
Los detalles de un homicidio que aún conmueve
Silvina Vásquez había ido a un curso de alquimia días antes del asesinato; su padre se desangró durante dos horas
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El diablo vive en Saavedra. Así lo dijo Leopoldo Marechal en su novela Adán Buenosayres y hay quienes así lo creen ahora. El asesinato de Juan Carlos Vásquez a manos de sus hijas, con más de un centenar de puñaladas, es el motivo que resucita esa creencia.
No hubo compasión. Según los médicos forenses, Vásquez estuvo entre una y dos horas desangrándose, mientras sus dos hijas, Gabriela y Silvina, se afanaban en una tarea imposible: quitarle el diablo del cuerpo.
Eso fue lo que Silvina les dijo a los policías de la comisaría 49a. que el lunes último entraron en la casa que los tres ocupaban en Manuela Pedraza 5873, en el barrio de Saavedra. Los agentes rompieron la puerta a patadas cuando uno de ellos alcanzó a ver por un vidrio esmerilado cómo la muchacha clavaba una y otra vez un cuchillo tramontina en el cuello de su padre.
Los integrantes de la brigada de calle de la 49a., hombres acostumbrados a ver cosas feas, quedaron impresionados por la escena del crimen. El piso y las paredes de la planta baja de la vivienda -un ambiente donde se integran la cocina y el comedor- estaban cubiertos por una capa de sangre de unos dos centímetros. "Había olor a sangre", recordó uno de los funcionarios de la Fiscalía de Distrito de Saavedra, al mando de José María Campagnoli, que estuvo en el lugar un par de horas después del homicidio.
Había también otros olores. A orina y a excrementos. Eso fue lo que más impresionó a otros de los colaboradores del fiscal. "La m... estaba por todos lados. Era un asco", recordó.
Vásquez quedó tendido desnudo en el piso y con su mano derecha se agarraba a la columna de la escalera caracol que lleva a la parte superior de la casa. Su ropa estaba prolijamente doblada sobre un sillón ubicado detrás de la puerta de entrada. Allí también quedó el corpiño de una de las chicas. Las dos estaban desnudas, aunque Gabriela tenía una remera.
El rostro del hombre estaba desfigurado. Le faltaba gran parte del pómulo izquierdo y un tajo le llegaba hasta la oreja. La frente también estaba cortajeada y le habían arrancado los párpados. Las heridas más profundas estaban en el cuello. Tenía un desgarrón a la altura de la ingle y dos dibujos en el torso: un círculo y un triángulo. No tenía lesiones en las manos ni en los brazos, dijeron los forenses, lo que revela que se entregó mansamente a la inmolación.
Por los hilos de sangre que tenía en la cara y en el cuerpo, los investigadores creen que buena parte de las cuchilladas las recibió de pie o arrodillado. Los resultados de los estudios histopatológicos todavía no están listos, y en consecuencia no se sabe aún si estaba intoxicado. El análisis de sangre indicó que no había bebido alcohol en sus últimas horas.
Por la autopsia se descartó que hubiera sufrido una intoxicación por monóxido de carbono y que también hubiera afectado a las hijas. Este tipo de dolencia genera alucinaciones y pérdida de conciencia, lo cual podría explicar racionalmente la invocación al diablo a la que se refería Silvina. Se trata de un accidente habitual, que se produce por una falla en la combustión de artefactos de gas.
Ceremonia de purificación
Padre e hijas participaban de una novena de purificación. Por eso estaban las ventanas y las puertas cerradas, el agua corría en las canillas y había cirios por toda la casa. En algunos platos se hallaron carbones. Eran restos de productos que se elaboran en una chacra de El Bolsón -que funciona como una suerte de monasterio y dirige monseñor Claudio Páleka- y se venden libremente en el Centro Alquímico Buenos Aires Transmutar, situado en Córdoba 1590. El lugar fue allanado y clausurado por la policía la semana última.
Sobre un plato de madera, junto con unos carboncitos, se encontró un almanaque de Transmutar, con una imagen de la Virgen. Era el único icono religioso de toda la casa. Había una Biblia ensangrentada, con los salmos 119 a 122 subrayados, y un cuadernillo de apuntes de Transmutar, donde se explicaba cómo hacer una novena de purificación.
