
"Me desquité con una criatura que no tenía nada que ver"
Tejerina hizo confesiones desde la celda
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"Una noche, en el baile, esta chica me dice: «Pero Romina, vos estás más gorda». Porque a mí no se me notaba la panza, pero la espalda sí: la tenía como más ancha. Y ahí le conté. Ella me dijo: «Metete una sonda; metete perejil; tomá agua con laurel; pegate la panza», y yo le decía: «Ni loca. Me da miedo». Y fui a varios médicos para que me sacaran la beba. Yo les contaba que me habían violado, pero todos me querían cobrar trescientos pesos. Así que yo me ponía la faja y hacía la vida así, como normal, ¿no? Y no se me notaba, porque yo pesaba como 46 kilos." Así describió Romina Tejerina el comienzo de una historia que la tiene por protagonista y que hoy reaviva un debate polémico.
Las declaraciones pertenecen a una entrevista concedida a la revista Rolling Stone en noviembre de 2004, cuando la joven, hoy de 21 años, permanecía detenida en el penal de mujeres Alto Comedero, de San Salvador de Jujuy.
"Todo me aterraba. Tenía momentos de llorar sola y me ponía como loca. La pegaba a mi hermana, lo pegaba al novio de mi hermana, la pegaba a mi amiga, pero también me iba al baile y me iba al gimnasio. ¡Todo junto! ¡Si levantaba más peso que la Mirta [N. de la R.: la hermana mayor, Mirta Tejerina] en el gimnasio!" Con respecto al parto y a lo que sucedió después, la joven sólo dijo: "Me acuerdo del llanto de la beba y después, lo seguido que me acuerdo, es el hospital y una mancha roja. Y ahora también otra cosa. Cuando escucho los gatos en celo, se me viene a la cabeza la beba, ese llanto. Me hace daño eso".
En una entrevista posterior, concedida al diario Página 12, Tejerina se refirió a la culpa que le generaba el recuerdo del crimen que había cometido. "¿Culpa? Claro que sí, porque yo sé que me desquité con una criatura que no tenía nada que ver, pero si hubiera crecido, no sé, la hubiera rechazado también. Yo estaba en shock. Ahí mismo, en el baño, se me cruzó la imagen de él. El me tenía como encerrada, porque cada vez que salía, lo veía y se me reía, me burlaba. Yo ya no era la misma. Si siempre fui de hablar mucho y en ese tiempo estaba muda; me quería morir."
"Se me juntaban las amenazas del violador con las de mi viejito, que siempre me decía que era una puta, que si llegaba embarazada, le iba a dar un infarto. Porque ellos son así, chapados a la antigua. Yo no tenía confianza ni con la mami ni con el papi. Si algo quisiera cambiar, sería eso: tener confianza para poder hablar con ellos en vez de andar siempre con miedo", explicó Romina.
Dijo que en el barrio se sintió más encerrada que nunca y que no recuerda bien lo que sucedió después de que mató a su hija, hasta que llegó al hospital Guillermo Paterson de San Pedro y escuchó a los médicos reprocharle el crimen que había cometido.
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