“Quiero volver todos los años”. La nueva noche de Punta del Este, entre fiestas techno, récords de Dj y masividad
A partir de Fin de Año, este balneario concentra la movida nocturna que combina sunsets, afters y propuestas al aire libre
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PUNTA DEL ESTE (Enviada especial).- En la noche de la costa esteña, que sigue marcando récords históricos de fiestas masivas, confluyen actualmente dos públicos argentinos: por un lado, están quienes veranean acá desde chicos. Son veinteañeros y treintañeros para quienes pasar la primera quincena de enero en Punta es parte de una rutina familiar y hasta un ritual que comparten con gran parte de su círculo social. El otro grupo, que está en permanente crecimiento, lo componen los jóvenes argentinos que están desembarcando en las playas esteñas por primera vez.
¿Qué vienen a buscar unos y otros? En gran parte, lo mismo: las playas largas, el clima, la gente, la gastronomía y, sobre todo, las fiestas. Y es que, sostienen ellos mismos al ser consultados por LA NACION, hay mucho que podrá discutirse de Punta del Este en comparación con otros destinos locales e internacionales de verano, pero lo que se ha vuelto indiscutible es la noche.
Los DJ son cada vez más y las fiestas también. De hecho, mientras que el verano pasado, los eventos multitudinarios para enero y las últimas semanas de diciembre llegaron a ser récord -70-, esta temporada marcará un nuevo hito: entre la semana que pasó y el mes próximo, sumarán un total de 78 fiestas, de las cuales seis son de más de 6.000 personas. Dentro de la temporada alta, que engloba a los últimos días de diciembre y los primeros de enero, se contabiliza un promedio de tres fiestas masivas por noche. Solo en Año Nuevo, hubo 12.
Hay cantidad y también calidad: Dentro del cronograma nocturno, se destacan los Dj de renombre internacional, como el británico Nick Warren, el alemán Boris Brejcha, el bosnio-alemán Solomun, el argentino Oostil y el dúo suizo Adriatique. Muchas de estas fiestas tienen instalaciones y montajes que parecen competir unas con otras: estructuras en medio del bosque o del campo, carpas beduinas, espectáculos de luces, entre otros elementos que buscan para distinguirse.
Es un fenómeno relativamente nuevo en Punta del Este, un tipo de fiestas que comenzó a crecer sobre todo en los últimos cuatro años. Antes de la pandemia de Covid-19, la noche en esta ciudad era más improvisada, con dos o tres grandes fiestas multitudinarias en toda la temporada —una en Año Nuevo y otra en los primeros días de enero—. El resto de las noches se desenvolvían entre previas en casas, bares y boliches.
El entrerriano Antonio Daroca, de 22 años, y sus amigos, salieron todas las noches desde que llegaron, hace más de cuatro días. “Lo que más me gusta es la diversidad de las fiestas y la buena onda de la gente. Es increíble cómo están armadas las fiestas. Venimos metiendo variado, canchengue y techno, y es todo increíble. Este año vine con expectativas altísimas y se cumplieron”, dice el estudiante de ingeniería industrial, oriundo de Gualeguaychú, quien se queda en casa de un amigo junto con otros tres jóvenes.
El Corona Sunset tuvo lugar ayer al atardecer en medio del campo quebrado del interior de la península. A esta fiesta, a la que asistieron personas de entre 18 y 38 años, la mitad uruguayos y la mitad argentinos, recibió a sus asistentes con un show de bailarines, pórticos de guirnaldas y clases guiadas de meditación en medio de bosque. Esta última es una práctica que comenzó a estar cada vez más de moda entre las fiestas techno.
Noches de hasta 12 horas
Para algunos de los argentinos que veranean en Punta, la noche dura unas cinco horas: asisten a un sunset—como se les llama a las fiestas de música electrónica que empiezan al atardecer— o hacen previa entre amigos y a la noche van a una fiesta. Para otros, puede durar más de 12 horas, entre la fiesta y el after, que a veces se extiende hasta el mediodía o la tarde del día siguiente y que tiene lugar principalmente en casas.
