El pedido oficial: "Pierdan con Brasil" y la reacción de la selección Argentina
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Las tensas relaciones entre Brasil y la Argentina estaban en un punto complejo a comienzos de 1912. Por ese motivo, el presidente Roque Sáenz Peña echó mano a la carta que le permitiría salvar las diferencias. Había una persona capaz de encauzar la relación una vez más. El argentino que más conocían los brasileños. El más astuto. Julio Argentino "el Zorro" Roca.
Horas antes de partir a Brasil, Roca se reunió con Sáenz Peña. Ultimaron detalles de la misión que duraría varios meses. Una solemne comisión de despedida y gran cantidad de ciudadanos se agolparon en el puerto para saludarlo. Los pañuelos blancos se agitaban de la misma manera que iban a hacerlo el día de su desembarco en Río de Janeiro.
Gracias a su habilidad política, la reconciliación era ya un hecho y se acercaba el broche final, durante las celebraciones de una fecha cara para el patriotismo de nuestros vecinos. Se trataba de la conmemoración del Grito de Ipiranga, nada menos que nonagésimo aniversario del 7 de septiembre de 1822, cuando al margen del río Ipiranga se estableció la independencia de Brasil, mediante el grito de: "¡Independencia o Muerte!".
El 10 de septiembre, el poderoso equipo argentino arribó a la estación de tren de Río de Janeiro, en donde fue recibido por los integrantes del club Fluminense. Se abrazaron, se felicitaron y los brasileños acompañaron a los huéspedes hasta el hotel. Al día siguiente, los argentinos les ganaron 4 a 0
Las actividades, que duraron varios días, incluyeron una fiesta en el Palacio de Catete, al norte de Río de Janeiro, más un acto en el Parque Ipiranga, donde marcharon diez mil estudiantes que entonaron, con la mano en el pecho, el himno de la nación hermana. Se realizó un aplaudido espectáculo de la incipiente aviación y desfile de fuerzas vivas, con algunos disturbios porque el público era tanto, que no lograban mantenerlo a raya. Para la Argentina hubo una excelente noticia. Partieron dos vapores –el Malvinas y el Dálmata– transportando a nuestro país 51.206 cachos de bananas. A los racimos de bananas se los denominaba cachos.
Mientras tanto, otro grupo de argentinos representaba al país en la ciudad de San Pablo. Se trataba del combinado de la Asociación de Fútbol Argentino. El festivo 7 de septiembre, aguaron un poco de la alegría brasileña por la conmemoración: el partido del día de la independencia de Brasil terminó 6 a 3 a favor de los argentinos. Pero el fútbol siempre da revanchas. En este caso, se trataba de enfrentamientos a realizarse en Río de Janeiro, frente a las autoridades nacionales.
El 10 de septiembre, el poderoso equipo argentino arribó a la estación de tren de Río de Janeiro, en donde fue recibido por los integrantes del club Fluminense. Se abrazaron, se felicitaron y los brasileños acompañaron a los huéspedes hasta el hotel. Al día siguiente, los argentinos les ganaron 4 a 0. Dos días más tarde les tocó jugar contra un combinado de futbolistas ingleses que actuaban en Brasil. El resultado no hizo honor a los inventores del juego: argentinos 9, ingleses 1. Sin dudas, los hermanos Juan, Jorge y Ernesto Brown, el arquero Carlos Tomás Wilson, Harry Hayes, Maximiliano Susan y el resto del combinado argentino, que también incluía apellidos latinos como Chiappe (Arturo), Ohaco (Alberto Bernardino), Fernández y Viale, estaban varios escalones por encima del nivel de los contrincantes.
De todas maneras, el día D del fútbol argentino sería el 15, la tarde en que enfrentarían a un fuerte combinado carioca, delante del presidente brasileño Da Fonseca, el canciller Müller, los ministros, la comitiva encabezada por Roca y demás invitados especiales.
Era lógico suponer que el esfuerzo por la gira del equipo de los Brown podía hacerles disminuir el rendimiento. De hecho, el 9 a 1 frente a los ingleses había sido no sólo el día anterior –lo que limitaba la recuperación física–, sino también en campo pesado por la lluvia: cuentan las crónicas que en la goleada a los británicos mucho tuvo que ver que estos, más que correr la cancha, la patinaban.
El 15 de septiembre de 1912 a las 15:35, ante unos siete mil espectadores, una multitud para el fútbol de aquel tiempo, los equipos ingresaron a la cancha. Se cantó el himno de Brasil, coreado por los cariocas que agitaban con sus dos manos pequeñas banderas brasileñas y argentinas. Acto seguido, el combinado argentino se plantó frente al palco oficial y dio tres hurras por Brasil.
El 15 de septiembre de 1912 a las 15:35, ante unos siete mil espectadores, una multitud para el fútbol de aquel tiempo, los equipos ingresaron a la cancha. Se cantó el himno de Brasil, coreado por los cariocas que agitaban con sus dos manos pequeñas banderas brasileñas y argentinas
Se inició el partido. Ataque de los Brown bien contenido por los locales. La tribuna aplaudía a las dos selecciones. Fair play ejemplar. Brasil pasó a ganar el combate del mediocampo y comenzó a ejercer presión sobre la valla de Wilson. Pero les faltó definición. A los 17 minutos, el argentino Hayes les demostró que los goles que se pierden en un arco, se convierten en el otro. Uno a cero para la Argentina, ovación de los siete mil espectadores, abrazos y, ¡aplausos del equipo brasileño! Sí, señor: "del equipo". Tres minutos más tarde, Maximiliano Susan puso el marcador 2 a 0. Aplausos, aunque no tantos. Eso sí: las banderitas de los dos países seguían coloreando las tribunas. ¿Qué ocurrió entonces? La crónica del periodista del diario LA NACION es elocuente: "Estos dos tantos, lejos de desanimar a los locales, los acicatearon más hasta equilibrar el juego, obteniendo varios corners infructuosos". Volvió a cumplirse la regla de los goles errados: a los 37 minutos, Hayes hizo el tercero. Y ya no fue coronado con muchos aplausos. Y ya comenzaban a desaparecer las banderitas argentinas. Y ya las caras de los jugadores brasileños, que estaban siendo humillados en las narices del presidente, no parecían amigables.
Terminó el primer tiempo, los equipos se refugiaron en los vestuarios y Roca aprovechó para ir a saludar a sus gladiadores. Los felicitó, les halagó el juego, comentó un par de situaciones y, poco antes de salir del vestuario, tomó del brazo al capitán argentino, Jorge Brown, y les dijo a todos en forma paternal: "Muchachos, Brasil está de fiesta, hoy tienen que perder. ¡Háganlo por la paz de América! ¡Háganlo por la Patria!", y se marchó. Los argentinos demoraron en salir al campo de juego. Estaban deliberando.
Dos nuevos goles de Hayes sellaron el resultado. Fue 5 a 0. No perdieron el partido, lo que significa que no le hicieron caso al zorro Julio A. Roca, pero sacaron el pie del acelerador. Si no, hubiera sido una goleada humillante.
A la mañana siguiente, Roca y el canciller brasileño Müller firmaron los protocolos de amistad.
Un año más tarde, en septiembre de 1913, el general Roca donó una copa, la Copa Roca, que se pondría en disputa todos los años, entre un equipo brasileño y otro argentino. Fue el antecedente de la Copa Libertadores de América. Se jugó doce veces entre 1914 y 1976. Quedó en poder de los últimos campeones, los brasileños.
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