Lucho, el perro nómade y fiel de Pinamar
Por casualidad, una pareja fue cautivada y descubrió el amor que le podía dar a un ser de cuatro patas
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Aceptar lo que la vida da. Y también lo que no da. No preguntarse tanto "por qué", sino más bien "para qué". Ese y un par de consejos más le dieron a Mercedes, que por más de 15 años buscó infructuosamente un bebé junto a José, su marido. No hubo tratamiento que no probasen, médico al que no consultaran ni gurú al que no acudiesen. Todo resultó en vano.
El verano de 2007 fue particularmente especial. Acababan de darles la noticia de que la última in vitro que habían encarado no había tenido éxito… una vez más. Ya sin más palabras de consuelo que soportar, seres inanimados a los que insultar y con la compañía mutua como único sostén, partieron con los ánimos por el piso rumbo a Pinamar. Esa casa chiquita pero cálida a dos cuadras del mar que alquilaban cada año sería un bálsamo para aliviar, aunque más no fuera un poco, las penas.
Apenas arribados y mientras estaban bajando los bolsos del auto José presintió algo extraño alrededor. Alertado de los hechos de inseguridad que azotaban tanto a la Capital como a la Costa, le pidió a Mercedes que se encerrara en la casa y salió a recorrer la propiedad. Con no poca sorpresa detectó que un frondoso arbusto del frente de la propiedad se movía como bailando un merengue. Al acercarse, y venciendo la mezcla de curiosidad y miedo que lo invadía, descubrió una enorme mata de pelos marrón que sacudía una larga cola.
Bajar la guardia por una centésima de segundo fue la peor idea que pudo ocurrírsele: el manojo de pelos se le lanzó encima y lo tumbó. José, con su metro 80 y sus 90 kilos, no pudo frenar la tromba que lo tiró al piso y que, acto seguido, le untó a húmedas lamidas cara, cuello y cuanto centímetro de piel libre encontrara. Las sonoras carcajadas obligaron a Mercedes a salir de la casa para observar a su marido tirado en el piso con un enorme perrazo prodigándole todo tipo de demostraciones de cariño.
Del arbusto a la mesa familiar
No hizo falta darle mucha vuelta al asunto, y tampoco hubo demasiada opción: Lucho se acopló a la pareja como si hubiera estado con ellos desde siempre. Todas las mañanas, cuando José salía a comprar el diario, el perro ya estaba en la puerta listo para recibir su "desayuno", que podía consistir en una galletita, alguna porción de asado de la noche anterior, o incluso alguna porción de muzzarella. Por la tarde, cuando volvían de la playa, Lucho aparecía nuevamente y se echaba al lado de Mercedes mientras ella leía en el jardín o regaba las plantas.
Las caminatas de la pareja sumaron a un tercer integrante, y las cenas a un nuevo comensal. Prácticamente sin percatarse, Mercedes fue de a poco socavando su dolor mientras atendía a Lucho: lo bañaba, se aseguraba de que comiera bien, se preocupaba si se ausentaba y hasta lo llevó al veterinario para darle las vacunas reglamentarias.

Pero el verano y el consecuente idilio iban llegando a su fin. Mercedes y José empezaron a preguntarse qué harían con Lucho. Era muy grande para un departamento, pero tampoco querían dejarlo; se habían encariñado con el animal. Además, ¿qué sería de él sin ellos que lo atendían tan bien? Largas fueron las charlas que tuvieron sopesando pros y contras de llevarlo y de dejarlo. Fue José quien, dándose cuenta del cambio positivo de humor que Lucho había ejercido sobre su mujer, decidió, a pesar de los diversos cambios de hábito que debían encarar, llevar a Lucho a Buenos Aires.
¿Dónde está el cachorro?
El día de la partida debieron hacer un lugar extra en el auto para la nueva mascota de la familia. Mercedes, por primera vez en muchos meses, estaba entusiasmada. Cargaron el auto y esperaron a que Lucho, como cada mañana, apareciera a pedir el desayuno. Una hora transcurrió y ni rastros del perro. Dos horas y nada. José salió a buscarlo con el auto por donde solían caminar, andando y desandando caminos y atajos. Finalmente, cerca de las cinco de la tarde, extenuados física y emocionalmente, decidieron emprender el regreso. Sin Lucho.
José por poco choca cuando avistaron, en el jardín de una casa cercana, a su "fiel" Lucho, batiendo enérgicamente su cola ante los divertidos juegos que le proponía un niño de unos diez años. Sin poder reprimir una sonrisa, Mercedes lamentó un poco el abandono del que ya había contado como un nuevo integrante del núcleo familiar. Pero comprendió que la esencia de Lucho era esa: ser un nómade familiar. Así lo habían conocido.
El camino de regreso a Capital, muy lejos de imitar el ánimo sombrío de la ida, le sirvió a la pareja para meditar una decisión que no tardaron en plasmar apenas llegaron a su hogar. La corta pero fructífera experiencia del verano los convenció de que querían –y podían- darle a otro animal todo ese cuidado, atención y amor que no pudieron propinarle a Lucho por más de 40 días. Mara, una simpática mestiza de dos años, llegó a Villa Devoto vía directa del refugio donde la habían rescatado. Hoy, ella también comparte los veraneos en Pinamar…donde en más de una oportunidad se cruzaron con Lucho.
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