Patagones intenta sanar sus heridas
El incidente dejó secuelas graves; jóvenes y educadores buscan respuestas en común
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CARMEN DE PATAGONES.- Sobre la tumba, donde hay tres ramos de claveles, Berta Meliqueo de Miranda llora. No tiene consuelo. "Nadie me la va a devolver, esto no tiene solución", murmura, como buscando una respuesta que le rehúye.
Hace un mes, su nieta Evangelina, junto con otros dos chicos, en la Escuela Media N° 2 Islas Malvinas, murió bajo las balas disparadas por un compañero de primer año. De 64 años, esta mujer inválida, que tuvo que criar a Evangelina y a las dos hermanas, huérfanas de padre y abandonadas por su madre, sufre en silencio. Como casi todos aquí.
"Estamos destruidos, esto nos partió el corazón a nosotros y a todos; nuestra comunidad está rota, quebrada, llena de grietas, estamos mal, pero muy mal", enfatizó Tomás Ponce, el padre de Federico, otro de los chicos muertos.
Con una misa y una marcha al río con velas, familiares de las víctimas y la comunidad toda de esta ciudad, a unos 1000 kilómetros al sur de la Capital, recordarán lo ocurrido en la escuela en la que murió, además de Federico y Evangelina, Sandra Núñez. Aquella mañana -el 28 de septiembre último- cuando Junior, de 15 años, disparó, de pie frente a sus compañeros de primero B, el arma reglamentaria que le había quitado a su padre, un suboficial de Prefectura Naval, también hirió a otros cinco chicos. E inauguró un capítulo sobre las masacres escolares en el país.
El hecho, que enlutó a este pueblo de 28 mil habitantes, dejó secuelas difíciles de borrar. "Tenemos que conseguir rescatar un aprendizaje de esta tragedia que nos dejó una profunda herida: todos somos un poco responsables de lo que ocurre a nuestro alrededor", reflexionó el párroco Emilio Barasich, que hoy presidirá la misa.
Para Barasich, "la lección debe servirnos para trabajar en la prevención". Y agregó: "Los educadores, los padres, todos tenemos que estar siempre presentes con los chicos".
"Yo me acuerdo de todos los detalles", dijo Natalia Salomón, que resultó herida. "Estaba de espaldas al pizarrón y, en eso, sentí como un fuego en el brazo y se me nubló la vista", rememoró.
"Lo que pasó ya está, ahora hay que seguir para adelante", sostuvo Pablo Saldías, que fue el más grave de los alumnos heridos. Pablo, que prefiere no hablar de aquel día, recibe clases en su casa, ya que aún debe guardar reposo.
Miedos, fobias, trastornos en el sueño, retracciones son algunos de los síntomas detectados por los equipos de psicólogos en chicos, padres y docentes del colegio. En la escuela, cuatro docentes, incluida la regente, pidieron licencia tras la tragedia. La Dirección General de Cultura y Educación tuvo que reforzar el plantel de profesores.
A medida que pasaban los días, los padres comenzaron a presionar para que Dante, el mejor amigo de Junior, se alejara del grupo. Sospechaban que sabía de antemano lo que ocurriría. Hasta llegaron a plantear que varios de los chicos dejarían de asistir a clases si no abandonaba la escuela. Al fin, Dante se terminó yendo de la ciudad, agobiado por las presiones.
"Todavía todo está muy caliente, es muy doloroso, pero estamos evolucionando, poco a poco", dijo el intendente local, Ricardo Curetti, quien reconoció la necesidad de trabajar más en actividades para jóvenes.
Con el tiempo, Daniel Leonardi, papá de Nicolás, otro de los heridos en el aula, pudo ensayar una respuesta a esa pregunta que aquí se hacen todos y que busca las razones de la masacre: "Los mató porque ellos eran felices. Algo que él no podía conseguir".