Gabriela, de 29 años, fue sólo una vez a Transmutar, pero su hermana, de 21, estaba más enganchada. Hizo un curso titulado "Cómo contactarse con el ángel de la guarda" y ahora estaba realizando el de "Gran operador alquímico". El sábado anterior al homicidio había ido a la clase y debía volver el lunes en que ocurrió la matanza.
El titular de Transmutar, Sergio Etcheverry, no está en el país y los allegados al centro no quieren hablar hasta que él regrese. "No somos una secta", se quejó una señora que atendió el teléfono del lugar. Explicó que los cursos tienen un costo promedio de 50 pesos, que su duración varía y que también dan conferencias gratuitas de numerología, angelología, radiestesia y alquimia, entre otras materias.
Silvina hablaba con voz de hombre y en un idioma indescifrable cuando llegó la policía. "Papito, papito, ahora va a volver bueno", balbuceaba.
Sucesos inexplicables
Algo extraño pasó cuando un policía le quiso poner las esposas: salió despedido unos tres metros, según declaró en la causa.
No está claro aún si había una relación de incesto. "No lo descarto", dijo Campagnoli. En el pene de Vásquez había restos de semen. Todavía no están los resultados de los hisopados que se les realizaron a los tres para probar si mantuvieron relaciones sexuales.
Un hermano de Vásquez declaró en la causa y dijo desconocer que hubiera vínculos inmorales en la familia. Vecinos de los Vásquez, en Lomas del Mirador, donde habían vivido antes, dijeron que Gabriela se había entregado a la droga y la prostitución.
La madre de las jóvenes, Aurora Gamarra, murió hace cinco años, por un paro cardiorrespiratorio. Pero Silvina les dijo a los médicos de la Unidad Penitenciaria Nº 27, en el Hospital Neuropsiquiátrico Braulio Moyano, donde está alojada, que se la habían llevado los espíritus.
Por eso también estaban rotos los espejos de la casa. Silvina dijo ver cómo un muñeco entraba y salía del cuerpo de su padre y quería penetrar en el de su hermana. Aseguró que era el demonio. El botiquín del baño -en la planta alta- había sido arrancado y el lavatorio estaba tirado.
Una junta médica se reunirá mañana para determinar si las hermanas son inimputables o si pueden ser juzgadas por el homicidio de su padre. Un loquero o la cárcel serán sus futuros hogares.
Otro suceso inexplicable le ocurrió a uno de los agentes que trasladaron a las hermanas al hospital Pirovano, donde estuvieron internadas durante 48 horas. Una sustancia gelatinosa le cayó en la cabeza, cuando transitaba por uno de los pasillos del nosocomio. Pero en el techo no había goteras ni nada parecido. Así lo declararon en la causa el policía y una enfermera.
Gabriela estudiaba diseño de imagen y sonido en la Universidad de Buenos Aires y Silvina quería ser contadora pública. La hermana mayor empezó el ciclo básico común en 1997, cuando la familia dejó su casa en Lomas del Mirador y se instaló en Saavedra. No le fue bien y abandonó, pero en 1999 se anotó otra vez. Cursó una materia, dibujo, pero quedó libre por no entregar los trabajos en término. A Silvina le iba mejor, había aprobado ocho materias y tenía 6,5 de promedio general.
El padre trabajaba en una ferretería y bulonería en Villa Pueyrredón. Las jóvenes estaban desocupadas y en busca de empleo. La policía encontró un currículum de Silvina en una de las camas. Todos los vecinos dicen que parecía una familia normal.
¿Cuándo empezó todo? Hace 15 días los vecinos dijeron haber visto cómo los Vásquez sacaban varias bolsas de basura con ropa nueva y papeles. El jueves anterior, el ocupante de una vivienda lindera se quejó por los ruidos -cantos y gritos- que venían de la casa.
En el pantalón de Vásquez se encontró un ticket de supermercado con la fecha del domingo y marcado a las 14.30. En la mañana del lunes, un hombre llamado Jorge, dueño de la vivienda alquilada por los Vásquez, que vive en el piso de arriba, llamó a la policía. Afuera, los gritos ya no se podían soportar. Adentro estaba el espanto. ¿O el diablo?
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