
Pinamar: donde la frontera es mucho más que un límite e invita a soñar
Dos playas alejadas, a las que se accede en 4x4, ofrecen un entorno natural cada vez más concurrido
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PINAMAR.- El Más Allá o La Frontera pueden significar señal de límite o final de camino, pero en esta ciudad son sinónimo del comienzo de una zona de playas vírgenes a las que cientos de personas llegan en camionetas todo terreno, ya que es imposible llegar en vehículos convencionales, y deciden acampar en familia o con amigos.
Ya sea por tranquilidad, seguridad, pesca, deportes de aventuras o para evitar conflictos maritales, año tras año es mayor el número de personas que se mudan, con carpa, reposera, conservadora, perro y hasta hornallas de campamento para pasar una jornada que arranca antes del mediodía y sólo termina cuando cae el sol.
"Como en Pinamar cada vez hay menos playa y mayor número de gente, nosotros decidimos venir desde hace un par de años para esta zona", dijo a La Nacion Sergio, debajo de un gazebo rojo montado a 15 metros de la playa en el que estaba acompañado por amigos y familiares, disfrutando de una de las cervezas heladas recién sacadas de una conservadora repleta de gaseosas, jugos, aguas y hasta un champagne.
"Acá encontrás más tranquilidad, sobre todo cuando tenés hijos chiquitos. Por ejemplo, el otro día fuimos a una playa céntrica y uno de los nenes se perdió. Eso acá no pasa porque estamos solos", agregó Juan Pablo, que forma parte de la comitiva que llegó de la zona norte de la provincia de Buenos Aires.
"Podemos pescar, los chicos pueden andar en cuatriciclos o tirarse en las tablas por los médanos. Incluso, podemos traer la parrilla y hacer un asado", suma Luján a la lista de bondades de las playas vírgenes del norte pinamarense.
"También el perro puede estar libre, sin que a nadie le moleste", añade Cecilia mientras Angus, un caniche toy miel, gira en la arena y luego corre al mar.
En una ronda de preguntas a las ocho personas que estaban bajo el gazebo disfrutando de una picada, la respuesta más original y sincera la dio Federico. "A mí me gusta porque hay pocas chicas lindas, entonces no tengo problema con mi mujer", dijo sonriente y agregó: "Acá miro al mar y a los chicos y no me distraigo".
Un grupo de cinco mujeres cordobesas toman sol, cada una en su reposera al lado de una camioneta 4x4. "No estamos solas", aclaran ante la consulta de La Nacion por la ausencia masculina. "Nuestros maridos están con los chicos y los cuatriciclos entre los médanos dando una vuelta."
"Como buenos cordobeses, son fanáticos del rally y de las motos y los cuatriciclos, por eso no cambian Pinamar por ningún otro lugar para ir de vacaciones", dijeron con un dejo de queja en su tono de voz.
Los últimos en irse
"Según el día y cómo nos levantemos, llegamos antes de almorzar. Lo que nunca cambia es que somos los últimos en irnos de la playa", dijo a La Nacion el platense Felipe Rossi y agregó: "Venimos todos los días y es como un ritual para nosotros".
"Lo que más se disfruta es la tranquilidad el poder estar con nuestros hijos, relajados y sin preocuparnos porque les pase algo o se pierdan entre la gente", acotó su esposa Verónica.
"Pinamar nos gusta mucho, pero no el amontonamiento de gente, por eso decidimos venir para acá", explicó Rossi y agregó: "Acá tenés una carpa lejos y a pocos metros del agua".
Debajo de la carpa acompaña a Felipe y Verónica el menor de sus hijos, Lorenzo, de sólo siete meses. Juega dentro de una pequeña pileta de goma sin agua, que cumple el rol de corralito.
Con arena en el rostro, Lorenzo mira a sus hermanos: Luciano, de 4 años, y Catalina, de 8, que está junto a una amiga, Morena, que juega a dos metros del mar y quiere unirse a ellos.
"Está como loco con el agua, quiere meterse todo el tiempo al mar. Le gusta muchísimo la playa. Está fascinado", cuenta Rossi con una amplia y genuina sonrisa.
"A las ocho y media o nueve de la noche..., siempre nos vamos a esa hora. El tema del gazebo nos permite estar acá, incluso si hay mucho viento y disfrutar hasta el último momento del día", dijo Verónica, que luego recordó que les quedan diez días para terminar sus vacaciones en las alejadas playas pinamarenses.
Angel Hernández tiene 44 años y 15 como guardavidas en estas costas.
"Me gusta estar acá. La soledad y el tiempo de trabajo es distinto a las playas más concurridas. Después de 12 años en un balneario privado, esto es otra vida", dijo Hernández y agregó: "Acá tenés una tranquilidad y una privacidad que no encontrás en otros lugares y podés venir con tus cosas y tu vehículo sin preocuparte por nada".
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