
Restos del pasado en pleno centro
En una obra, en Balcarce y Moreno, se encontraron valiosos objetos de la época colonial; allí estuvo la casa de Miguel Cané.
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Obreros que trabajaban en la construcción de un edificio a dos cuadras de la Casa Rosada se toparon ayer, en forma absolutamente fortuita, con un hallazgo arqueológico de gran valor histórico y cultural: decenas de piezas, objetos y restos que datan de los siglos XVII, XVIII y XIX.
El sorprendente reencuentro con el pasado colonial de Buenos Aires se produjo, además, en un terreno de la esquina de Balcarce y Moreno donde estaba, hasta 1979, la casa en la que a fines del siglo pasado vivió el escritor Miguel Cané, autor de "Juvenilia".
Distintas variedades de vajillas de cerámica y loza, tinteros, botellas de vidrio y restos óseos de animales aparecieron a la vista de los excavadores. "Es realmente atípico encontrar esta cantidad y variedad de material", destacó el antropólogo Andrés Zarankin, del Programa de Estudios Prehistóricos.
Vestigios de la colonia en el microcentro
Un basural del siglo XVII fue encontrado en una obra en construcción; había objetos de uso cotidiano y piezas artesanales.
El microcentro porteño fue testigo ayer de un reencuentro con el pasado colonial de la ciudad, al hallarse testimonios arqueológicos, que datan del siglo XVII y llegan a comienzos del siglo XIX, en una obra en construcción.
El hallazgo se produjo en la esquina de Balcarce y Moreno, a dos cuadras de la Casa de Gobierno.
Tan sorprendente como los restos del basural de la época colonial encontrado por los obreros fue comprobar que en ese mismo lugar vivió a fines del siglo pasado el escritor Miguel Cané, dato que La Nación pudo confirmar en los catastros municipales.
La vivienda que habitó el autor de "Juvenilia" con su familia fue demolida en marzo de 1979, semanas antes de que el entonces intendente municipal, Osvaldo Cacciatore, incluyera esa esquina en la zona de valor histórico declarada para preservar las construcciones coloniales.
Tras la demolición, se habilitó en 1981 una estación de servicio, que funcionó hasta el año último, cuando su propietario decidió construir un edificio de departamentos para viviendas, oficinas y cocheras subterráneas.
Las excavaciones permitieron encontrar elementos de la época colonial que fueron definidos como valiosos ante su cantidad y variedad por especialistas del Instituto Nacional de Antropología y Pensamiento Latinoamericano, del Programa de Estudios Prehistóricos (PREP) del Conicet e investigadores de otras áreas de este organismo.
Alertados por un vecino, que vio retirar restos de animales de la obra en construcción, los antropólogos concurrieron para comprobar los hallazgos e iniciaron el operativo al que denominaron "Arqueología de rescate".
Obreros sorprendidos
Ante la mirada incrédula de varios obreros, de las excavaciones surgieron distintas variedades de vajillas de cerámica y loza, tinteros, botellas de vidrio y restos óseos de animales, todos pertenecientes a la época colonial de Buenos Aires.
Andrés Zarankin, licenciado en Antropología con orientación en arqueología e integrante del PREP, confirmó a La Nación , que "es realmente atípico encontrar la cantidad, la variedad y estructura del material obtenido".
Además de Zarankin, participaron en el rescate los antropólogos Pablo Fernández y Vivian Scheinsohn, del Instituto Nacional de Antropología, y Mónica Berón y Andrea Calegari, que se desempeñan en el Conicet. Los investigadores explicaron que el hallazgo de los objetos coloniales permitirá reconstruir la vida cotidiana, la dieta y las formas de cocción de los distintas alimentos que tenían los primeros habitantes de aquella ciudad de Buenos Aires.
El lugar del hallazgo sería el basural o el pozo ciego de la casa. Según los planos de catastro existentes de 1860 en el Museo de la Ciudad, allí estaba situado uno de los patios de la vivienda, que tenía dos plantas.
"En mis 15 años como trabajador de la construcción nunca me pasó algo parecido: de repente salió un montón de chatarrería y los restos de animales, se ve que esta gente comía bien", relató todavía algo incrédulo Osvaldo Sequeira, capataz de la excavación de la obra.
"Apenas se recibió el llamado, personal del Museo Etnográfico, situado a pocos metros, concurrió al terreno y comprobó que había restos de la época de la colonia en pleno microcentro", sostuvo la arqueóloga Scheinsohn.
Para ella, San Telmo, Monserrat y toda la zona que rodea a la Plaza de Mayo reserva siempre sorpresas para las nuevas edificaciones, ya que se trata del primer territorio donde se asentaron los habitantes de la ciudad.
Graciela Ferro, arquitecta a cargo de la construcción comentó: "Vamos a dejar que los profesionales puedan trabajar con la mayor tranquilidad posible".
El pozo ciego
En el momento en que los antropólogos comenzaron con su trabajo, el pozo realizado por los obreros ya tenía alrededor de 11 metros de profundidad respecto del nivel de la vereda. A partir de los cinco metros se encontraban los restos coloniales.
Debido a que en el lugar del hallazgo funcionaba el pozo ciego de la vivienda, los antropólogos tuvieron que revolver entre la gran cantidad de basura para tratar de extraer la mayor cantidad de elementos.
Hasta la tarde de ayer, los investigadores encontraron elementos de cerámica confeccionada con técnicas indígenas, mayólicas españolas de la época colonial, bases cuadradas de copas, hebillas de cinturón de cobre, jarrones de medicina, una espuela toda labrada, porcelana china e inglesa, dos botellas de vidrio enteras de vino inglés de principios del siglo XVIII y restos óseos de vacas, ovejas, caballos y aves de corral.
