
Los crímenes familiares que conmovieron al país
Los resonantes casos Livingston, Schoklender, Da Bouza y Barreda, entre otros, ocuparon varias páginas en los diarios
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Para la mayoría de la gente, la familia está llamada a ser el núcleo básico de la sociedad o un "nido de amor". Sin embargo, a veces, la realidad contradice violentamente esos enunciados.
A los apellidos Livingston, Schoklender, Da Bouza, Barreda, Vásquez y Hernández nunca les cabrán esos enunciados y el mote de familia disfuncional siempre les quedará chico. Aquí, un resumen de las historias de esas familias con destino trágico, marcados con la marca indeleble del asesinato.
"Profunda impresión de pesar e indignación causó el salvaje atentado del que resultó víctima D.F. Livingston", decía LA NACION del 20 de julio de 1914. El día anterior, Frank Carlos Livingston, padre de seis hijos, había sido encontrado con heridas mortales hechas con una lanza de 80 cm de largo. Giovanni Lauro y Lura Francisco Salvatto esperaron a Livingston en el zaguán de su casa y le clavaron la lanza 36 veces. Ellos eran los autores materiales, la mente que estaba detrás de todo era otra.
Carmen Guillot, esposa y madre de los hijos de Livingston había instigado y financiado el asesinato, según determinó la Justicia. La prensa la llamó "La viuda roja".
Para encontrar el caso quizás más emblemático en la historia argentina en los asesinatos familiares hay que viajar 67 años. En la madrugada del 30 de mayo de 1981, Pablo Guillermo y Sergio Mauricio Schoklender decidieron que sus padres no merecían vivir más.
Por esa razón, los hermanos, de 23 y 20 años, golpearon con una barra de 20 kilos y luego a ahorcaron a Mauricio Schoklender y Cristina Silva Romano. Ese mismo día, a media tarde, policías de la comisaría 21a. descubrieron en el baúl de un Dodge Polara estacionado en Coronel Díaz y Pacheco de Melo los cuerpos del matrimonio Schoklender.
Pablo, que vivía en Belgrano con sus padres, huyó a Tucumán, pero fue interceptado. Mauricio, que vivía en Uruguay, fue encontrado en la ruta 2, a la altura de Coronel Vidal. Ambos admitieron ser culpables pero sus declaraciones no fueron convalidadas por la Justicia.
Empezó entonces una batalla judicial que terminaría con ambos hermanos condenados. Mucho tiempo después, en 1997, Sergio volvería a las primeras planas cuando se recibió de abogado en la cárcel y empezó, una vez liberado, a ejercer.
El episodio común y ese título universitario acercaron a Sergio Schoklender a otro caso conmocionante. Cuando había pasado media hora del jueves 26 de marzo de 1998, Ramón Antonio Da Bouza, gerente de Análisis Financiero de Nuevos Proyectos de Techint yacía tendido, con dos balazos en la cabeza y múltiples traumatismos, en su casa en el barrio de San Telmo.
Dos días después, los dos principales implicados eran Emanuel y Santiago da Bouza, los hijos de Ramón da Bouza. Sergio Schoklender terminaría como abogado de ambos pero no podría evitar que, el 22 de diciembre de 2000, Santiago y Emanuel fueran condenados a prisión perpetua por el asesinato de su padre.
Schoklender y Da Bouza son considerados los grandes parricidios de la historia Argentina. El caso Barreda, aunque no se encuadra bajo ese título, tuvo la misma o mayor repercusión que esos dos casos.
El 15 de noviembre de 1992 Gladys Mc Donald le dijo a Ricardo Barreda, su esposo: "Andá a limpiar la entrada que ése es trabajo de cagón". A Barreda, odontólogo de profesión, no le gustaba cómo lo trataban en su casa. En ese momento contestó: "No limpio nada la entrada, me voy a podar la parra".
Entonces tomó la escopeta Víctor Sarrasqueta y abrió fuego contra las cuatro mujeres que vivían con él en la casa de la calle 48, entre 11 y 12, de La Plata: su hija Adriana, de 24 años, su esposa, su suegra y su otra hija Cecilia de 26.
Pocos minutos después del cuádruple asesinato, Barreda durmió unas horas, se levantó y fue hasta el cementerio a visitar la bóveda de sus padres para luego dirigirse a la casa de la parapsicóloga Mercedes Gustavino, con quien tomó algunos mates.
Otro crimen que se llevó las primeras planas de los diarios fue el llamado crimen de Saavedra. El lunes 27 de marzo el sadismo y lo sobrenatural se mezclaron para terminar de convertir el asesinato de Juan Carlos Vásquez en uno de los casos más espeluznantes de la crónica policial argentina.
En Manuela Pedraza 5873, en el barrio de Saavedra policías de la comisaría 49a. vieron a través de un reflejo cómo Silvina Vásquez clavaba una y otra vez un cuchillo tramontina en el cuello de su padre, Juan Carlos.
Cuando entraron la casa la escena era desagradable: había sangre y excrementos por todos lados. Silvina y Gabriela, desnudas las dos, le habían desfigurado el rostro, arrancado los párpados y una parte del pómulo izquierdo con el cuchillo. También la habían hechos profundos cortes en el cuello y dibujado en el torso un círculo y un triángulo.
Las hermanas, de 29 y 21 años, declararon que intentaban quitarle el diablo del cuerpo a su padre.
Hace menos de un mes, otro caso familiar conmocionó a la opinión pública. El 15 de mayo, en Chacarita, Gabriel Hernández, un desempleado de 34 años, asesinó de dos disparos en la cabeza a su ex mujer y golpeó en la cabeza a su hijo menor de 3 hasta provocarle la muerte.
Al día siguiente retiró a su hija de seis años del colegio, la llevó a un hotel y le disparó tres tiros en la cara con un revólver calibre 38 largo. Inmediatamente después, abrió la ventana de la habitación del octavo piso del hotel y se arrojó al vacío: murió en el acto.
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