Ludmila Pagliero: “La autosuficiencia y el carácter que me llevaron a dejar el hogar a los 15 y cruzar el océano con dos valijas me ayudaron a soportar la soledad”

Constanza Bertolini
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15 de agosto de 2016  

Crédito: Diego Spivacow / AFV

“Ludmila, Ludmila yo veo en tus ojos/ veo como un ancho mar”, le cantó un día la vida. Y ella agarró dos valijas, cruzó el océano sin saber casi nada. Con el impulso y el peso de una decisión. Una sola. Con dieciséis años y el pañuelo rojo anudado en el cuello de aquella vieja foto de la infancia, su primer acercamiento al estilo francés.

Pasó el doble de tiempo. Discreta, Ludmila se confunde con el gris cemento de los muros del Teatro Colón sobre la calle Tucumán. El fotógrafo está a punto de comentárselo: “Estás muy… [¿gris iba a decirle?]”. “Sí, ya sé, ¡¿muy flaca?!”, se apura ella. Su cuerpo es leve, pero fuerte; tiene marcas, experiencia y un don. Cuando Ludmila deja perder la mirada sobre Buenos Aires, posando casual para las fotos, en los mismos ojos donde Spinetta Jade había visto un ancho mar, también hay un tono gris. Más claro que el abrigo de fieltro, más oscuro que sus jeans. Es el gris de un mar calmo, con un ocasional brillo plateado cuando le da la luz del sol.

“Por supuesto que todos mis sueños como bailarina nacieron en este teatro”, confirma Ludmila Pagliero, que estudió en el Instituto Superior de Arte, y sin embargo nunca protagonizó un ballet sobre el escenario mayor de su país. Ése es el sueño que más de una vez confesó Alba: que su hija, la étoile de la Ópera de París, una de las mejores bailarinas de este siglo, se lleve los aplausos del Colón. Y la chica miraba el reloj en su departamento vecino al bosque de Vincennes, se iba haciendo madura, se ponía nerviosa (se pone nerviosa) y manejaba el miedo a que nunca sucediera, la posibilidad de no ser invitada, de tener que conceder un callado “No, mamá”. “Ayer estaba acá, en la sala de ensayo y... hace 17 años que me fui de este teatro. ¿17 años es bastante, no? Es más que la mitad de mi vida”.

–Es particular que tu debut en el Colón sea en este momento tan alto de tu carrera, con La bayadera, el ballet que te dio tu nominación de étoile. Es el cuento que cierra.

–Todo está muy ligado. Hay obras que te van siguiendo en cierta forma. Uno de los grandes clásicos que bailé en mi carrera, cuando era muy joven, fue La bella durmiente, en el Ballet de Santiago de Chile. Cuando después me fui a la Ópera de París, llevaba apenas unos meses, todavía no estaba estable, y se programó La bella durmiente con muchos problemas. Terminé haciendo una de las hadas principales, sin formar parte de la compañía y con muchas chicas esperando ese lugar antes que yo, que era la última del cuerpo de baile. Tuve pronto la oportunidad de hacer un rol de solista. Más tarde vine a la Argentina, a bailar La bella… en La Plata. Y ahora pasa con La bayadera, que fue la nominación de mi carrera como étoile. [Brevemente: la historia cuenta que en marzo de 2012, por diferentes razones, cuatro primeras bailarinas se lesionaron durante la misma semana en el teatro de la Bastilla y llamaron a Pagliero, abocada a otro programa en la sede de la ópera Garnier, para cubrir, de un día para el otro, el rol de Gamzatti en la función estreno de “La bayadera”, con transmisión en directo a los cines. Tras esa actuación excepcional, Brigitte Lefèvre, entonces directora de la Ópera, leyó en escena el discurso oficial de nominación que la convirtió en una de las 16 estrellas que encabezan la compañía de 154 integrantes. La primera argentina en la historia. La más joven. La única que en alcanzar ese privilegio sin haberse formado en la escuela de París]. Hay ballets que van siguiéndote y marcando momentos importantes de tu carrera. Y uno no sabe bien por qué se repiten ciertas cosas. Estoy contenta que sea La bayadera en el Colón.

