
Los excrementos de las mascotas, un problema sin fin
En 2005, sólo se labraron dos multas
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Es casi una postal porteña que las mascotas hagan de las suyas en la vía pública ante la mirada despreocupada de algunos de sus propietarios o de los paseadores de perros.
Los que tienen que controlar, quince inspectores de la Dirección de Medio Ambiente porteño, parecen no ver estas irregularidades, pues durante el 2005 sólo se labraron dos actas por incumplir esta norma, que podría costarle al infractor una multa de 25 pesos y hasta 200 pesos, en caso de reincidencia.
La pequeña cifra impacta. Pero es mucho más fuerte si se tiene en cuenta que los perros dejan en la ciudad unas 70 toneladas diarias de excremento, según la estimación del Instituto de Zoonosis Pasteur, tomados a partir de la previsión de que al menos la mitad de los 425.978 perros censados en 2004 defecan una vez por día en la vía pública.
La legislación rige desde 1987, pero desde 2001, mediante el decreto 1972, se determinó que serían multados los propietarios o paseadores de perros que no recogieran los excrementos de los animales.
La norma también obliga a llevarlos con collar y correa, prohíbe atarlos en postes, monumentos públicos o árboles, y pasear a más de tres perros por vez sin haberse inscripto en el Registro de Paseadores de Perros. A su vez, los paseadores registrados no pueden pasear a más de ocho perros juntos. Sólo podrán dejarse animales sueltos en los lugares autorizados: los caniles, lugares donde los perros pueden andar sueltos y hacer sus necesidades sin que sus dueños o paseadores tengan que levantar los excrementos.
En todo 2005, se labraron 3811 multas por el incumplimiento del resto de estas normas.
Ninguna de estas obligaciones son cumplidas como deberían, según lo pudo constatar LA NACION durante un recorrido por distintas plazas y barrios de la ciudad.
"Vengo dos veces por semana a hacer gimnasia, pero cada vez que tengo que tirarme al piso es una odisea conseguir un espacio limpio", contó María Elena Pons Bedoya, de 60 años, mientras hace algunas flexiones en la plaza República Oriental del Uruguay, situada entre las calles Austria, Tagle y las avenidas Libertador y Figueroa Alcorta.
Sólo ella y Estela Burgos, que había llevado de paseo a una anciana que cuida, se atrevían a estar en ese espacio público. El resto eran perros, muchos perros, con algunos paseadores que descansaban bajo un árbol, mientras los canes, muchos de ellos sueltos, disfrutaban del verde para hacer de las suyas: jugar, dormir, o hacer sus necesidades.
Los que no estaban sueltos, estaban atados a árboles, monumentos y postes, hecho que significa que estaban en infracción.
"No podemos andar buscando un lugar con caniles; trabajamos como podemos", se excusó un paseador que no quiso identificarse ante la consulta de LA NACION, y dijo que tampoco puede andar levantando los excrementos de todos los perros.
Según él, escasean los lugares con caniles en la ciudad, lo que hace que su trabajo se haga dificultoso.
En Medio Ambiente, aseguraron que sólo hay 14 plazas con caniles en distintos puntos de la ciudad.
El malhumor de los vecinos
Un panorama similar es el que se observa en las plazas Presidente Alvear, Las Heras y López y Planes, repletas de personas que pasean a sus canes. Y, aunque tampoco hay caniles, muchos de ellos andan sueltos, incluso, con la presencia de muchos niños que juegan.
"Dicen que ahora van a enrejarla, y enhorabuena, porque esto es tierra de nadie y los chicos corren peligro conviviendo con los perros", señaló Jorge Laplacette, arquitecto que había llevado a pasear a sus cuatro nietos (de entre 1 y 5 años) a la plaza López y Planes, situada entre las calles Arenales, Montevideo y Paraná.
En ese momento, decenas de madres o niñeras habían llevado a sus chicos a jugar en los areneros. Mientras tanto, algunos canes paseaban a la par de sus dueños y hacían sus necesidades en la misma tierra que los chicos usaban para divertirse.
"Muy pocos cumplen con la disposición de llevar la bolsita para levantar la caca de sus perros... Hay que tener ojos en todos lados para no llevarse uno por delante", dijo Osvaldo, un vecino de Recoleta que descansaba en un banco de la plaza Presidente Alvear.
En la plaza Las Heras, muchos dejan que sus canes paseen a su antojo, sueltos, mientras leen algún libro bajo un árbol o toman sol tirados en el pasto.
"Con la tierra se disuelve rápido", se atajó Mechi, la dueña del perrito labrador que acababa de defecar en el lugar.
"Es muy antihigiénico que los "regalitos" de los perros estén por todos lados... Las veredas están llenas; las plazas, también, y eso podría ser motivo de epidemia para los chicos que juegan cerca", se quejó Juan, un vecino de 77 años del barrio de Palermo.
Las quejas de María Piedrabuena son las mismas. La mujer, de 73 años, vive esquivando los excrementos de los perros de sus vecinos del barrio de Coghlan. "Yo no tengo animales y tengo que limpiar todos los días los desechos de animales ajenos en mi vereda. Y cuando se lo reclamo a sus dueños, se enojan. ¡Es el colmo!", se quejó, con razón, mientras señalaba la evidencia que ya forma parte de este paisaje atípico de la ciudad.

