
La verdadera voz de la mayoría silenciosa
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Ayer, en la vieja y trajinada plaza del Congreso, decenas de miles de personas salieron a la calle a gritar una cosa a la vez simple y terrible: que en la Argentina actual no hay ningún gobierno que proteja la vida humana. Es decir, salieron a decir la cosa más grave y trascendental que se puede llegar a denunciar en el seno de una sociedad políticamente organizada.
Esas personas no necesitaron que una estructura partidaria las convocara. No necesitaron llevar banderas ni pancartas identificatorias. Simplemente salieron y rodearon a un señor que hace pocos días era tan desconocido como el más anónimo de los transeúntes. Hoy sabemos que ese señor se llama Juan Carlos Blumberg y que hace muy poco una bala disparada por un criminal le partió el alma en dos pedazos. Durante varias horas, los argentinos nos hemos sentido más representados por él que por el más encumbrado de los gobernantes.
¿Cuántas personas concurrieron ayer a la plaza del Congreso? Se estima que más de 150.000. El hecho es en sí mismo asombroso: ninguna reunión política de los últimos tiempos -ni las que se convocaron para evocar acontecimientos del pasado, ni las que intentaron concentrar las múltiples marchas piqueteras, ni tal vez, tampoco todas ellas sumadas- se aproximó siquiera a esa cifra. El dato puede ser útil para determinar por qué meridianos pasa hoy la preocupación pública.
No pasa probablemente por la discusión sobre la forma en que se dirimió la violencia política en las trágicas pero ya lejanas décadas del 60 y del 70, que tienen bien ganado un lugar en la historia, sino por el "aquí y ahora", por lo que nos está pasando a los argentinos en este preciso momento. Y dentro de ese "aquí y ahora", la obsesión excluyente tiene que ver con la pavorosa inseguridad reinante.
A medida que la gente se iba volcando a la plaza del Congreso, la imagen que crecía era la de una multitud en estado de "orfandad". Una multitud que no iba a tocar timbres institucionales, ni marchaba en busca de rótulos o siglas. Una multitud que se sentía sola y desprotegida. Y que, sin embargo, descubrió rápidamente que había un motivo extraordinario para salir a la calle: nada más y nada menos que ir a decirles a los representantes del pueblo que en la Argentina la vida humana ha dejado ser un bien tutelado, un valor que moviliza algo más que la retórica o el debate abstracto o ideológico.
La concentración de ayer movilizó notoriamente a lo que en términos sociales y políticos podría llamarse la "mayoría silenciosa". Personas sin filiación política, sin hábito de concurrir a reuniones masivas, no titubearon en salir a la calle.
El "cacerolazo" de 2001
En 2001, cuando se produjo el "cacerolazo" que precedió a la renuncia de Fernando de la Rúa, también se tuvo esa sensación. Pero en esa oportunidad había una razón tangible que podía explicar el entusiasmo de muchos: se había despojado de su dinero a una gran masa de ahorristas y la protesta llegaba en oleadas desde los barrios residenciales y desde la City.
Lo de ayer fue diferente: se salió a la calle para defender el valor más alto y más noble que un pueblo puede y debe preservar: la vida humana. La marcha de ayer es la primera, en muchos años, que no tiene aptitud para dividir a nadie, que no puede generar disidentes ni opositores. ¿Qué mente, por oscura que fuere, podría haber marcado ayer un punto de discrepancia o de desacuerdo ante esa avalancha que se deslizaba por las calles para reclamar, simplemente, por la integridad y la seguridad de las personas?
Fue una marcha por la vida concreta, visceral, no transfigurada en prenda política ni en disputa histórica o institucional. Un canto a la cotidianeidad, a las ganas inagotables de vivir, a las verdades últimas, al respeto por el prójimo como expresión suprema de la dignidad humana.
Ayer se apuntó a lo más alto. No se entró a dirimir a qué jurisdicción provincial le correspondía dar una respuesta por el hecho atroz que motivaba la marcha. Se fue al Congreso de la Nación, se acudió al recinto del poder total, se miró a la cima del Estado.
Ayer, de alguna manera, decenas de miles de argentinos reformularon los términos de la unión nacional. Una unión para la vida, para un país que nos garantice nuestra seguridad y la del prójimo, para un tiempo en el que la esperanza del día que vendrá sea más fuerte que las sombras y el miedo que nos aguardan a la vuelta de la esquina.
Una caravana religiosa
Por eso la concentración tuvo por momentos la misteriosa fuerza de una caravana religiosa, en la que sin embargo no había una fe convocante ni una institución organizadora sino un aglutinante paisaje de velas que parecía remitirnos a una realidad superior y trascendente.
Más tarde, cuando fueron apareciendo los rostros de las muchas víctimas de la violencia asesina, el espacio se llenó de vida, de ojos, de latidos irrecuperables, pero presentes en la decisión irrevocable de producir un cambio sustancial. Más aún: un quiebre en la historia que le cierre el camino a la muerte y active los brazos para pasar a la construcción de una sociedad mejor, en la que nuestra vida y la del prójimo sean las dos caras de una misma esperanza.
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