
Peluquerías con tragos, cine e Internet
El cuidado del cabello y la manicuría conviven hoy con expresiones del arte y espacios recreativos
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Una chaise longue tapizada en cuerina naranja, obras de arte en las paredes, una lámpara psicodélica y una mesita ratona cubierta de revistas Rolling Stone, Wall Paper, Summa y Tank, mezcladas con libros de poesía de Oliverio Girondo.
En la barra de tragos el barman apura un Margarita, mientras una pantalla gigante proyecta videoclips de Oasis y Ryuichi Sakamoto. El DJ sube el volumen de la música y el local se va llenando de chicos y chicas con looks muy trabajados. ¿Es un pub, un club? No, una peluquería siglo XXI.
A la vuelta del milenio, los salones de belleza tradicionales están cambiando de aspecto. Ese típico refugio femenino con olor a spray donde las señoras devoran revistas de chismes con la cabeza dentro de un viejo armatoste llamado secador está perdiendo puntos en favor de otro tipo de espacio donde el peinado es parte de un concepto mucho más abarcador.
En los últimos dos años, frente a este modelo de peluquerías de barrio y aquellas de cadena renombrada, donde la atención es exprés y los precios suelen andar por las nubes, ha surgido una saludable oferta de locales alternativos cuyo perfil es el de un lugar de encuentro para la gente joven. Sólo en Barrio Norte hay casi una decena, y no existe vecino que no se detenga ante la vidriera para adivinar si se trata de una tienda de muebles, de un bar o qué.
Manos de tijera
Ambientadas con música chill-out y decoradas como revistas de interiores, las peluquerías modernas ofrecen muestras de pinturas, venta de ropa de diseñadores, conexiones a Internet, proyectan películas, contratan disc jokeys y, después de las 20, se convierten en bares con happy hour y desfile de modas incluidos.
Y a la hora de poner la cabeza en la picota, la clientela lo hace sin temor. Los nuevos coiffeurs conciben el oficio como un desprendimiento de otras estéticas, como la música, la plástica, la arquitectura, el diseño.
"Lo que cambió es el concepto, ahora el corte de pelo es un valor agregado", dice Pablo Vía Vargas, de 29 años, propietario de Club Creativo y Glam, dos botones de muestra de esta tendencia.
Vía Vargas heredó la vocación de su padre, que en los ratos libres atiende un salón masculino llamado Fígaro, en Longchamps.
Después de podar la cabeza a sus compañeros de primaria con la tijerita de cortar papel glacé, inició una carrera meteórica. Durante diez años trabajó en los salones más conocidos de la ciudad, hasta que se fue a Londres a estudiar en la escuela Toni&Guy. Ahorró dinero y, hace un año, montó el negocio propio, donde se da el gusto de desarrollar su estilo inspirado en la música inglesa. En su salón predomina la onda recién me levanto (léase, melenas desprolijas), pero también hay flequillos, puntas de colores, raíces crecidas sin teñir, y tonos que van del rosa pálido al naranja, mezclas inventadas por el equipo de coloristas.
Es larga la lista de famosos que se entregan sin chistar a las manos de Vía Vargas: el modelo Tomy Dunster, Inés Peralta Ramos, Andy Kutnesoff y Juan Castro, entre otros. "Hoy el peluquero es alguien exquisito, cultivado e informado. Acá los clientes son mis invitados, y espero que la gente empiece a comprender que el corte de pelo no sale de un catálogo, sino que es un reflejo del punto de vista, la forma de vivir y los intereses de cada uno."
El fenómeno en cifras
Los grandes laboratorios franceses de productos capilares que lideran el mercado calculan que, en el mundo, hay una peluquería por cada 1500 habitantes. En Buenos Aires, la Dirección de Habilitaciones y Verificaciones del gobierno local habilitó -desde 1981 hasta la fecha- 3154 peluquerías y 5676 salones de belleza.
Esos números hoy son relativos, pues cuando el negocio cierra no se asienta en ningún registro. No obstante, según esta dependencia, en lo que va de 2003 se inauguraron en la ciudad 36 peluquerías y barberías, y 62 salones de belleza.
Los indicadores son positivos para el sector, teniendo en cuenta que en plena crisis económica de 2001 abrieron sus puertas 151 locales. La tendencia apenas decayó en 2002, cuando se contabilizaron 108 aperturas.
Un pionero de la antipeluquería es Andrea Meggetto. Hace cinco años abrió dos salones en Mar del Plata, y entre las rarezas que lo distinguen vale mencionar el uniforme de los empleados varones que usan una excéntrica pollera.
Pero a ese perfil tan avant garde se suma la veta solidaria. En mayo último, por ejemplo, con el lema "un corte por un producto no perecedero", organizaron una maratón para ayudar a los inundados de Santa Fe. Unos 1500 cortes permitieron reunir 55 camas y colchones, ropa, zapatos y alimentos, luego fletados en un camión que Andrea pagó de su bolsillo.
Pero, en rigor, la revolución empezó hace diez años en Caballito, cuando Oscar Fernández y Horacio Cabrera inauguraron Roho. El sello de este espacio pintado de rojo y que respira rock es la creatividad. Cuando unos van con la cresta a lo Bon Jovi, en Roho apuestan a formas depuradas y geométricas, tipo Mary Quant.
Desde directores de cine como Fogwill y músicos de la talla de Babasónicos y Gustavo Cerati hasta abuelas de 80 años buscan el ansiado toque personal sin miedo al tijeretazo de estos noveles artistas. Total, el pelo crece.
Direcciones
Glam: Quintana 218.
Roho: pasaje Indonesia 65.
Club Creativo: Montevideo 1161.
La lúdica: Soler 4502.
Barcelona: Peña 2128.
Nuevo Club Buenos Aires: M. T. de Alvear 1217.
Vol. 3: Paraná 1163.
Taller Urbano: Paraná 1165.
Impagliazzo & Lamensa: J. E. Uriburu 1628.
Meggetto: Güemes 3025 y Alem 3429, Mar del Plata.



