"María Soledad es hoy nuestra mejor testigo", dijo Taranto
Táctica: el fiscal, para desarrollar su alegato, simuló traer al debate a la víctima y hasta la hizo hablar sobre la base de sus argumentos.
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SAN FERNANDO DEL VALLE DE CATAMARCA.- "Vamos a traer a María Soledad a este proceso porque hoy es nuestra mejor testigo. Vamos a pedirle que nos cuente qué le pasó.
"María Soledad nos dice, señores miembros del tribunal, "me drogaron y yo no quería". Y yo le creo.
"María Soledad nos dice "me violaron y yo no quería". Y yo le creo.
"Esa persona me golpeó y tragué mi propia sangre´. Y yo le creo.
"Busquen, que quién me hizo esto está manchado con mi sangre. Busquen en sus manos, busquen en su ropa´. Esos datos nos dio María Soledad. Y ella no tiene razón para mentir."
Con la cadencia de un himno sacro, el fiscal Gustavo Taranto pronunció estas palabras. Ya había extraído de su portafolios una foto en colores de la estudiante, tomada meses antes de morir. Vestía su uniforme marrón del Colegio del Carmen y San José y sonreía junto a tres compañeras.
Se hizo un silencio cargado de emotividad y entre los sollozos de algunas amigas de Ada Morales que estaban en las primeras filas, el fiscal pegó el retrato en la pared, a su espalda. El alma de la joven estudiante parecía haber inundado la sala.
Taranto había logrado con creces su doble objetivo: conmover al tribunal y resaltar las evidencias que se desprendieron de la autopsia.
A las 9.10 de ayer, el principal acusado había tomado un trago de agua con el que comenzó a digerir el alegato del fiscal. De traje azul, camisa blanca y corbata al tono, alternaba las frías miradas que le dirigía a su acusador, con rápidos apuntes que tomaba en un cuaderno.
Estaban a dos metros de distancia cuando Taranto, ocho horas después y sin dirigirle la vista, le puso nombre y apellido a esa persona que la retenía boca arriba y la obligaba a tragar su propia sangre: Guillermo Luque. Al acusado no se le movió un músculo de la cara y siguió con la vista al frente y sus manos cruzadas.
Su madre, sentada en la primera fila, escribía cada palabra de Taranto en un block de hojas amarillas. Sólo levantó la lapicera cuando el fiscal pidió 23 años de cárcel para su hijo.Comentaba al oído de su consuegra, Mirta Alubiza, y de su otra hija, María Alejandra, las duras acusaciones que les hacía el fiscal.
A dos metros de ellas, la esposa de Taranto, Martha Bronstein, seguía el alegato de su marido. Vino de Córdoba para escucharlo.
No hubo disturbios ni gritos, pero el presidente del tribunal Santiago Olmedo de Arzuaga había dispuesto, por primera vez en estos más de seis meses de juicio, que dos policías de la guardia de infantería con uniformes camuflados se pararan en cada punta del sector destinado al público para vigilar a los 25 integrantes asistentes al juicio.
Tuvieron poco trabajo, sólo hicieron valer su autoridad, con dos adolescentes que se sonrieron en la segunda fila y las echaron.
Víctor Pinto, abogado de Luque, siguió el alegato hasta el mediodía. Luego se reclinó en su silla y dormitó por momentos. Sólo se sonrió cuando escuchó la reconstrucción del crimen que hizo el fiscal. José Vega Aciar, su coequiper, tomaba nota y comentaba con el acusado.
Tula, un manojo de nervios
Junto a ellos, Luis Tula era un manojo de nervios contenidos. Un rictus en su rostro, a veces cabizbajo. Sólo levantó la vista cuando el fiscal, al final de su alegato lo acusó de haber traicionado a María Soledad al ponerla en manos de un grupo de perversos. Por eso lo acusó de ser partícipe necesario de la violación, aunque confesó no tener elementos para saber si Tula se representó que la iban a matar o a drogar.
Su abogado, Carlos Avellaneda, estaba al tope de su hipertensión, cuando escuchó que el pedido de condena para su cliente llegaba a los 10 años. Su hija y asistente lo calmó.
El fiscal alegó que la sanción contra Tula debía ser dura porque había quebrantado el bien jurídico tutelado por la ley que castiga la violación: el amor, según el funcionario.
Tula y su abogado mantuvieron las formas, aunque a la salida y frente a los micrófonos se quejaron con indignación.También, cuando en la vereda de enfrente del edificio del tribunal, unas 30 personas esperaban la salida del fiscal Taranto, héroe de la jornada.
"No tenemos miedo, no tenemos miedo", coreaba la gente, en su mayoría mujeres, acompañadas por una hermana del Colegio del Carmen y San José.
El fiscal tuvo que atravesar en taxi las cinco cuadras que separan su hotel de la sala de audiencias. Cuando llegó, la gente que lo había seguido coreaba su nombre.
Un caso que puso fin a las dinastías de poder
SAN FERNANDO DEL VALLE DE CATAMARCA (De nuestros enviados).- "En 1990 esta provincia era un feudo. Las familias del poder, los señores; los vasallos, el pueblo que ofrecía sumisión a cambio de prebendas.
"No hubo un señor feudal, pero de hecho hubo un grupo de poder con vasallos, parásitos del poder". Con esta dureza el fiscal Gustavo Taranto caracterizó la estructura social de Catamarca, telón de fondo del crimen de la adolescente María Soledad Morales.
El fiscal, oriundo de Córdoba, no titubeó cuando aseguró que este grupo de poder ofrece impunidad y genera temor, sólo quebrado por la espontánea reunión de 500 alumnas del Colegio del Carmen y San José, cuando decidieron comenzar las Marchas de Silencio que conmovieron al país.
Ese miedo, que para Taranto sólo se explica mediante la relación de poder, es el que dominó la declaración de más de 100 de los 370 testigos que declararon en el juicio.
"Los testigos venían acá y decían que tenían miedo como una obviedad. ¿Cómo puede ser que el 30 por ciento de los testigos tuviera miedo? "Sólo se entiende si nos ubicamos en Catamarca de 1990 y nos detenemos en el grupo social al que pertenecían los actores de este proceso", disparó.
Deslizando el apellido Saadi y Luque, Taranto señaló que los testigos mintieron o se desdijeron por ese temor que, a través de siete años, todavía tiene la fuerza suficiente para hacerse presente mediante una intimidación o una simple advertencia.
Recreó así la imagen de Guillermo Luque en una mesa del reservado de Clivus como un señor que pedía a sus vasallos que le trajeran mujeres como María Soledad.
Pero ese hijo del entonces diputado Angel Luque no sospechaba que su traspié iba a hacer caer el gobierno que garantizaba su poder.






