
Música y color en el cielo porteño
Más de 70.000 personas se movieron por el Centro para escuchar la melodía que emitían los carillones de 10 edificios.
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Casi 90 músicos atados a un reloj durante 52 minutos. Más de 70.000 personas que recorrían una platea de 24 manzanas o simplemente permanecían de pie, sin saber dónde mirar. El director de la orquesta caminaba por las calles con un cronómetro como toda batuta. Escenas de un concierto para armar: el que vivió anoche BuenosAires para despedir 1998. Fue la primera vez que se escuchó aquí una función musical múltiple de campanas, a cargo del director catalán Llorenc Barber, que recibirá el 2000 con otro concierto similar, en Roma.
Uno, dos y tres fueron las bombas de estruendo que estallaron, a las 22.5, desde el edificio de la Municipalidad para dar inicio al concierto. Esos estallidos permitieron que los 88 músicos, repartidos en 10 campanarios del centro de la ciudad, sincronizaran sus relojes. Para poder interpretar en forma encadenada y sin equivocaciones debieron tirar de la cuerda en el segundo exacto indicado en la partitura, sin escuchar a sus compañeros de orquesta.
El catalán Llorenc Barber compuso "Será Buenos Aires" y regaló la partitura al jefe de gobierno, Fernando de la Rúa, antes de ser ejecutada. "Yo lo llamo un concierto de ciudad, que va a sacar la memoria íntima de que duerme en el sonar de las campanas. No es musiquita navideña. Requiere el esfuerzo y el valor de los músicos que, a puro músculo, movieron los pesados bronces", afirmó el compositor, que encabezó propuestas similares en otra decena de ciudades.
Sorpresa y fascinación
Esta vez no hubo sillas de plástico ni plateas VIP. Las recomendaciones de Barber para los espectadores fueron bien claras: "Tendrán que permanecer en silencio. Los que quieran disfrutar al máximo tendrán que caminar; cada uno podrá ser artífice de su propio concierto". Algunos le hicieron caso, pero la mayoría del público se concentró en la Plaza de Mayo, que estuvo colmada de gente con la vista puesta en el cielo. Apenas empezaron a sonar las campanas el público se autoimpuso silencio. A quien intentara hablar, lo hacían callar.
Según la policía, la cantidad de espectadores ascendió a 70.000, aunque fuentes del Gobierno de la Ciudad, que organizó el show, estimaron que la concurrencia superó las 100.000 personas.
"Es imponente -resumió Horacio Silva, de 66 años, que concurrió al espectáculo con su nieto, de cuatro-. El nene tiene fascinación por las cúpulas y siempre pregunta qué hay en ellas. Hoy está chocho."
Carla Pereira, de 35 años, no salía de su asombro: "Esto es una locura, pero te termina hipnotizando", comentó.
Para que el sonido de los bronces no se perdiera entre los bocinazos y motores de colectivos, se cortó el tránsito entre las calles Venezuela, Piedras, Esmeralda, Sarmiento y las avenidas Leandro N. Alem y Paseo Colón. Los campanarios elegidos fueron el del palacio del ex Concejo Deliberante, el Cabildo, la Catedral, la Municipalidad, la Casa de la Cultura, el edificio Siemens, la basílica de Nuestra Señora de la Merced y las iglesias de San Ignacio, San Francisco y Santo Domingo.
Un director en cada una de las torres condujo a los músicos, que interpretaron la partitura, atados con arneses, para seguridad. Se requerían expertos: según la fuerza con que se jala la soga la campana emite distintos matices. Entre los artistas que movieron los badajos estuvo Pedro Aznar, ex bajista de Serú Girán. Barber siguió el concierto desde la calle.
Cada tanto, una bomba de estruendo explotaba en el cielo porteño, acompasada con el tañido de las campanas. Con el correr de los minutos, los espectadores comenzaron a moverse más por las calles y el silencio casi reverencial del principio se quebró.
Arte e ingeniería se combinaron en un espectáculo que al mismo tiempo hechizó y confundió a la gente. "Vine a buscar una sensación, un estado de ánimo, pero no terminé de entenderlo", explicó Natalia, de 25 años. "Parece algo muy contemporáneo y atrapante", opinó Pedro, de 45.
Al final volvieron los estruendos. Los fuegos artificiales llenaron el cielo y acompañaron la desconcentración de los espectadores, que pese a lo extraño de la propuesta despidieron con una ovación a unos músicos que nunca vieron.
Como dijo Barber, fue mucho más que un simple ¡din don!
Instrumentos con sonido de dos por cuatro
Alguna vez, Carlos Gardel cantó: "Yo no sé por qué (...) encontré/, carillón (...) / que está en la Merced/ en tu son (...) / la voz de mi andar / de viajero incurable / que quiere olvidar". Esas mismas campanas de la basílica de la Merced sonaron anoche durante el inusual concierto con que la ciudad despidió el año en los alrededores de la Plaza de Mayo. Instrumentos que atesoran valiosas anécdotas porteñas.
Alfredo Martínez se presenta como "organista y organero", profesión que heredó de su padre, Jacinto. "Mi viejo siempre que terminaba de tocar el órgano en La Merced nos contaba que veía a un señor bajito y flaquito que escribía versos en un cuaderno y le decía que estaba componiendo un tango", relata. El señor bajito y flaquito resultó ser Enrique Santos Discépolo, y los versos del cuaderno eran los del tango "Carillón de La Merced", que luego inmortalizó El Morocho del Abasto. Corría el año 1932.
Ese carillón tiene las primeras 19 campanas importadas desde Europa. En él, hace más de 70 años, don Jacinto Martínez hizo sonar el Himno Nacional Argentino. El campanario tiene una octava y media, escala cromática que permite interpretar piezas de alta complejidad. Costó 10.000 pesos de los de aquella época.
Veinte veces más caro salió construir el campanario del palacio del ex Concejo Deliberante. Son 30 campanas del carillón y cuatro del reloj. La más grande pesa 4300 kilogramos. En su edición del lunes 24 de abril de 1933, La Nación dedicó una página para describir las dificultades que mostraba el campanario del Concejo para funcionar. Los bronces debieron ser colgados 20 metros más abajo porque el sonido no llegaba a la calle.
En aquel artículo, el músico belga Jean Pallemaerts explicaba la sufrida tarea del ejecutante: "Toca semidesnudo y después de cada concierto, agotado por el esfuerzo cumplido, tras enjugarse la abundante transpiración, debe darse una fricción de alcohol antes de descender los 250 escalones de la estrecha escalera que lleva al carillón". Los músicos que ejecutaron anoche en 10 campanarios del centro porteño no usaron alcohol; estuvieron asegurados con arneses y subieron a los atalayas en ascensores.
No sólo vibraron campanas. Por tercera vez en la historia sonó la alarma del viejo edificio de La Prensa, donde hoy funciona la Casa de la Cultura del Gobierno de la Ciudad. En 1945 fue activada por primera vez para celebrar la noticia del fin de la Segunda Guerra Mundial. Diez años más tarde, los porteños volvieron a escuchar ese sonido: el gobierno de Juan Domingo Perón había sido derrocado por un golpe militar.
"Mi vieja confidencia / te dejo carillón / se queda en tu tañir / y al volver a partir / me llevo tu emoción / como un adiós." Anoche, las campanas de Gardel volvieron a emocionar. Es cierto, 70 años no es nada.



