Pilar Bellido y Claudina Marcial: evangelizadoras de la enseñanza

Maestras Tucumanas, viajaron 12 horas a caballo, en condiciones inhóspitas, para tomar las últimas pruebas aprender en una escuela 1800 metros de altura
Luisa Del Valle Rodríguez
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15 de diciembre de 2017  

Crédito: Fotos de archivo y Ministerio de Educación

Amis 77 años, miro hacia atrás y me veo cuando, a los 42, montaba en esas enormes bestias que me transportaban junto a mi pequeño hijo de 2 años y Susana, mi hija recién iniciada en su carrera docente. Llevábamos una enorme carga de sueños y conocimientos, para ofrecérselos a niños que vivían en lejanas comunidades -según dicen los poetas- como pájaros ciegos que no pueden levantar vuelo. Ahí llega el maestro rural para inaugurar horizontes de saber y garabatos de letras.

Hago una breve referencia a estos hechos porque yo estuve allí, no me lo han contado, sé lo que es subir temblando a ese caballo, con el miedo de quedar a merced de esa enorme fuerza que supera las propias. La fuerza animal es independiente y al instante la noble bestia ya percibe si el jinete es hábil para dominarla. Sobre la montura, hay que atravesar niebla, selva y abismos; hay que soportar frío, fuertes tormentas e implacables nevadas, y hasta a veces el garrotillo que congela el cuerpo hasta las lágrimas.

Esa sensación de impotencia y debilidad te hace abrazar con fuerza y decisión ese puñado de papeles que llevás apretados junto a tu corazón; cuando se llega a destino, están húmedos de lluvia y sudor, huelen a caballo.

Estas maestras, por lo general anónimas, vencen todos los temores, jamás decaen. Nadie sabe lo que deben superar jornada tras jornada, apenas apoyadas en el propio coraje y en el amor invencible, para llegar a esas escuelitas frías y húmedas donde tan sólo arribar encienden un fuego sagrado que ilumina y contagia.

Hoy ya jubilada y casi anciana, elijo ser vocera de sus vidas porque sé lo que se siente ante tantas dificultades y escasos recursos. Todas ellas están ahora en el campo de batalla, no hay tiempo que perder ni temor que deba amilanarlas; sólo hay que hacer y hacer, cada minuto un nuevo reto, una nueva dificultad que sortear.

Hay que abrigar a esos niños, tomar sus manitas heladas y guiarlas amorosamente para que dibujen las letras; hay que hacerlos reír, cantar y jugar. Hay que lograr que confíen en sus maestras.

¿Por qué estas personas son inspiradoras?

Porque esos niños sólo las tienen a ellas. Porque si no fuera por algunos hechos, que cada tanto aparecen en los diarios y asombran a todos, no se sabe de su existencia ni de su amorosa entrega.

Sin ellas no habría otras que se animaran a seguir sus pasos levantando las postas que aquellas van dejando, para que siempre estén en los parajes más inhóspitos esas maestras que vencen adversidades y dan ejemplo de coraje y entrega. Porque en esos lugares recónditos son maestras, enfermeras, parteras, consejeras familiares y madres amorosas de niños que crecen con poco cariño y pronto se hacen hombres y mujeres silenciosos, desconfiados de un mundo que les resulta tantas veces hostil y casi siempre discriminador.

Hoy esas maestras tienen nombres, Pilar y Claudina, y esos nombres traen consigo los de otras que con estoicismo trabajan, en condiciones casi siempre adversas, para que esos niños puedan competir con los de las grandes ciudades, crecidos entre montones de estímulos y recursos, y demostrar que también ellos son inteligentes y creativos y pueden lograr éxitos y regalar descubrimientos importantes al mundo.

No es fácil levantarse antes que asome el sol por las colinas, ateridas de frío, y entregarse a que unos desconocidos te guíen por senderos solitarios y peligrosos, sin nadie que te proteja, a la buena de Dios.

No es fácil andar esos caminos sobre esas monturas pobres llenas de nudos y de tientos, que lastiman dejando huellas, las caras y el cabello cubiertos, arremetiendo por los bosques oscuros y llenos de peligros, cruzando ríos embravecidos, pantanos en los que viven animales que de súbito aparecen de entre la espesura espantando caballos y llenandote de miedo, derribándote de la montura, pero qué pronto volvés a montar para llegar a destino.

¿Alguien se entera de eso? No, ni se enteran. Nadie sabe que en esos páramos se está luchando por algo tan noble y valioso, en medio de la escandalosa belleza del paisaje y ante la atenta mirada de Dios. ¿Para qué se lucha? Para que esos niños olvidados algún día puedan tener un trabajo, ser maestros como ellas, quizá.

Mujeres sencillas y anónimas que viven pariendo métodos nuevos para esa realidad tan distinta, imposible de soñar, quizá. ¿Qué pensador o ilustre pedagogo creó un método para enseñar allí? Ninguno, porque no conocen a esas gentes de lenguaje sencillo y decir tenue, sin palabras, a veces, casi ni se las escucha, sólo las maestras rurales son capaces de hacerlo.

Son inspiradoras porque abandonan las comodidades y los transportes urbanos para adentrarse en el bosque y vivir en ranchos fríos, rodeadas de alimañas, enfermedades y toda clase de privaciones, incorporando sus vidas a las de los niños y demás pobladores sin dejarse absorber por el medio y persistiendo en ser el ejemplo de otra forma de vivir, con aspiraciones y deseos de superación.

De vez en cuando se conoce un hecho, un retazo, una fotografía, una desgracia que al salir a la luz hace que el mundo vuelva la mirada hacia ellas y las vea y se asombre y tome conciencia de que están allí: "¡Qué sacrificio! ¡Qué asombro!". Pero pronto las olvidan y el silencio vuelve a envolverlas, quedan otra vez en la oscuridad y en esa intemperie, y sin embargo ellas siguen adelante, siembran sin descanso.

A mí me tocó rescatar a tres niñas que por malos tratos de su padre y desnutrición se habían hecho viejecitas en la niñez. Cuando se conoció ese drama todos se asombraron, mandaron ayuda de todo el país, hicieron canciones y tejieron leyendas. Después, otra vez el olvido.

¿Por qué son inspiradoras?

Porque luchan, no se amilanan, soportan todo y están allí todos los días izando entre los cerros la bandera deshilachada que el viento destrozó.

Porque sobreviven con lo que pueden, dando ejemplo de amor. Muchas dejaron sus vidas en los viajes o en penosas enfermedades, pues no pueden ser atendidas porque no hay medicinas ni médicos.

Porque algunas llegaron jóvenes y cuando levantaron la vista de los humildes cuadernos ya sus ojos no veían y sus cabellos se habían blanqueado.

Porque educaron a esos niños y niñas.

Porque inspiraron otras vocaciones de maestras misioneras.

¡Maestras, adelante..!

DEL EDITOR: por qué es importante. Viajaron 12 horas a caballo para tomar las pruebas Aprender en la Escuela N° 350 de San José de Chasquivil, en Tucumán, situada a 1800 metros de altura

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