
Qué es la infidelidad atencional y por qué está arruinando el romance
La autora de la nota analiza cómo impacta la vida digital en la conexión persona a persona en las parejas
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NUEVA YORK.– Hace unas semanas, la película independiente Antes del amanecer vino a mi mente. Un clásico de los años 90 y primera parte de una trilogía, el film trata sobre dos jóvenes veinteañeros intelectuales, Céline y Jesse, que se conocen de forma encantadora en un tren hacia París. Deciden bajarse en Viena y pasar un día juntos bromeando, interactuando con los lugareños, recorriendo la hermosa ciudad sin un propósito y enamorándose.
Se relacionan a pesar de las diferencias culturales (él es estadounidense, ella es francesa, ambos hablan con austríacos) y también de género. Mientras reproducía la película en mi mente, tuve un pensamiento que me provocó un vuelco en el estómago: mis hijos quizá nunca lleguen a experimentar esto. Con “esto” me refiero a la atención ininterrumpida, la serendipia general y la vulnerabilidad conversacional que yo pude experimentar antes de los teléfonos inteligentes.

Antes del amanecer incluso presagió en cierta medida nuestro presente aturdido por las pantallas. En su reseña de la película en The New York Times, Janet Maslin señala el comentario de Jesse sobre el “dudoso valor espiritual de la tecnología”, cuando afirma: “Nunca escuchás a alguien decir: ‘Bueno, sabés, con el tiempo que ahorré usando mi procesador de textos, voy a ir a un monasterio zen a pasar el rato’”.
El mío no es un miedo nuevo, y reconozco que nace de una especie de nostalgia. Del próximo libro del encuestador e investigador de opinión pública Daniel Cox, Generation Uncoupled: America’s New Gender Divide and the Crisis of Human Connection (Generación desacoplada: la nueva brecha de género en Estados Unidos y la crisis de la conexión humana), aprendí un nuevo término: “infidelidad atencional”. Cox lo define de una manera algo inusual y amplia: cuando la vida digital de una pareja se entromete en la conexión persona a persona.
Este tipo de “infidelidad” puede incluir mirar material sexualmente explícito o participar en interacciones sugerentes en redes sociales, pero más a menudo es solo la distracción banal del desplazamiento sin sentido por la pantalla. “En lugar de acercarnos el uno al otro −explica Cox−, tomamos nuestros dispositivos digitales que nos inundan con un flujo interminable de contenido hipercurado”.

Aunque las parejas de cualquier edad experimentan esto hasta cierto punto (mi esposo y yo intentamos dejar nuestros dispositivos en la cocina después de la cena para poder hablar realmente entre nosotros), las personas que nos conocimos antes del teléfono inteligente al menos tuvimos el beneficio de consolidar nuestros vínculos con largos períodos de atención concentrada. Ese tipo de enfoque sostenido genera una comprensión más profunda a través de las diferencias y más gracia.
Algunos pueden descartar este tipo de preocupación sobre las relaciones incipientes de los jóvenes como un pánico moral tecnológico. Pero Cox, quien es director del Survey Center on American Life en el American Enterprise Institute, de tendencia conservadora, compiló una lista de estadísticas aleccionadoras que muestran que las pantallas son un factor determinante en lo desconectados que están los adolescentes y veinteañeros entre sí.
La generación Z, la primera que no puede recordar un mundo sin teléfonos inteligentes, participa menos en “experiencias sociales encarnadas” que sus contrapartes de cualquier otra generación. Tienen menos probabilidades de trabajar, ir a la iglesia, asistir a fiestas, salir a citas o practicar deportes, señala Cox. Alrededor de la mitad de los adolescentes se describen a sí mismos como “casi constantemente” en línea. No hay otro cambio que haya ocurrido en las últimas décadas que explique este declive único.

El aislamiento online de los jóvenes, que empeoró con el confinamiento por el Covid, significa que tienen mucha menos práctica interactuando con personas nuevas y navegando por la fricción habitual y las normas establecidas. Esto, escribe Cox, los dejó solos, desarraigados y desconfiados unos de otros.
Si bien las citas siempre fueron desafiantes y sirvieron de alimento para las quejas, los adolescentes y veinteañeros de hoy tienen un punto de partida de mayor sospecha, lo cual puede ser veneno para la creación de relaciones románticas. Basándose en grandes encuestas, libros y entrevistas cualitativas con jóvenes, Cox revela lo temerosos que están de ser vulnerables, porque cualquier paso en falso puede conducir a una humillación global y permanente en las redes sociales.
El ejemplo de “West Elm Caleb” vino a mi mente cuando leía el libro de Cox. Caleb era un neoyorquino que se volvió viral en 2022 porque algunas mujeres publicaron sobre cómo él las ignoraba o ghosteaba en lugar de terminar con ellas adecuadamente. Lo que siguió tras su viralidad fue “una campaña masiva de acoso en línea contra un joven de 25 años bastante promedio cuyo mayor crimen hasta ahora es ser un mal comunicador”, como lo expresó Brittany Spanos de Rolling Stone. El auge de las citas en línea, donde las relaciones comienzan en territorio digital, solo exacerba esta dinámica.
Este tipo de aprensión impulsada por la tecnología afecta particularmente a las relaciones heterosexuales. En una llamada telefónica, Cox me dijo que, si bien hubo divisiones de género en todas las épocas, lo nuevo para la generación Z es la forma en que los algoritmos de las redes sociales están deformando sus puntos de vista sobre todo tipo de interacciones y reforzando los “sesgos iniciales”. Cox citó un análisis de 2025 del Washington Post sobre más de 1000 usuarios, que encontró que “el género es uno de los mayores predictores de lo que hay en tu feed”.

En los peores casos, los feeds específicos de género llevan a que los influencers misóginos de la manosfera ganen terreno en la mente de los hombres jóvenes, lo cual Cox condena acertadamente como tóxico en su libro. Pero nuestros feeds también están creando silos de noticias que pueden afectar nuestra percepción del mundo de maneras más sutiles. Como mínimo, reflejan una falta de realidad compartida que podría proporcionar una base para la conversación y la conexión. Observé esto en acción cuando descubrí que mi esposo no sabía nada sobre el veredicto de Lindsay Clancy, a pesar de que yo había recibido contenido sobre el tema durante semanas.
Dos cosas me dan esperanza sobre la vida social y romántica de los jóvenes. Una es que al menos algunos miembros de la generación Z parecen saber lo que se están perdiendo. Ethan Hawke, quien interpretó a Jesse en Antes del amanecer, dijo a The Times en 2020 que su hija vio la película con amigos “y había una cierta envidia que sentían por una época en la que no tenías correo electrónico. La vida insistía en que vivieras más el momento”. Habiendo visto a la tecnología colonizar sus días, se niegan a ceder ni un centímetro más a la inteligencia artificial.
La otra es que los estadounidenses de una amplia variedad demográfica están disgustados por la forma en que las pantallas se han interpuesto entre ellos y otras personas, y quieren crear un mundo mejor para nuestros hijos. Cox está ciertamente a la derecha de mí, y aunque tuve algunas objeciones partidistas con su libro, estuve abrumadoramente de acuerdo con su análisis general y su consternación específica con el statu quo. Él entiende algo que yo también considero cierto: dar a otra persona toda tu atención es un regalo, uno que todos deberíamos ser más conscientes de darnos mutuamente.



