Máxima asistió ayer a la boda de su mejor amiga, Samantha
Fue en el Martindale; la princesa se molestó porque los vecinos sacaron fotos
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Pasaban los minutos y la novia no aparecía. La cita era a las seis en punto y los invitados habían comenzado a impacientarse cuando, una hora más tarde, Samantha Deane llegó a bordo de un espléndido Ford A descapotable, modelo 1929 , propiedad de un vecino que ayer hizo de chofer. Finalmente, con los acordes de "Pompa y Circunstancia" (de Edward Elgar) la mejor amiga de la princesa Máxima Zorreguieta ingresó muy emocionada en la capilla del club Martindale.
La tarde estaba perfecta y el escenario era inmejorable: afuera, fresnos amarillos y un roble en pleno otoño habían tejido una frágil alfombra de hojas doradas. Adentro, la iglesia Santa Margarita de Escocia desbordaba de bouquets armados con conejitos, lilium y rosas frescas. En el altar esperaba el prometido, el barón y empresario petrolero Frederik van Welderen. Dos chárters trasladaron a la comitiva de holandeses que llegó especialmente para acompañar a la feliz pareja.
Como no podía ser de otra manera, la boda provocó un pequeño revuelo entre los vecinos del country, que por unas horas, se convirtieron en auténticos paparazzi . Algunos guardaron una prudente distancia, pero otros sacaron del placard sus trapos de gala para colarse entre los invitados, pese a los codazos de los custodios. Es que todos querían ver de cerca a Máxima.
La princesa llegó pasadas las seis en un coche de la embajada de Holanda, sin su beba y del brazo de su esposo, el príncipe Guillermo. Estaba radiante, con un vestido de gasa en tonos tierra que llevaba la inconfundible firma de la diseñadora neoyorkina Donna Karan. Acompañó el desabrigado atuendo con una estola de seda verde seco y sandalias color cobre. Aunque su elegancia acaparó todas las miradas, no opacó a la protagonista de la noche, que sorprendió con un strapless en satén blanco, guantes hasta el codo, muy años cincuenta, y cola con apliques de encaje negro.
La ceremonia fue breve, en tres idiomas y con el Ave María incluido. Y hasta hubo un toque de humor cuando durante la bendición de las alianzas comenzó a sonar un celular, y cuando durante su sermón el sacerdote aprovechó para contar que él también tenía una parienta casada con un holandés. Máxima desparramó sonrisas, cuchicheó con su esposo y no disimuló la emoción. Tampoco el fastidio, al ver que los curiosos sacaron sus cámaras de fotos y le dispararon sin ningún tipo de pudor durante el saludo de los novios en el atrio. "No entiendo por qué lo hacen", dijo sin perder la compostura y mientras se dirigía hacia el club house acompañada por la hermana de Samantha.
"Es altísima y muy linda", acotó una de las vecinas que había pasado la tarde pispando los preparativos en el salón de fiestas, donde anoche hubo cena y baile para 200 personas. La entrada de la casona de estilo inglés estaba iluminada con velas, y una carpa blanca montada al costado hizo las veces de pista de baile porque el espacio no es demasiado grande. Los arreglos florales de las mesas eran una delicadeza: uvas blancas, rosas y alcauciles.
No trascendió cuál fue el menú elegido para la ocasión, pero se supo que el servicio de catering estuvo a cargo de la tía de la novia, que además vive en el country.
De compras y sin Amalia
En la mañana de ayer, Máxima aprovechó para ir de compras con su madre, Carmen Cerruti, con quien se encontró aproximadamente a las 11 en la puerta del shopping Patio Bullrich. En una tienda de ropa para niños eligió dos cardigans, un suéter de lana y una camperita de jean para su beba Amalia, que había quedado al cuidado del príncipe Guillermo. Rápidas de reflejo, las empleadas de la casa donde efectuó la compra le obsequiaron dos prendas cuyo valor ronda los 500 pesos. Luego se detuvo ante la vidriera de un local de artesanías. Algunos cholulos no aguantaron y se acercaron a pedir autógrafos. Ella se negó con una sonrisa y salió en busca del Mercedes-Benz gris plata de la embajada holandesa, que la esperaba en la entrada y que la trasladó a otro exclusivo paseo de compras, el Versailles Palace, en avenida Alvear.
Más tarde, junto a un grupo de amigos, recorrió la muestra de arte dadá y surrealismo en el Museo de Arte Latinoamericano de Buenos Aires (Malba) y almorzó en el restaurante del lugar. Máxima, que tras dar a luz recuperó su figura, comió tagliolini con espinacas saltadas y piñones. A la hora del postre rompió la dieta y pidió creme brulée.






