La pasión al servicio de una utopía

Eduardo Constantini
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19 de febrero de 2012  

La recuerdo como una gran colega en proyectos de arte que surgieron de una utopía. Fue muy valiente. Hizo realidad su propio museo contra viento y marea, y con un gran cariño.

La conocí recién en el año 1997, en el Museo Nacional de Bellas Artes, cuando junto con Jorge Glusberg anunciamos al ganador del concurso de ideas para la construcción del Malba. Enseguida nos unió un mismo proyecto en común: ver cristalizada una utopía, la de forjar un museo de arte propio.

Ella me contó que le había encargado su proyecto a Rafael Viñoly y a partir de ahí yo me acerqué para conversar sobre el futuro de nuestros museos. Esas charlas fraguaron la buena relación que mantuvimos siempre, en la que también compartimos confidencias respecto al destino de nuestras colecciones cuando nosotros ya no estuviéramos.

Amalita fue siempre muy amable y bondadosa. Elogiaba el Malba y compartía con ella sus cumpleaños. Pero nuestra relación se cimentó por y a través del arte, que también era su desvelo. Ese era el espacio en el que nos entendíamos.

El nuestro era un apoyo mutuo, casi subliminal; un esfuerzo concentrado para mantener una institución cultural en un país como la Argentina. Discutíamos la necesidad de generar público mediante programas atractivos, la importancia de contar con un curador general para nuestras colecciones. A lo largo del tiempo, intercambiamos muchísimas ideas. No sé cuántas de ellas habrá tomado.

Amalita era muy personalista, una mujer de enorme tenacidad, decisión e intuición, Culminó el edificio de su museo contra viento y marea, con valentía y prácticamente sola. Para ello debió desprenderse de algunas obras, refinanciar bonos y en algún momento suspender la obra. Pero era una mujer de carácter y no se doblegaba. Sabía lo que quería y en esa dirección se dirigía. Puso toda su pasión para concretar su utopía.

Director ejecutivo del Malba

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