edificio del Quai de Conti, sede de la Academia, en la sala bajo la Cúpula, durante la cual, el novato debe leer el discurso en el que celebra a su antecesor en el sillón que ocupará.
La espada de Bianciotti fue diseñada por Francois-Marie Banier, gran fotógrafo y escritor, y cincelada por Patrice Gilbon y Jean-Pierre Coroller. El diseño es de una gran elegancia y simplicidad. Fue costeada, como es habitual, por un grupo de personalidades y amigos. El embajador de la Argentina, Archibaldo Lanús, María Kodama, por la Fundación Borges, la princesa de Murat, Pierre Cardin y Edmonde Charles-Roux.
Bianciotti eligió las salas de la Opera Garnier para la ocasión.La reunión se realizó el pasado martes 21 de enero a las 18. Bertrand-Poirot-Delpech, de la Academiade Francia, fue el encargado de pronunciar el discurso de bienvenida al argentino. La concurrencia incluía celebridades, amigos, y los desconocidos de siempre.
Con mucho humor, Poirot-Delpche se refirió a los invitados y al supuesto carácter "mundano" de Bianciotti, diciendo que la asistencia, la "crema" del Tout-París, incluía además "la debida proporción de falsas duquesas y de muchachones". En suma, la lista de invitados hubiera hecho las delicias de un verdugo de la Revolución Francesa en 1789. Encabezando ese grupo estaban la princesa Jeanne-Marie de Broglie y el legendario barón de Redé, un sobreviviente del grupo más aristocrático de la café-society de los años 30 y 40, íntimo de los barones de Rothschild. Por supuesto, también estaba el embajador Archibaldo Lanús. Aún radiante, se veía a Simone Valére, la Eugenia de Montijo de la película de culto de los años 50,Violetas imperiales; Franz-Olivier Giesbert, director del diario Le Figaro, Edmonde Charles-Roux, la autora de una de las biografías más importantes sobre Chanel.
Charles-Roux estrenaba en esos días en la Opera un ballet basado en un libreto suyo, Le guépard (El gatopardo), inspirado en la novela homónima del príncipe de Lampedusa.
Poirot-Delpech comenzó sus palabras citando un pasaje de La busca del jardín de Bianciotti, en en el que éste describe con una exactitud de especialista los mármoles de la sala donde se desarrollaba el acto. Nadie ignora que Héctor adora la ópera y es un admirador inconsolable de Callas. Poirot-Delpech elogió el impecable uso de la lengua de Bianciotti, y no dejó de señalar que ese atildamiento lingüístico se correspondía con su elegancia para vestir y con su encanto que, en gran medida, se derivaba del acento extranjero con que habla el francés, un acento que Bianciotti cultiva astutamente.
Por su parte, el escritor franco-argentino agradeció a Alain Peyrefittte el hecho de que lo hubiera apadrinado para obtener la naturalización francesa, a Hugues Galles, director de las Operas de París, que le hubiera facilitado la sala del palacio Garnier y, por último, se refirió al diseño de su espada. En ella, no hay títulos de obras escritas por él, ni muchos detalles biográficos, sino simplemente las letras del alfabeto echadas al viento del azar. Dos letras son las más visibles, la "A" y la "L". Y aclaró por qué: "... la "A" es la inicial de la palabra amistad y del nombre del amigo que ha velado y vigilado mis pasos en el dédalo de la lengua francesa desde que me aventuré en ella". (Probablemente el nombre de ese amigo sea el de Angelo Rinaldi, el novelista francés, temible crítico de L`Express) . Continuó: "En cuanto a la letra "L", está allí para recordar... a pesar de las múltiples vocaciones que exaltaron mi adolescencia: la música, la arquitectura, el teatro, sin olvidar, cuando a los doce años, entré en el seminario, la santidad... la letra "L" está allí para recordar, es obvio, la literatura que se ha convertido en mi vida, hasta el punto que me parece, cuando miro hacia atrás, que sólo he vivido para proveer la materia prima de un libro, de algunos libros".
El flamante académico que recordó su deuda con Valéry y con Claudel afirmó que aprendió el frances, "que nunca terminaré de aprender", en los diarios. Agradeció entonces a las publicaciones Quinzaine litéraire, Nouvel Observateur, Le monde.
Por último, dijo que veía en la espada el símbolo de una lucha; una lucha por preservar, en un espíritu de justa innovación, la casi infinita riqueza de la literatura francesa, "para que su vida continue palpitando en nosotros, en el mundo, y se perpetúe en el porvenir".
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