
La inclusión, una materia de estudio
En el colegio de la villa La Cava se enseña y se aprende la inserción social
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Tienen un objetivo que está presente en los programas de todas las materias y, sin embargo, no figura en ninguna planificación: la inclusión social.
Los maestros y directivos del colegio Santo Domingo Savio, a orillas de la villa La Cava, en San Isidro, tienen el desafío de que sus alumnos no sólo aprendan los contenidos que todos los chicos reciben en la escuela, sino que también puedan insertarse en una sociedad que no suele darles la bienvenida.
Desafortunadamente, no hay ningún manual que enseñe esta tarea. Pero, casi por efecto de una mística inexplicable, se difunde entre los docentes del colegio.
Apenas conoció el funcionamiento del colegio y, sobre todo, sus resultados-, Juan Carr, de la Red Solidaria, quiso aprender esta modalidad. Le llamó la atención que lograran que los chicos terminaran sus estudios secundarios. "Quería copiar el modelo de educación para la inclusión social. Acá convive una increíble dimensión pedagógica con una profunda calidad humana", cuenta Carr, hoy parte de la institución.
Como lo suponía, este modelo no es fácil de reproducir. Por eso, además de visitar el colegio dos veces por semana para comprender el trabajo que allí se realiza, Carr quiere ahora convocar a otras escuelas que trabajen con esquemas similares. Para comunicarse con él: parroquiadelacava@yahoo.com.ar , 15-4411-7781, 4575-4213 o 4796-5828.
Algunas características del colegio son visibles, como una apertura real a todos los sectores de la comunidad, una actualización pedagógica permanente, 30 años de trayectoria, mucho respaldo del ámbito universitario y confianza por parte del gobierno. "Es un modelo sin grandes secretos, pero difícil de copiar", explica Carr.
A la escuela asisten 1150 chicos, desde guardería hasta secundaria. Continuamente reciben la visita de voluntarios de empresas, de profesionales de otros países. Para crear lazos con otros sectores, para sumar más voluntades a esta empresa, está Juan Carr. "Soy el encargado de abrir el juego", sintetiza.
Hay cuestiones sutiles que tienen un gran efecto. Pintar las aulas de colores o llenarlas de plantas fue mostrar a estos chicos que existe otra realidad. La mayoría vive en casitas diminutas, sin un rincón tranquilo donde estudiar. Para ofrecerles un espacio donde hacerlo, el colegio amplió sus instalaciones gracias a una millonaria donación.
Jorgelina Oyarzábal, una de las profesoras de educación física, pone en palabras lo que diferencia al colegio: "Les damos la opción de elegir; les mostramos que hay otro camino, un camino diferente del de ese submundo donde conviven con la droga, la violencia, la falta de valoración de las cosas. Les demostramos que también pueden estudiar, trabajar y ser profesionales sin entrar en ese camino".
Un apoyo que crece
"Hay un fuerte apoyo y un acompañamiento desde la sala de dos años hasta el último año del secundario. Y cuando vemos que un chico tiene problemas, le damos más apoyo todavía. ¿Por qué esto no ocurre en otras escuelas? Creo que porque no todos los docentes tienen el mismo compromiso", responde Roberto Steven.
Quizás esa sea una de las palabras mágicas: "compromiso". Los maestros son psicólogos, trabajadores sociales; escuchan a los padres, aconsejan a las familias. Saben que su tarea va mucho más allá de las aulas. "Les damos confianza y se sienten escuchados. Eso hace la diferencia. Nosotros los acompañamos, pero saben que tienen que pelear por ellos mismos", dice Roberto. Esta forma de trabajar es más que vocación: "Me gusta sentirme útil a través de mi trabajo".
"Es un modelo hecho con el compromiso de todos -asegura la directora, Ana María Cerquetti-. Trabajamos en la promoción y la prevención, y apoyamos a los padres. Es un trabajo en equipo. No podemos cambiarles la vida, pero sí podemos enseñarles que hay una vida mejor."



