
Madariaga ofrece sus campos al turista
Una nueva modalidad para los veraneantes es visitar las tradicionales casas campestres de la zona
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GENERAL MADARIAGA.- A sólo 27 kilómetros del mar y de la arena se esconde un mundo sin tiempo, un lugar especial donde el aire huele a historia y a tradición.
Se trata de un puñado de estancias centenarias que atesoran anécdotas, objetos, recuerdos. Pero no sólo conservan sus memorias, como en un museo que sobrevivió al progreso; también abrieron sus tranqueras al turismo.
Visitar sus históricos cascos, comer un asado al aire libre, andar a caballo, pasar un día en el más verde de los escenarios, se convierte en un complemento distinto para las familias que pasean por las playas de Pinamar o Cariló.
Por algo se conoce a General Madariaga como "la ciudad gaucha". Todo aquí tiene un aire a tradición campera. Desde las construcciones hasta las ganas de sus pobladores de que se conozca por sus tradiciones a este rincón gaucho.
Secretos para unos pocos
En la franja que dibujan las rutas 2 y 11, al sur del río Salado y hasta la altura de Cariló, existe media docena de estancias que abrieron sus secretos al turismo.
También se pueden visitar algunos establecimientos rurales productivos en la zona, donde comprar quesos, panes y fiambres, verduras o miel, con el valor agregado impagable de observar de cerca cómo se fabrican.
Malé Pinedo sabe que lo mejor que les puede ofrecer a los visitantes es disfrutar de un día de campo como ella y su familia lo viven: sin shows ni parafernalia montada para el turismo. "Les divierte ver cómo funciona un campo un día como cualquier otro y participar de las tareas cotidianas", cuenta.
La estancia San Mateo nació en 1902 y su casco fue construido en 1914. A fines de los años 30, el abuelo de Malé compró el campo. Y desde entonces se transformó en el tesoro de la familia. Hace cuatro años, Malé decidió compartir toda esta historia con quienes deseen visitarla.
Por 30 pesos se puede almorzar en San Mateo y por 15, tomar el té. Y recorrer el parque de la estancia, que fue diseñado por un discípulo del paisajista francés Carlos Thays.
"Esta estancia tiene mucha historia. Tenía molienda y bodega propias, galpones, tambo y está llena de lugares para visitar y conocer", explica Pablo Pereira, el encargado de Las Lomas, a 20 kilómetros de Madariaga. En el casco también se puede pasar la noche.
Cada estancia tiene su encanto. La idea es que puedan complementarse y ofrecer distintas posibilidades al turista. Charles Viejo posee una colección de carruajes antiguos; Dos Montes puede recorrerse a caballo, al atardecer o a la luz de la luna; en Palantelén se puede pescar y La Mascota ofrece un coto de caza mayor.
En la Dirección de Turismo de General Madariaga brindan un asesoramiento completo y se puede llamar al (02267)55-1058 para obtener información.
La Masía de las Frisonas tiene una anfitriona de lujo: Vera Bacigalupi. "Acá todo tiene su historia", dice Vera y nos sumerge entre sus muebles castizos, en los sombreros y las vasijas de su abuela alemana, en las piezas campestres de colección, en el amor por el campo.
Su marido, Marcelo, es veterinario y se encarga de administrar el tambo de ovejas y cabras. Vera, en cambio, vuelca su atención en la cocina y en agasajar a los visitantes, en hacerles probar quesos y licores, en guiarlos por los cuadros y mostrarles cada hierba aromática, cada planta y cada rincón de las 42 hectáreas del campo.
El nombre suena enigmático: "Masía significa casa de campo en catalán y frisona es la raza de ovejas que criamos", explica Vera. La estancia está situada en el kilómetro 20 de la ruta provincial 74.
"No cobramos la visita porque nos gusta mostrar lo que hacemos", aclara, como si hiciera falta. Por 17 pesos el cubierto se puede almorzar o cenar en La Masía. Y llevarse un queso o un licor para seguir saboreando el campo a pesar de estar lejos.
La quinta de Rosa y Chacho Cordone es una inmensa góndola a cielo abierto. Se pueden comprar verduras y hortalizas, como en un enorme autoservicio natural. "Los mismos clientes eligen y cortan la verdura. Tenemos mucho movimiento de turistas de Pinamar y Cariló que están acostumbrados a la quinta fresca", cuenta Rosa, propietaria de la Quinta La Rosa, situada a la vera de la ruta 74.
La de los Cordone es una experiencia piloto. Rosa nació en Madariaga y, aunque viven en Buenos Aires, nunca renunciaron al campo. Este año compraron el terreno y montaron la huerta que visitan decenas de turistas a diario.
Por el momento, la falta de difusión en nivel masivo y la escasa concurrencia de turistas -en su mayoría extranjeros- hacen que el turismo de estancia sea una actividad poco redituable todavía.
Pero todos apuestan a que crezca, convencidos del valor que encierran estos lugares centenarios.




