
La muerte a veces le infunde miedo a la hipocondría
El exceso de información lleva a ciertas personas a creer que están enfermas
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Es inevitable que uno piense en la muerte, aunque tengo la absoluta convicción de que el espíritu es indestructible. Goethe
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¿Qué puede ser un zumbido en el oído? Para la mayoría de los mortales, sólo eso: un simple zumbido en el oído.
Pero en la mente del irritante hombrecillo interpretado por Woody Allen, en "Hanna y sus hermanas", el fastidioso silbido crece como bola de nieve y se transforma en un tumor cerebral del tamaño de una pelota de tenis. Basta con que le soliciten una serie de exámenes clínicos para que la hipocondría del personaje se lance a darle manija a su obsesiva imaginación.
La escena, burlesca, suele esbozar sonrisas en los que observan del otro lado de la pantalla; sin percibir, acaso, que aquel miedo excesivo de sufrir una enfermedad grave, o la convicción de que ya se la padece y no consiguen descubrirla, ha logrado escurrirse hacia este lado de la película -al igual que el galán de "La rosa púrpura del Cairo"- y es ahora un vecino más.
Estudios realizados en los Estados Unidos indican que del 4% al 9% de los que acuden a la consulta médica padece algún grado de neurosis hipocondríaca.
Si bien en nuestro país no hay datos precisos, las estadísticas serían similares a aquéllas, estima el doctor Gabriel Jure, miembro de la Asociación Psicoanalítica Argentina, en una conversación con La Nacion.
Quienes sufren hipocondría experimentan una profunda angustia por síntomas corporales, generalmente centrados en el tórax o el abdomen, que otra persona consideraría normales.
Peregrinan de un consultorio a otro y el desasosiego persiste, aunque los análisis nieguen sus persuasiones.
En ocasiones, insisten en que su afección es aún desconocida por la ciencia.
Las charlas suelen girar siempre en torno de lo mismo y disfrutan consultando informes de medicina. A medida que el temor aumenta, más investigan, y hasta se someten a cirugías exploradoras. Sin embargo, difícilmente solicitan una entrevista psicológica: les cuesta tomar conciencia del origen de su problema.
"La enfermedad es la imaginaria, no las sensaciones del cuerpo", explica Gustavo Kásparas, médico psiquiatra. Y agrega que cuando la preocupación se extiende por más de seis meses, puede ocasionar una seria invalidez en la persona y estropear su vida familiar, social y laboral.
Una serie de factores acrecentó la aprensión a enfermarse. El auge de las publicaciones sobre salud es uno de ellos. Sólo en 1998, más de 60 millones de personas buscaron información de ese tipo en la Red.
¿El perfil de los usuarios? Casados, profesionales y mayores de 40 años. Internet, con más de 15.000 sitios en inglés y otros tantos en español, rompe definitivamente las barreras que separaban a médicos e investigadores del público lego.
Hay quienes dicen que esto alimenta los temores hipocondríacos, porque permite conocer síndromes y afecciones a los que no se tenía acceso.
Otros, como el doctor Warner Slack, profesor de medicina y psiquiatría en la Universidad de Harvard, sostienen que cuanto más informado esté el paciente, mejor es el cuidado de su salud.
Por otra parte, el sentido de la existencia ha sido reemplazado por el culto al cuerpo y el espejismo de la eterna juventud. A medida que la sociedad envejece y percibe cómo la pérdida de colágeno deja caer los tejidos, sin la elasticidad y la firmeza de antaño, siente un repugnancia cada vez más viva hacia sí misma.
Con la ilusión de ahogar ese trágico sentimiento, deposita en la vejez su amenaza: los mayores -una vez, los sabios de la civilización- son marginados y rechazados.
"La gente se obsesiona incluso cuando se encuentra bien", dice a La Nacion Gabriel Donzino, docente de la Asociación de Psicólogos de Buenos Aires.
¿Ejemplos típicos? Drogas no indicadas por el médico que se toman "por las dudas". Como la aspirina diaria que, mientras perfora muy lentamente nuestras entrañas, engullimos contentos con la ilusión de obtener más fuerza y vitalidad.
O los chequeos innecesarios, la actividad física desmedida, el consumo indiscriminado de vitaminas y píldoras para fortalecer el tono muscular... "Todo eso es un fiel reflejo de la ansiedad subyacente a enfermar, envejecer y morir", remata Donzino.
Tal vez habría que replantearse dónde fijar el límite entre esa preocupación obsesiva y la que contribuye, realmente, a promover el bienestar de la población.
La excitación de saber que en algún momento nos abandonará la vida nos arremete en una ensordecedora carrera contra la muerte. Con la edad, ese zumbido se intensifica, y también los riesgos de caer en la paradójica ley de todos los sentimientos basados en el terror.
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Esto ocurre en aquel relato del polígrafo francés Jean Cocteau, en el cual un joven jardinero persa dice a su príncipe: "¡Sálvame! Encontré a la Muerte esta mañana y me hizo un gesto de amenaza. Esta noche por milagro quisiera estar en Ispahan".
El bondadoso príncipe le presta sus caballos. Por la tarde, encuentra a la Muerte y le pregunta: "¿Por qué hiciste esta mañana un gesto de amenaza al jardinero?" Y Ella responde que fue, en verdad, un gesto de sorpresa, no de amenaza: "Pues lo veía lejos de Ispahan esta mañana y es precisamente allí donde debo tomarlo por la noche".





