
Los muñecos menemistas no se rinden
Surgidos en los 90, muchos llevan caretas con el rostro de Carlos Menem, Maradona o del Ratón Mickey
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Desde su primer día de trabajo sufrió la tensión propia de todo novato. Ir de aquí para allá en medio de risas y nombres de oprobio. Hasta que al fin el encargado puso las cosas en su lugar. "Le diremos Cholo." Y así, en rutilante amarillo, Cholo fue plantado en la entrada del local para cumplir su jornada de horario perpetuo sin refrigerio alguno.
Acató con paciencia tibetana. Sin chistar. No le quedaba otra. No hay reacción (ni revolución) que le sea posible. Lo suyo es mostrar y actuar el biotipo (simbólico) de los 90: ser huérfano social sin historia, nacionalidad, gobierno, cobijo, familia, deseo ni ilusión alguna.
Cholo es el muñeco que usted suele divisar haciendo señas para ofrecerle estacionar, lavar el automóvil, comprar en una farmacia de turno o indicar la senda que lleva a las sobadas camas de ciertos albergues espantosos.
Obrero global y virtual, Cholo nada sabe del Palacio de Invierno que tomó Lenin ni del balcón que pisó Perón. Su inserción laboral se la debe, entera, a la creativa sensibilidad social de Carlos Menem. Antes, su existencia transcurría en la nada. Hoy es el Cholo, un operario eficiente al que jefes, compañeros y peatones contemplan con simpatía, aunque confusos. Como se sabe, todo muñeco reanima el efecto del fantasma, del doble, que dormita en cada uno.
Cholo no lo vive así. Siendo autista desconoce el yo y sus flaquezas y como factótum de parodia presta servicios varios en la Capital y el Gran Buenos Aires. Es lo que es: un obrero clonado, sin alma.
Surgió de la tecnología de punta de la mishiadura porteña, la que alcanzó su pico más alto en la década que concluye. Fueron sus padres la picaresca y el déficit y tiene de predecesor al espantapájaros. Pero mientras éste actúa al aire libre como lírico policía de pájaros, Cholo y sus cofrades degradan su existencia en medio del ruido y el monóxido de carbono dando desesperados manotazos de oferta.
Sufren algo peor: ver humillada su identidad con rostros de presidentes del país. Al no nacer de hombre y de mujer ni salir de maternidad sino de taller, no tienen cara alguna. Su anatomía viene simplificada.
En el caso de las "obreras", las hacen en serie, con matrices. Al esqueleto básico de metal le suman curvas de cartón, poliuretano, hierro y articulaciones que hacen mover el brazo en la dirección necesaria.
Los Cholos de primera mueven el brazo entero mediante un motorcito (12 voltios) y un transformador (de 220w) incorporado.
Las Cholas rotan el busto y siguen con la mirada al embobado cliente en movimiento. También existen Cholos truchos, de segunda, que mueven el codo mediante un implante de parabrisas, en impactante prueba del genio que nos distingue.
Tienen precio: 650 cada uno. Si uno desea una plantilla entera, de 10, por ejemplo, los dejan a 600. También se alquilan: 150 pesos el mes y 1000 en contrato anual.
Cholos y Cholas cuestan lo mismo, aunque usados, ellos se devalúan y ellas no (sic).
Los "varones" vienen variados (adultos, jovencitos, negros, pelados, con peluca, etcétera), en tanto ellas son simplemente "lindas". Neutras, pero lindas. Ellos, sin ropa. Ellas, con pollerita y una remera. "Para transportarlas, sabe...", aclara, pudorosa, Cristina, una artesana que con su marido, Mario Galipo, dirige en Villa del Parque la más exitosa Pyme dedicada a la fabricación de androides menemistas. "Somos 3 o 4 firmas, no más. Aquí habremos hecho unos 500. Fuera de la Capital hay otros."
Un millar de trictracs
Esta fuerza laboral anda ya en el millar de sujetos trictrac . No tienen primero de mayo ni domingo. Sólo descansan cuando llueve, para evitar que se empapen las pilas que los alimentan.
Vienen, eso sí, con cara de nadie. Aunque pagando un plus se los puede conseguir con rostro de Menem, De la Rúa, Maradona. Más respeto despiertan Mickey o Pluto: los herederos de Disney vigilan el mundo con satélite y un juicio por derechos puede dejarlo a uno sin la fábrica.
Al verlos, no sea insensible. Ellos también son argentinos. Y quizá pioneros. Porque si ahondando en esta línea conseguimos hacer operativo un software en la cabeza de un muñeco inflable multiuso, ingresaríamos a país del Primer Mundo con tarjeta gold. Y hasta podría devenir un cambio de paradigma. Con el edificio de la CGT reconvertido en shopping, multicine o local de apuestas hípicas.
Si el mundo repara en que estos muñecos argentinos suplantan la mano de obra, no daremos abasto para recoger las divisas que dejará una exportación tan poco tradicional. Y claro que lo gozaremos. A la argentina. Tirando muñeco al techo en nuestro flamante paraíso del ocio final.





