
Pedro Emilio Spinelli: un periodista afable y apasionado del lenguaje puro
Murió en Bella Vista, el domingo 30 de agosto, Pedro Emilio Spinelli. Se había retirado de LA NACION hacía un cuarto de siglo, lo cual es un dato biográfico; también una manera de anticipar que en la Redacción, que había integrado por más de cuarenta años, sólo pocos podían ahora recordar, por vivencias directas, la afabilidad excepcional de su personalidad y el rigor con el cual se había entregado aquí a las tareas periodísticas.
La vida de "Pedrito" Spinelli, como con cariño se lo mentaba, concluyó a los 93 años. Había sido por décadas uno de los periodistas más populares entre colegas y funcionarios destacados en la Casa Rosada. Era un católico liberal y republicano, un defensor entusiasta de los valores de la familia y del matrimonio, que en su caso se prolongó por 64 años. Estaba casado con Martha Errecalde.
Los siete años de seminario salesiano al que se había entregado en Bernal no lograron prepararlo para el sacerdocio eclesiástico, pero sí para una santidad laica y cívica. Eso informa sobre las razones por las cuales en este diario se lo caracterizaba como uno de los mejores entre los nuestros. Disponía de la sólida formación académica de quien se halla preparado para enseñar tanto la lengua castellana como el latín. Impartió esta última disciplina en la Escuela de Cultura General Femenina. Estuvo asociado a la docencia en institutos de tradición salesiana, como el Pío IX y el San Francisco de Sales. Dictó Técnica Periodística en el Instituto Grafotécnico.
Poco después de ingresar en LA NACION, en 1941, Spinelli fue corrector de pruebas. Se empleaba con tal obsesión en defensa de la puridad de un lenguaje desprovisto de imprecisiones y ripios, que mantuvo hasta el final el hábito de leer el diario con marcadores de diferentes colores, como si fuera irrenunciable el deber pedagógico de señalar los aciertos y errores que emergen en los textos a la vista. Ya postrado, fiel a su carácter, cada vez que las emisoras entraban, en abuso gubernamental de los instrumentos del Estado, en cadena oficial, ordenaba que le apagaran la radio.
Otro lector, otros tiempos tan distantes del hoy, como aquellos en que el viejo periodista podía abordar, en cumplimiento de la misión de informar sobre los asuntos públicos, a cuanto visitante concurriera al despacho presidencial del doctor Arturo Frondizi, pues el primer piso de la Casa Rosada, ocupado por el jefe del Estado, se hallaba sin restricciones abierto a la prensa. Esa inmediatez con el ajetreo efervescente de un palacio con reuniones periódicas de gabinete, y la planta baja como asiento de un ministro del Interior de las altas calidades de Alfredo Vítolo, se agotaría años más tarde.
Hasta entonces, el número de periodistas en condiciones de congregarse a diario en la Casa Rosada representaba no mucho más que a un puñado de diarios nacionales y algunas agencias noticiosas: los micrófonos radiales y las cámaras de televisión, y los profesionales que por lo tanto se movilizan para activarlos, no conformaban aún el fenómeno rumoroso que ha otorgado desde hace medio siglo una nueva dimensión e identidad a la misión de informar de las actividades oficiales.
Había nacido en Buenos Aires el primero de julio de 1921.







