
Las claves del enigma están en San Ignacio
El empresario eligió una de sus estancias más modestas
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GUALEGUAYCHU-. La aldea San Antonio es apenas una calle larga y polvorienta que atraviesa un caserío. A la entrada del pueblo de 1800 habitantes hay una escultura extraña en forma de escamas y un monolito de cemento con las banderas argentina y alemana.
A lo largo de la calle hay dos iglesias evangélicas y una adventista, una estación de servicio, una cooperativa de tamberos y un bar-almacén de ramos generales. Por las ventanas cerradas de las casas, entre las cortinas, asoman ojos celestes incrustados en caras hoscas curtidas por el sol.
Si se cruza el pueblo y se avanza hacia el Este, después de pasar un tambo y doblar a la derecha, se llegará a una tranquera pintada de marrón con un cartel donde está escrito: "San Ignacio".
Detrás de esa tranquera, en un monte de eucaliptos que se ve a lo lejos, hay un chalet de paredes rosadas y ventanas con rejas, que desde el mediodía del miércoles 20 alberga una historia. Fue dentro de ese chalet donde Alfredo Yabrán se disparó el tiro del final.
Hoy, cinco días después de aquel disparo, la aldea San Antonio remolonea a la hora de la siesta como si allí no hubiera pasado nada. Pero tanta conmoción ha dejado huella y la procesión va por dentro.
Al galope
La historia de la muerte de Alfredo Yabrán se puede reconstruir, hoy, hasta con ciertas precisiones. El primer dato es que estaba en la zona por lo menos desde el viernes 15, moviéndose entre cinco de las seis estancias de Yabito SA que hay en la región: Potrero 6, La Centella, La María Luisa, Mis amores y La Selmira.
Es casi seguro que a San Ignacio había llegado solo y que allí lo estaban esperando Leonardo Aristimuño y su mujer Andrea, dos personas de su mayor confianza. Ellos habían acondicionado el casco de la estancia y cuidado de que no quedara nadie que pudiera identificar a Yabrán.
Los caseros y los parqueros habían sido despedidos a principios de mayo, y los peones que trabajaban en el campo no podían acercarse a la casa principal.
Después que explotó la noticia de la muerte, sin embargo, aparecerían algunas versiones fantásticas: que la policía tenía el campo rodeado desde el día anterior; que Yabrán había sido visto cargando nafta en el centro de Gualeguaychú dos días antes; que en San Antonio todos sabían que estaba allí.
Sin embargo, lo cierto es que su presencia había pasado inadvertida, y que Aristimuño y su esposa habían hecho un buen trabajo.
Desde el mismo viernes 15, accediendo al pedido de captura librado por el juez José Luis Macchi, la policía de Entre Ríos había comenzado a moverse sin muchas esperanzas.
Ya había fracasado la búsqueda en otros lados y el comisario principal Julio Seves, jefe de Investigaciones de la Policía de Concepción del Uruguay, no tenía esperanzas de ser él quien diera con el prófugo.
Las comisiones policiales habían recorrido las estancias de Yabrán y practicado nueve allanamientos entre el viernes y el martes. Seves había encabezado la entrada a La Selmira el domingo y descubrió que había perdido a Yabrán por sólo cuarenta y ocho horas.
Pensó en Pablo Escobar Gaviria, el narcotraficante colombiano que también saltaba de propiedad y allí mismo supo que había otra estancia donde buscar: San Ignacio.
Se sorprendió cuando supo que de allí entraban y salían camionetas y había movimientos extraños.
Entonces pidió una orden de allanamiento a la jueza de Concepción del Uruguay, María Cristina Calveyra, pero ambos descubrieron que había un problema geográfico.
San Ignacio está compuesto por dos estancias y, por su extensión, cruza la frontera entre Concepción del Uruguay y Gualeguaychú. Calveyra tuvo entonces que enviar un exhorto a una colega de esta ciudad, Graciela Pross Laporte, quien lo recibió el martes, pero no pudo organizar el allanamiento hasta el día siguiente.
La partida al mando de Seves, donde se mezclaban policías de las dos ciudades, llegó entonces al primer casco de la estancia, donde no encontró más que puesteros remisos.
Poco más allá, a unos 500 metros, una tranquera abría paso a un camino que se perdía en la nada. Seves preguntó a los puesteros qué había allí; le respondieron que sólo un tambo abandonado. Decidió ir a ver.
No era un tambo. La casa era un chalet robusto pero no lujoso, sin pileta y sin teléfono, plantada en medio de un campo de 3000 hectáreas que tres años antes Yabito SA había comprado a Ricardo "Lalo" Berisso.