–¿Crees en esas historias todavía, en la verdad y la potencia de los clásicos?

–Sigo creyendo porque al final son relaciones humanas, historias de personajes representativos de lo que uno puede vivir hoy. Sin la época, sin el decorado ni el vestuario, son los mismos sentimientos de la vida real. ¿Qué es lo que hace que siga siendo vigente? Que esos sentimientos y esas relaciones sean verdaderas, aunque se trate de una ficción, que en el momento sobre el escenario cuando mirás al otro, esos sentimientos sean verdaderos. Así, para mí, seguirán siendo historias actuales siempre. Y después es una cuestión de gustos.

–¿Cómo vive una “étoile”?

–Esta estrella vive una vida muy normal. Nunca tuve sentimiento de diva. Mi familia siempre fue muy humilde… Después, cuando recibo la admiración de la gente, me doy cuenta de que mi trabajo es muy especial. Pero cuando me levanto todos los días, no me estrello con mi luz [se ríe]. En ese sentido, soy muy natural.

–¿Pero te dio más responsabilidad, más dinero, más libertad, además de visibilidad, ser étoile?

–Obviamente más visibilidad, porque tu nombre propio se sale del grupo del ballet. Ahora me presentan como “Ludmila Pagliero, estrella de la Opera de París”. Tengo muchas más responsabilidades respecto de la construcción de mi carrera, porque puedo optar por cosas que antes no podía; tengo una voz para poder elegir si a esta edad me gustaría experimentar o trabajar con determinado coreógrafo. Más dinero viene como consecuencia. Y la libertad está en eso, en poder organizar proyectos a mi manera, definir cómo me gustaría mostrarme al público dentro de la Ópera. Habría que tener varias vidas para hacer carreras diferentes, pero no se puede. En la posición en la que estoy tengo la suerte de elegir y es una gran libertad poder optar por lo que siento.

–De alguna manera siempre decidiste lo que querías con sentimiento, con intuición. Esa libertad parece una característica tuya. Alba, recuerdo, decía que no había sido fácil ser la madre de una hija que siempre podía todo sola. ¿Autosuficiencia?

–Puede ser. Sí. Demasiado. Muchas veces creo que la única que puede solucionar las cosas soy yo. Eso me lleva a complicármela, porque no tengo el poder sobre todo. Creo que esa autosuficiencia y ese carácter que desde chica tuve me ayudó a tomar decisiones en mi vida, como dejar mi hogar a los 15 años, irme a vivir sola a otro país, resolver en cinco minutos cruzar el océano para irme a Europa con dos valijas y sin saber nada más. Este carácter me ayudó a poder soportar estar lejos, no hablar un idioma, no poder comunicarme, sentirme sola. De otra forma no hubiera tomado el riesgo. Sufrí por este carácter que no dejaba que nadie me ayudara, me contuviera, me sostuviera. Creía que podía sola y a veces uno no puede.

–¿Sufriste la soledad?

–Mi segundo nombre es Soledad. En serio. Y ha sido mi punto débil durante años ese nombre que no me gustaba. Ahora voy mucho mejor, pero tuve que hacer un trabajo con este tema. Estuve mucho tiempo sola. Mis padres no tenían posibilidad de viajar cada año a verme. Me las arreglaba… y fue pesado. Ahora ya empiezo a quererlo y a disfrutarlo, porque sé que no estoy sola.

–Has hablado de tu madre, esa ama de casa que ahora es masajista… Pero de tu padre, en varias charlas, solamente supe que es electricista, como si eso lo definiera.

