
Los relojes de la ciudad ya no marcan las horas
Algunos se convirtieron en nidos de pájaros o de roedores
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Instalados en las cúpulas de las iglesias y los edificios más importantes, los grandes y pintorescos relojes que en otra época llevaban el ritmo de la ciudad parecen haber sido afectados por una particular extensión del caos informático del 2000. Siete de cada 10 marcan la hora equivocada, no tienen agujas o se transformaron en el hogar de palomas o de roedores.
De los 190 contabilizados -120 en fachadas de edificios y 70 en plazas y calles-, 133 están fuera de servicio. Es decir que más de la mitad no funciona.
Los datos surgen de los exhaustivos relevamientos de uno de los últimos expertos en relojería, Alberto Selvaggi, la persona que cuidó durante ocho años el reloj del edificio del ex Concejo Deliberante.
"La sensación que producen los relojes públicos fuera de hora es igual a la que origina un semáforo que cambia de colores en una intermitencia equivocada: desconcierto total", explicó Selvaggi.
Sus registros contrastan con los datos brindados por la Dirección General de Infraestructura y Renovación de Edificios, el organismo dependiente del gobierno porteño que se encarga del mantenimiento de las máquinas del tiempo en la vía pública.
Según el director del área, Pedro López, el organismo sólo debe velar por el funcionamiento de los situados en la Torre de los Ingleses, el Palacio de Gobierno, el ex edificio La Prensa y el Instituto Bernasconi, además de los 70 de las plazas y calles. El resto, aunque formen parte del patrimonio histórico, son responsabilidad del propietario de cada inmueble. "Todos los nuestros trabajan a la perfección", afirmó el funcionario. Y agregó: "De los que están por la calle, sólo 10 permanecen fuera de servicio por reparaciones".
La Dirección de Infraestructura y Edificios Públicos cuenta con dos empleados que deben atender la totalidad del inventario con un presupuesto de 200 pesos anuales para comprar los repuestos necesarios.
El tiempo no corre
La Nación recorrió la ciudad en busca de estas reliquias olvidadas. Las más deterioradas fueron encontradas en las iglesias.
La parroquia de San Ignacio, en Bolívar y Alsina, tiene uno de los relojes más antiguos de la ciudad. O, al menos, lo que queda de él.
Clavado en las 6.30, sin vidrios y con sus paredes deterioradas, es el refugio de cientos de palomas que revolotean sin cesar a su alrededor. Además, las ramas que atraviesan sus cuadrantes son aprovechadas por las aves para disfrutar del sol de la tarde.
De origen inglés, el reloj había sido inaugurado el 17 de septiembre de 1861 en la torre del Cabildo y fue trasladado al campanario norte de la iglesia en 1889, en coincidencia con el comienzo de los trabajos de apertura de la Avenida de Mayo.
El tiempo quedó detenido a las 12 en la iglesia de San Miguel, situada en la esquina de Suipacha y Bartolomé Mitre. La máquina, que supo funcionar como una permanente referencia de tiempo, duerme ahora entre las estatuas y los grabados que embellecen la fachada del lugar.
En Marcelo T. de Alvear y Pueyrredón, en pleno Barrio Norte, el reloj de la parroquia Nuestra Señora del Carmelo agoniza. Las campanas de la torre, que en otra época ponían música al paso de las horas, ya no suenan. Y mientras que una de sus caras no tiene agujas, la otra marca, congelada, las 12.40.
La parroquia de Nuestra Señora de Balvanera, en Larrea y Bartolomé Mitre, tiene en su cúpula otro marcador de tiempo fuera de servicio. La máquina está detenida en las 10.35 y no parece que vuelva a moverse. Forma parte de un edificio que, al igual que San Ignacio, fue declarado Monumento Histórico Nacional por medio de la ley 12.665.
La Legislatura porteña
En los primeros días de diciembre de 1930, las autoridades del palacio donde actualmente funciona la Legislatura porteña estaban exultantes. Luego de una serie de peripecias, habían puesto en marcha el reloj que corona la torre del entonces Concejo Deliberante.
La máquina llegó en un barco de Alemania el día de la revolución que puso fin a la segunda presidencia de Hipólito Yrigoyen. Quienes lo traían temieron por su seguridad y decidieron no llegar al puerto: remaron hasta la orilla en una barcaza. Después de tanto esfuerzo, hoy ya lleva tres meses fuera de servicio, una situación que podría producir daños severos en su estructura.
Por falta de presupuesto, no se renovó el contrato del técnico que lo cuidaba. Y, mientras tanto, el reloj sigue detenido.