Los caminos para llegar eran poco menos que intransitables, no había pista de aterrizaje ni nada parecido y era un lugar que al propio Yabrán le tenía que resultar ajeno: sólo había estado allí tres veces.
La camioneta que llevaba al comisario Seves se detuvo en la puerta del chalet y levantó una nube de polvo. Lo primero que vio fue una cuatro por cuatro Cherokee azul con una franja plateada, y un Peugeot 205 bordó.
Un hombre joven apareció en la galería. "Soy el parquero", dijo, y Seves le vio un brillo extraño en los ojos y una gota de sudor que le bajaba por el cuello.
El policía le preguntó por la casa y por Yabrán, y el hombre respondió que estaba cerrada y que él no podía entrar, por lo que no sabía nada de su dueño. "Hace mucho que no lo veo", aseguró. "Entremos lo mismo", dijo el comisario, y le exhibió la orden de allanamiento firmada por la jueza Pross Laporte.
La casa era impersonal y fría. No había cuadros en las paredes, ni fotografías sobre la repisa de la chimenea. Las paredes eran blancas y estaban limpias y el piso era de baldosones color ladrillo.
Lo primero que vieron fue un living y una cocina, y después pasaron al comedor. Sobre la mesa había tres vasos con hielo y una botella de whisky, y salamín y queso cortados en un plato.
El comisario sintió un escalofrío que la bajaba por la columna, y con el antebrazo izquierdo se palpó la 45 que llevaba en la cintura cubierta por el saco. Fue un gesto instintivo.
Con el supuesto parquero por delante, Seves y sus hombres caminaron lentamente por el pasillo que llevaba a las habitaciones. Abrieron la primera y la segunda, pero estaban vacías, con las camas hechas como si allí no hubiera dormido nadie.
Sus cuerpos habían comenzado a segregar adrenalina, y una tercera puerta sobre la pared de enfrente, cerrada, los tentaba como el pecado. "¿Allí qué hay?", preguntó el policía. El muchacho tartamudeó: "Nada... Trastos viejos...".
"Traiga la llave", dijo Seves, la voz baja pero ronca, y con su mano derecha manoteó la pistola. "No sé dónde está...", intentó ganar tiempo el muchacho, pero alguien de la comisión se le adelantó y tomó un llavero que estaba sobre una repisa.
El comisario Seves se plantó delante de la puerta cerrada, y empezó a gritar: "¡Tranquilo, Alfredo! ¡Kiko! ¡Tranquilo, hermano! ¡Somos de la policía de Gualeguaychú!".
Eran las 13.10 del miércoles 20 de mayo. Cuando el hombre puso la llave en la cerradura y empezó a girarla, el disparo les estalló en los oídos. El muchacho que se había identificado como parquero gritó desconsolado: "¡¿Qué hiciste, Alfredo, qué hiciste?!" Aunque todos creyeron que la historia había terminado, en realidad acababa de comenzar.
¿Escepticismo o paranoia?
Pregunta número uno: ¿qué animal tiene cabeza de burro, cola de burro, orejas de burro, patas de burro, rebuzna como un burro y se llama burro? Respuesta obvia: el burro.
Pregunta número dos: ¿de quién es el cadáver que tiene las huellas digitales de Yabrán, el grupo sanguíneo de Yabrán, la cara de Yabrán, las cicatrices internas y externas de Yabrán, la libreta de enrolamiento de Yabrán y que apareció en una casa de Yabrán? Respuesta sorprendente: de alguien al que quieren hacer pasar por Yabrán.
En su despacho de los Tribunales de Gualeguaychú, la jueza Pross Laporte está desolada. O mejor, más que eso: indignada. "La gente está incrédula por las cosas que pasan en el país", acepta, pero refunfuña: "Estoy convencida de que es un suicidio y hay un 95 por ciento de certeza de que el muerto es él".
Además están las cartas, la autopsia presenciada por un médico que conocía personalmente al muerto, y el testimonio del ministro de Gobierno, Faustino Schiavoni, de que había encontrado el día antes a los hermanos de Yabrán llorando en la puerta de San Ignacio. Schiavoni había dicho: "Yo conozco a la gente de campo. Esas cosas no se fingen".
Pero todavía algunos dudaban. En la Argentina justificadamente incrédula, conspirativa y paranoica, el cadáver de Alfredo Yabrán no parece prueba suficiente para aceptar que esté muerto.