"Por la calidad y cantidad de la cerámica hallada no tenemos dudas de que en esta propiedad vivía una familia de la clase media alta",dijo Zarankin.
Señales para develar misterios
Apenas tomó contacto con las botellas de vino inglés, el licenciado Andrés Zarankin indicó que se trataban de envases que databan de principios del siglo XVIII.
"A través del pico y de la forma de la base que presentan las botellas se puede llegar a determinar de que año datan. Todos estos datos nos servirán para tener una idea de la forma de vivir que tenían los habitantes coloniales", dijo el antropólogo al explicar a La Nación los detalles del hallazgo, muy cerca del pozo de operaciones.
Añadió que "los documentos históricos hablan de la vida política, pero con estos hallazgos podremos determinar su vida cotidiana".
Por su parte, el arqueólogo Pablo Fernández, especialista en fauna histórica, no se quedó atrás a la hora de desmenuzar los secretos de las piezas encontradas.
Expresó que "lo interesante en los restos óseos de las vacas, ovejas y caballos hallados en las excavaciones es que en todos los casos aparecieron las patas de los animales y no otras partes del cuerpo".
Para Fernández esto tiene su explicación. "A simple vista, en los cortes estarían representados las partes de las vacas que menor carne tenían; es decir todo lo que encontramos es lo que la gente descartaba, lo que no comía. Muchos de los huesos aparecen sin fusionar, pertenecen a animales jóvenes, o sea los más tiernos", aventuró el especialista.
"Notamos -agregó- que la parte del osobuco está intacta en todos los animales; evidentemente, los que habitaron en este sitio eran de familias de alto nivel económico alto", reveló Fernández.
Los arqueólogos que estuvieron a cargo de la operación rescate señalaron que las más de 30 bolsas de consorcios que contienen los restos coloniales fueron trasladados al Instituto Nacional de Antropología para realizar los estudios correspondientes.
"Es muy importante que los ciudadanos sepan que existen este tipo de instituciones, que tienen una gran preocupación por los restos históricos. De esta manera cada vez que se encuentre algo de esta naturaleza, no duden en llamarnos", aconsejó la arqueóloga Vivian Scheinsohn, con el propósito de despertar las conciencias en la sociedad.
Familias de la alta sociedad
Según información brindada a La Nación por fuentes del Museo de la Ciudad, en 1860, la propiedad emplazada en la esquina de Moreno y Balcarce pertenecía a la familia Anchorena, pero años después fue adquirida por el autor de "Juvenilia", Miguel Cané, quien vivió varios años allí junto con su familia.
La vivienda, de dos plantas, fue edificada varias décadas antes, pero los datos se tienen a partir de 1860, porque ése fue el año en que se confeccionó el primer catastro de esa zona porteña.
Consultados por La Nación , empleados del Museo de la Ciudad notificaron que la casa en la cual vivió Cané fue remodelada varias veces, hasta que en 1979 fue demolida.
Secretos bajo el cemento
Existe una leyenda entre quienes trabajan en la industria de la construcción según la cual el subsuelo de la zona céntrica de la ciudad oculta, como los buenos espías, mucho de lo que sabe.
Esa misma leyenda asegura que muchos constructores tuvieron ya sorpresas parecidas a la que sirvió de desayuno a quienes ayer trabajaban en una excavación en el cruce de Moreno y Balcarce. Sólo que guardaron silencio.
Y asegura también que, en un vasto sector que rodea a la zona céntrica y separado varias cuadras de la Plaza de Mayo, el suelo porteño es algo así como un reservorio donde descansan huellas de otros tiempos, cubiertas por el cemento de nuevas construcciones.
Balas en el centro
Son varias las historias que hablan de diferentes hallazgos. Una de ellas da cuenta de cómo en un terreno sobre la calle Sarmiento, los obreros que trabajaban en la excavación para el nuevo edificio encontraron, de pronto, cosas de los más extrañas.
Aparecieron redondas balas de metal, del tamaño de un puño cerrado, y destinadas posiblemente a cañones. También se vieron restos de lo que podrían haber sido arcabuces y fragmentos de piezas antiguas.
Eso fue en la década del sesenta, cuando se levantaron varios edificios en la zona.
"Ingeniero, mire lo que encontramos. ¿Qué hacemos con esto?", cuenta un memorioso que le preguntó un capataz de obra, de lo más sorprendido, mientras sostenía en sus manos un par de balas de hierro.
El hallazgo paralizó la obra varios días, mientras la empresa sondeaba con las autoridades cuánto tiempo podría demandar aclarar la situación. Los días pasaron. Los obreros contemplaban pasar las horas sin hacer gran cosa. La construcción se demoraba.
-Se terminó. Seguimos adelante-, dicen que dijo un día el ingeniero.
-Pero, ¿y qué hacemos con las balas que encontramos y con las cosas que puede haber más abajo?-, preguntó uno de los operarios.
-No quiero volver a oír hablar de esas balas-, dicen que dijo el ingeniero, dando por terminada la discusión.
Meses después, se terminó la obra. Y lo mismo ocurrió con otras similares en la misma zona donde también se contaban historias parecidas.
¿Y qué pasó con las balas? Bueno, hay quienes dicen que algunas piezas descansan en oficinas de esta ciudad, como un recuerdo de lo ocurrido.




