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El cabezazo de Alexis Mac Allister que abrió el marcador para la Argentina frente a Suiza y desató la euforia de los hinchas fue uno de esos gestos técnicos que forman parte de la esencia del fútbol. Sin embargo, detrás de una acción repetida millones de veces en canchas de todo el mundo existe una pregunta que desde hace años inquieta a médicos e investigadores: qué efectos pueden tener sobre el cerebro décadas de impactos repetidos en la cabeza. Un estudio presentado recientemente por científicos del Imperial College London aporta nuevas pistas para intentar responderla.

El trabajo, expuesto en la Conferencia Internacional de la Asociación de Alzheimer (AAIC), incluyó a 142 exfutbolistas profesionales de entre 30 y 60 años y los comparó con 56 personas sin antecedentes de deportes de contacto, conmociones cerebrales o servicio militar. Los investigadores analizaron pruebas cognitivas, cuestionarios y resonancias magnéticas cerebrales para buscar posibles diferencias entre ambos grupos.
Los resultados mostraron que los exjugadores presentaban mayores niveles de ansiedad y depresión y cambios estructurales en determinadas regiones cerebrales. Sin embargo, no evidenciaron un deterioro cognitivo objetivo ni una relación directa con la enfermedad de Alzheimer o con otras formas de demencia. El hallazgo contrasta con investigaciones previas realizadas en deportistas expuestos a impactos repetidos en la cabeza, incluidos jugadores de rugby, fútbol americano y boxeadores, donde distintas investigaciones identificaron asociaciones con enfermedades neurodegenerativas.
“Estos hallazgos sugieren que puede haber efectos medibles sobre la salud cerebral en exfutbolistas de élite incluso durante la mediana edad, antes de que aparezcan enfermedades neurodegenerativas clínicamente evidentes”, afirmó Caleigh Grace Lynch, autora principal del trabajo e investigadora del Imperial College London, durante la presentación del estudio.
La investigación forma parte de un creciente esfuerzo científico por determinar si los impactos repetitivos en la cabeza, incluidos los cabezazos, pueden convertirse en un factor de riesgo modificable para enfermedades neurodegenerativas, de manera similar a como hoy se consideran la hipertensión arterial o el colesterol elevado.
“El campo está adoptando una visión más integral de la salud cerebral y del riesgo de demencia”, explicó Thomas Parker, neurólogo consultor del Imperial College London y uno de los investigadores del estudio, en declaraciones a Reuters.
Para evaluar a los participantes, el equipo combinó cuestionarios sobre salud mental y síntomas neurológicos, pruebas de memoria y pensamiento, y resonancias magnéticas estructurales. Estas últimas fueron realizadas en un subgrupo formado por 124 exfutbolistas y 40 personas del grupo de control.
Una de las principales conclusiones fue que los exjugadores obtuvieron resultados similares a los esperados para su edad en los exámenes cognitivos. Tras ajustar los datos por variables como edad y nivel educativo, no surgieron diferencias significativas frente a las personas que nunca habían practicado deportes de contacto.
No ocurrió lo mismo con la salud mental.
El 31% de los exfutbolistas alcanzó valores compatibles con depresión clínica, frente al 9% del grupo control. En tanto, el 42% presentó niveles de ansiedad considerados clínicamente relevantes, contra el 25% de quienes integraban el grupo de comparación.
Las resonancias magnéticas también revelaron diferencias.
Como grupo, los exjugadores mostraban menos volumen de materia gris en regiones relacionadas con la memoria y la regulación de las emociones. La materia gris contiene la mayoría de las neuronas del cerebro y participa en funciones como el procesamiento de la información, el aprendizaje, la memoria y la toma de decisiones.
Sin embargo, los investigadores observaron que la gran mayoría de los participantes no presentaba signos de una neurodegeneración activa.
Solo alrededor del 2% de los exfutbolistas mostró reducciones marcadas del volumen cerebral, compatibles con procesos neurodegenerativos progresivos.
Según los autores, estos hallazgos deben interpretarse con cautela porque no permiten establecer qué ocurrirá con esos jugadores a medida que envejezcan.
De hecho, uno de los aspectos más llamativos del estudio es precisamente lo que no encontró: los exfutbolistas no mostraron un peor desempeño en las pruebas objetivas de memoria, atención o pensamiento.
Por eso los investigadores consideran que el seguimiento a largo plazo será fundamental. El proyecto fue concebido como una investigación longitudinal y prevé volver a evaluar a los participantes cada dos años para determinar si esos cambios en determinadas regiones del cerebro permanecen estables o evolucionan con el tiempo.
La pregunta cobra especial relevancia porque gran parte de la evidencia disponible hasta ahora sobre daño cerebral asociado al deporte proviene de estudios realizados después de la muerte o de revisiones retrospectivas de historias clínicas.
En particular, muchas investigaciones se concentraron en la Encefalopatía Traumática Crónica (ETC), una enfermedad neurodegenerativa asociada a traumatismos repetidos en la cabeza y que actualmente solo puede diagnosticarse de forma definitiva mediante análisis post mortem.
Los resultados también coinciden con estudios previos del mismo equipo. En 2025, los investigadores evaluaron a unos 200 exjugadores de rugby y encontraron un patrón similar: reducciones de materia gris y mayores niveles de ansiedad, aunque sin alteraciones cognitivas objetivas.
“Estamos en una etapa muy temprana de trasladar estos hallazgos a la predicción del riesgo individual”, señaló Parker a Reuters.
Con información de la agencia Reuters.



