Perdió a su madre por Covid-19 y es voluntario para probar la vacuna en la Argentina

Para participar de los ensayos se inscribieron 18.000 voluntarios y de ellos se hizo una selección
Para participar de los ensayos se inscribieron 18.000 voluntarios y de ellos se hizo una selección Crédito: Agencia SINC
Martín De Ambrosio
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4 de agosto de 2020  • 16:04

"No pongas mi nombre verdadero porque no quiero que me saquen del estudio".

Ernesto es licenciado en química y sabe perfectamente que los ensayos clínicos deben manejarse con estricta confidencialidad para garantizar, entre otras cosas, el anonimato de sus participantes. Por eso este voluntario para probar la primera vacuna contra el Covid-19 que se ensayará en la Argentina pide que no se diga su nombre, ni su principal ocupación.

Ernesto también sabe que el hecho de haberse sumado a los ensayos no le garantiza que en efecto reciba la sustancia a probar: hay una chance sobre dos de que no reciba la inmunización y que quede en la categoría "placebo", que en los estudios funciona como grupo control. Este último ítem es algo indispensable en los estudios científicos para nuevos medicamentos (y es ciertamente lo que los distingue de los preparados que se promocionan como milagrosos): tener una correlación estadística y poder hacer la inferencia de que lo que efectivamente previno la enfermedad o la curó, en el caso de tratarse de medicamentos, fue lo que se estaba probando y no otra situación azarosa cualquiera. Y por eso también la magnitud del ensayo en la fase III y última para las vacunas: ver reacciones en cuanto a seguridad y eficacia en varios miles de casos en distinta condición personal, geográfica y social.

Apenas unos pocos días después de que se dio a conocer que se probaría una de las vacunas contra el Covid en la Argentina, Ernesto le escribió a una de las fundaciones que trabaja en el tema y dejó sus datos, pero con pocas esperanzas de que le respondieran. Tanto que, cuando recibió el mail en el que decían que había sido elegido entre 18.000 postulantes, pensó que había habido un error y hasta llamó a una de las empresas de logística que se ocupan del traslado de los voluntarios para chequear que no hubiera un error, o acaso alguna trampa. Fue el comienzo de una larga relación.

"En una de las llamadas que me hicieron tuvimos una charla de 20 minutos con detalles técnicos. Yo trabajo en área de salud, así que todo lo que me contaban ya lo sabía: que el ensayo era doble ciego (tampoco el personal médico sabe si el paciente recibe placebo), me contaron de moléculas y anticuerpos y otros detalles", dijo Ernesto en diálogo con LA NACION.

También le explicaron que debía darse dos dosis y que la primera sería la semana próxima, y que un día antes lo llamarían para ver si no había un arrepentimiento de último momento. "Me dijeron que me vendría a buscar un auto de un servicio de remises con una aplicación y me llevarían al hospital donde se hace la vacunación", agregó.

Lo que lo sorprendió fue el hecho de que le harían un seguimiento posterior durante dos años: "¿Dos años?, les dije, ¿cómo es, no se supone que va a salir antes?", se asustó, hasta que advirtió que se trata de seguimientos del estado de salud general del voluntario que se hacen más allá de si resultó aprobada o no la vacuna y se inmunizó a gran escala.

Cuestión de confianza

¿Por qué una persona sana, de poco más de 50, entrenado y habitué de gimnasios, decide inyectarse una sustancia en estadio de prueba? Ernesto no duda. Por un lado, la confianza tanto en la compañía norteamericana que desarrolló la vacuna (Pfizer, en conjunto con la alemana BioNTech) como en los científicos argentinos, que le "dan tranquilidad".

"[Por otro lado], como químico sé lo que significar buscar un medicamento o vacuna, y entiendo qué me van a inyectar, no es cianuro sino una parte de los genes del virus que se obtuvo a partir de la codificación del propio virus; o una solución fisiológica si me toca placebo".

Además de la voluntad de ayudar a la ciencia, Ernesto tiene una fuerte motivación personal extra: su madre murió por coronavirus hace tres semanas, a los 78 años. No la pudo despedir, ni ver en los últimos meses."Así que es mi manera de ayudar, un aporte para terminar con esto. Ella tenía patologías de base y ya estaba en una residencia; pero hay que ayudar entre todos a parar esta pesadilla", concluye.

La vacuna, que se probará en Ernesto y otros miles de argentinos, brasileños, norteamericanos y alemanes, tiene por nombre técnico BNT162 y es una del puñado de cinco o seis más adelantadas. Es un desarrollo conjunto de la empresa norteamericana Pfizer y la alemana BioNTech, que desde hace un par de año trabajan asociadas en proyectos por los que les resultó natural continuar la asociación para la que posiblemente se transforme en la vacuna más ansiada de la historia.

La tecnología a usar es de ARN mensajero, donde una porción de la información genética del virus se utiliza para generar la respuesta inmune en el organismo. Es una plataforma que tiene ventajas para la creación de millones de dosis con cierto grado de velocidad, pero que no se ha utilizado previamente, pese a que la propia BioNTech tiene desarrollos concluidos en vacunas oncológicas. El anuncio del ensayo argentino se había hecho el 10 de julio, antes de que tuviera aprobación del Anmat, que regula procedimientos y medicamentos, y lo llevarán a cabo las multinacionales farmacéuticas en asociación con investigadores argentinos de la Fundación Infant y el Hospital Militar Central.

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