“Lo que tiene Punta es una oferta muy diversa, tenés este estilo más sunset, pero después tenés gente que en Año Nuevo no sale y se va directo a un after que dura hasta las cinco de la mañana. Hay mucho descontrol y muchos estilos de noche”, cuenta el porteño Matías Fazio, de 33 años. “Suceden muchas cosas al mismo tiempo, tenés que elegir —irrumpe su novia, Sol Fernández, también de 33—. A nosotros nos gustan las fiestas así, como esta: descampado, aire libre, carpas, música electrónica”.
Después de muchos años pasando Año Nuevo aquí, Fernández tiene la idea de que el verano esteño “nunca falla”. De las siete noches que vino, eligió salir tres.
La noche en Punta del Este se ha vuelto costosa, destaca la catamarqueña Mercedes Manzi, de 36 años, quien veranea en esta ciudad desde los 20. Las entradas parten de los US$40 para los sunsets y fiestas menores y llegan hasta los US$100, las más exclusivas. En este cálculo no se incluyen las de Año Nuevo, entre las cuales la mayoría de las entradas generales promediaba los US$150, pero había algunos casos aislados que llegaban a cuadruplicar el valor, con cifras que ascendían a los US$400.
La llegada de un nuevo público
Desde el año pasado, cuando, ante una situación de mayor paridad cambiaria, Uruguay se volvió más económico para los argentinos, en la costa esteña se observó un fenómeno que este año volvió a repetirse incluso con más fuerza: el desembarco de argentinos que visitan la costa esteña por primera vez. Es el caso de muchos grupos de amigos entre los 20 y los 35.
“Tenemos mucha gente que empezó a venir año tras año y de repente cada vez venían más. Entonces te vas sumando. Somos seis amigas que vinimos juntas, algunas habíamos venido el año pasado y otras se sumaron este año”, dice entusiasmada la abogada Antonella Glavina, 32, oriunda del barrio porteño de La Paternal. Dice estar teniendo un verano excelente: “Quiero volver todos los años”, exclama.
Lo que más le gusta de Punta del Este son las fiestas de día. “Acá hay mucho sunset y las locaciones que eligen son buenísimas. Es algo distinto para nosotras, que somos de Buenos Aires; está bueno salir un poco del formato boliche”, dice.
“Hay de todo: cachengue, electrónica, lo que te guste, tenés para hacer. A mí me gusta esa variedad que hay. Ahora vamos a la corona. De acá nos vamos al Open Park a ver a Boris Brejcha, cuenta el empresario inmobiliario rosarino David Flores, de 33 años, desde el estacionamiento del Corona Sunset, donde muchos autos tienen los baúles abiertos. Hay diferentes grupos haciendo previa, con vasos de plástico o incluso copas de vidrio, tomando vino, fernet, cerveza, antes de entrar a la fiesta, donde, para consumir, hay que comprar adentro. Algunos, incluso sacaron reposeras de playa de sus vehículos y se instalaron cómodamente en rondas.
Entre ellos priman los atuendos que aparentan ser descontracturados, pero que en verdad tienen mucha preparación detrás: anteojos de sol de estilo retro, botas de cuero de caña alta, pantalones de tiro bajo, sombreros playeros.
“No salimos todas las noches; regulamos. Un poco disfrutamos la playa, el centro, recorremos, vamos al puerto, y después salir. Esta semana a full y después para descansar”, suma Flores, quien vino a Punta con siete amigos.
La prevalencia del tecno
Si hace varios años la mayoría de las fiestas eran de música cachengue y algunas tenían una pista más pequeña donde se pasaba electrónica, ahora el panorama se invirtió. Por default, la gran mayoría son únicamente de electrónica, y un par de ellas tienen dos pistas: una de electrónica y una de cachengue.
Es una moda que se observa en gran parte del mundo y que también se ve replicada en la Argentina. Además de responder a cambios en los gustos musicales, según los especialistas, también lleva a cambios en el consumo: el alcohol empieza a ser cada vez más reemplazado por las drogas psicoactivas, sobre todo el MDMA, también conocido como éxtasis o como MD. Este consumo, dicen, también explica la longitud de las salidas.
“Hay de todo, pero en general se ve mucho descontrol. Ves a la gente en una, sin límites. No sé si es algo nuevo o si simplemente yo antes era más chica y me movía en un círculo más tranqui”, destaca Fernández.
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