–Mi papá es una persona muy discreta, que a su manera nos ha educado [Ludmila tiene un hermano que vive en Estocolmo y una hermana en Buenos Aires]. Mi mamá con un carácter fuerte y presente, y mi papá mucho más pasivo, quedándose un poco atrás en la toma de decisiones. Él era el que iba a trabajar, tenía un sueldo para mantener el hogar, y esa era su gran preocupación. Se iba a las cinco de la mañana y no volvía hasta las nueve de la noche. Ahora tenemos una relación hermosa. Hemos hablado de que, quizá, fue un faltante en algún momento; quizá porque no tenía las herramientas para acercarse de una forma más sentimental. Hoy que somos adultos y mi relación es genial. Con ellos puedo contar: son mis padres, y yo su hija, y hay momentos en los que somos simplemente seres humanos que nos ayudamos mutuamente, nos queremos… No hay daño, es mucho amor.

–A ella, que es budista, en momentos difíciles le pediste que rezara por vos. ¿Cuál es tu fe?

–No creo en las religiones: desde el momento en que me están poniendo reglas sobre cómo tengo que sentir ya no funciona. Creo en la vida, en el ser humano, en que uno es capaz de marcar su camino y cambiar las cosas con mucho esfuerzo y energía. El hecho de tener un alma nos hace seres un poco mágicos; no somos sólo carne y hueso. No quiero saber quién maneja ni cómo funciona el universo. Lo que me interesa es cómo voy creando, qué magia puedo hacer.

–¿Qué magia podés hacer?

–Entregar placer y amor, como puedo hacerlo en un escenario. Y tratar de cambiar ciertas cosas a mi pequeña escala en el mundo. Ser alguien más comprensivo, más agradecido. Cuidar el planeta, no destruirlo. Respetar a la gente. Escuchar. Todos tenemos el poder de hacer mucho. No sería tan difícil si todos nos propusiéramos hacerlo al mismo tiempo, una potencia de no se cuántos millones de personas queriendo mejorar…. No estoy levantando la bandera, pero busco en mi vida hacer ciertos cambios: en la alimentación, en lo que consumo, en lo que tiro y cómo lo tiro. En un sentido ecológico, trato de tener cuidado, de aportar.

–En esa escalera que siempre dibuja la carrera, ¿subiste un par de escalones juntos, te tropezaste, fuiste demasiado rápido? Te quedan 10 años para jubilarte, si lo hicieras a los 42, como marca la Ópera de París, y ya estás ahí arriba. Mirás para abajo, para arriba, y ¿qué ves?

–[Hace una pausa]. Si te soy sincera, lo primero que veo es que hubo un montón de escalones. No fueron tres o cuatro. Algunos, tac, tac, tac, tac, los vas subiendo sin darte cuenta. Otros patinaron más. Los momentos en los que tuve problemas físicos, por ejemplo, y hubo que parar, cuando el ritmo al que vas subiendo se detiene. ¿Y si no hay más pila?, te preguntás. La primera vez que me pasó, sentí que se paraba todo, porque al mismo tiempo tomás conciencia de qué es tu mundo: ¿se reduce a una sola cosa o mi horizonte está mucho más lejos? En esta carrera, si no te das cuenta, vas para adelante, derecho, sin mirar para otro lado, porque tenés que seguir y seguir bailando. Al principio, mi única preocupación era la danza, mi pie. Pero está mi vida personal, mi futuro. Sé que tengo escalones que recorrer de bailarina, pero hay otras cosas que experimentar. Y no me da miedo para nada cambiar y hacer otra cosa que no tenga nada que ver con la danza.

–¿Subir el Aconcagua?

