
La Loma, un barrio que fue sorprendido por el drama
LA PLATA.- La policía le indicó al taxista que se detuviera: habían matado a varias personas en 28 entre 41 y 42, en el barrio La Loma. La pasajera, Valentina, se puso nerviosa: vive en esa cuadra y la información le llegaba desordenada. Eran poco después de las 7 y volvía a su casa después de bailar. Quería estar segura de que no le había pasado nada a su familia. Les dijo eso a los policías y éstos la acompañaron hasta su domicilio. Salió su padre, Amílcar, que fue convocado como testigo para recorrer la escena del crimen con la policía científica.
Lo primero que vio Amílcar fueron las huellas ensangrentadas en el pasillo del PH donde vivían tres de las víctimas: Susana de Bártoli, de 63 años; su hija, Bárbara Santos, de 29, y la hija de ésta, Micaela Galle Santos, de 11. La cuarta víctima, Marisol Pereyra, era amiga de Bárbara.
Dijo Amílcar a LA NACION: "La criatura estaba entre el baño y la pieza. No la vi. No la quise ver. No me obligaron. La mamá, Bárbara, estaba en el living comedor, a dos metros de la entrada. Al lado de Bárbara, sobre una repisa, estaba el palo de amasar; tenía sangre y pelos. Había vidrios rotos y sangre por todos lados. En la mesa había una pava y un mate. La amiga de Bárbara y la abuela estaban en la cocina. La amiga, al lado de la heladera, y la abuela, al lado de la bacha. En la bacha había una cuchilla manchada con sangre. Al lado de la abuela estaba el perrito. Me lo traje, porque nadie se hacía cargo. Es uno de esos chiquitos. Esperá?".
Amílcar entró en su casa y salió con un perro en el brazo derecho, de esos que tienen el flequillo arqueado sobre los ojos, y se puso a charlar con otros periodistas. "No sé cómo se llama. Después voy a preguntar", dijo. Su hija hablaba del caso por teléfono, sentada en el cordón. El hombre ya había repetido el relato varias veces y ahora volvía a hacerlo a un movilero.
Confusión y nerviosismo
Algunos curiosos pasaban en auto para mirar a los policías, los vecinos y los periodistas que charlaban y tomaban mate y gaseosas bajo un sol difuso, que parecía de vapor. Era la hora de la siesta; la humedad espesa y caliente rodeaba las cosas y las personas, y frenaba cualquier brisa. El aire olía a tilo y a jazmines.
Por la mañana, las cosas habían sido distintas. En el aire flotaban la confusión y el nerviosismo.
Una vecina, que dijo llamarse Teresa, que llegó hace mucho de Portugal y que hace 32 años que vive en el barrio, se acercó. "Eran gente muy reservada. La señora era muy elegante y educada; nos saludábamos cuando sacaba a pasear al perrito. Esto me afectó mucho", dijo la mujer con voz entrecortada.
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