–Sí, subir el Aconcagua. Tengo muchas pasiones: el paisajismo, la jardinería; me encantan los deportes extremos, la escalada, el salto en paracaídas, cosas que no puedo hacer todavía. Me gustaría ayudar socialmente, ecológicamente. Y son pasiones sobre las que leo mucho, trabajo en comunidad en los barrios en París para crear nuevos espacios para hacer huertas, y se van abriendo también como centros de pequeños agricultores donde la gente va a comprar allí en vez de hacerlo en los grandes supermercados. Directo del productor, sin pesticidas. Pero cuando vengo a la Argentina como un asado [se ríe]. Se trata simplemente de tener una organización: si voy a comer una carne o un pescado es porque voy a ir a buscarlo a tal lugar y no porque fui al supermercado y no sé qué cocinar.

–¿Cómo es vivir en París hoy?

–Cuando fue el atentado en el concierto del Bataclan, por tres o cuatro días la gente no salía. Ahora es casi cotidiano escuchar que el subte se paró porque hay un bolso en el andén que es sospechoso. Ves militares en la calle, muchos. La vida sigue, ¿no? Y no solamente es París, con lo que siguió sucediendo, se vio que es Europa el problema. Atacan en los lugares más o menos esperados, en el norte o en el sur; no sabemos cuándo ni dónde será el próximo, pero sentimos que no estamos al final, estamos al principio de una situación realmente complicada.

–¿Te da miedo?

–No. Es la vida. No logro entender por qué la violencia, y eso pienso de la violencia en general. Pero no me da miedo, porque si tiene que suceder, ya lo vimos: en un concierto o en un bar, estás tomando un café, no sos un político, no estás en los tratos ni en las guerras. Y si te pasa, te pasa. Yo no dejé de salir, de sentarme en una terraza, de tomar el subte.

–Al principio de tu carrera pudiste optar: Nueva York o París. ¿Volverías a elegir lo mismo?

–Por mi trabajo, por la Ópera, sí. Es una ciudad hermosa, hay un montón de cosas, pero es una capital, como Buenos Aires, y al mismo tiempo tiene eso que hierve, que va a explotar. Por eso no la elegiría. Pero en Nueva York o en Buenos Aires sería igual.

–Entonces, cuando mirás para arriba, ¿qué hay diez años para arriba?

–Tratar de que todos estos momentos que son los últimos… ¡Porque diez años pasan volando! Una de las cosas que me fascina y hacia donde tengo ganas de ir es la creación, en la parte contemporánea también. Porque pude experimentar la creación de una pieza de forma escultural, buscando un movimiento, o una frase coreográfica a través de la musicalidad, o simplemente la teatralidad de una narración, y esos momentos son muy intensos. Me encanta ser parte de una creación porque me gusta exponerme, ser un instrumento de creación y de comprensión también de lo que está buscando un coreógrafo. Y me gustaría poder compartir en la Argentina esto que estoy descubriendo. Volver más seguido a Buenos Aires, con proyectos de trabajo, bailar más acá.

–Te gustan las biografías, leer historias de vidas reales.

–Ahora esto viendo mucho el trabajo de [el brasileño Sebastiao] Salgado; no saco fotos, pero me encanta la fotografía, y está el lado de la ecología también. También el trabajo de Ai Weiwei, el artista chino. Estuve en China, bailando en Shangai antes de venir para acá. Me gustan las historias de vida: yo tengo la mía.

–¿Y qué diría el primer capítulo de tu biografía?

–Un comienzo divertido podría ser el detalle de esa foto de cuando era chiquita: mi mamá me ponía un pañuelo rojo, muy francés, y una gorrita así, como una boina. Ahora la vemos y nos reímos. Fue como si lo hubiéramos sentido. Esta nena muy decidida, muy fuerte, sabiendo un poco ya cómo quería hacer las cosas. O podría empezar por el final, pero todavía no terminó la historia. Faltan un par de cosas que hacer..

Bio

Edad: 32 años

Étoile de la Ópera de París, es la primera bailarina latinoamericana en acceder a esa categoría en una de las compañías más importantes del mundo. Aunque su carrera la ha llevado a los principales escenarios de los cinco continentes, recién en noviembre hará en el Teatro Colón su primera obra completa, La bayadera.

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