
Saladillo despidió al hacendado muerto
El pueblo está conmovido por la trágica muerte del estanciero que falleció en un robo, al igual que dos delincuentes
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SALADILLO.- Fue un hecho de sangre lo que alteró la vida de esta ciudad del oeste bonaerense. El asesinato de Roberto Zavaleta, un productor agropecuario de 49 años, que murió durante un asalto en Llavallol, produjo una gran conmoción entre muchos de los casi 40.000 habitantes de este lugar.
Zavaleta, cuya familia se radicó en la zona hace más de un siglo, era un hombre muy apreciado, descripto como una persona muy audaz, que con frecuencia mezclaba los afanes de un productor rural con aficiones de un tipo muy diferente.
Uno de sus más entrañables amigos, Gerardo Rodríguez, admitió su gusto por las armas, "aunque no para usarlas a lo tonto". Y destacó su pasión por el surf, la aeronáutica y, sobre todo, el automovilismo.
Si hasta hace unos diez años participó, con recordada destreza, en competencias de turismo de carretera. Además, solía pilotar una avioneta para ocuparse personalmente de la fumigación de sus campos.
Saladillo se despertó el domingo con la noticia de su trágica muerte. El infausto hecho generó una reacción inicial de incredulidad, que con el correr de las horas no sólo se impuso como una certeza.
También avivó otro ángulo insoslayable: que, en forma creciente, la inseguridad ya es patrimonio de todos los ámbitos, de las ciudades grandes y de las pequeñas. La muerte del productor despertó recuerdos del pasado. "Parece una familia marcada por la fatalidad. Ninguno de ellos llegó a los 50 años", reflexionaron los vecinos.
Resultaba acertado a partir de una simple pero triste enumeración: su padre murió de cáncer a los 45; su tío Juan José falleció del mismo mal a los 47; su madre, Dora Mc Cormick, murió en un accidente automovilístico a los 41 y su único hermano, Carlos, perdió la vida en otro accidente.
Zavaleta, de 49, fue asesinado el sábado último en Llavallol, partido de Lomas de Zamora, cuando tres delincuentes intentaron robarle la camioneta Grand Cherokee en la que se movilizaba junto con su mujer, Susana Theaux, y su amigo Alberto Rachi.
Rachi, de 60 años, padece una invalidez, así que Zavaleta acostumbraba buscarlo en la clínica en que está internado para trasladarlo a su campo en Saladillo y posteriormente lo llevaba de regreso.
A las 21 llegaron a este último destino. Cuando se aprestaban a bajar del vehículo fueron interceptados por los malhechores, armados con revólveres. Obligaron a Zavaleta a sentarse sobre las piernas de su esposa, mientras uno tomaba el volante y los otros ocupaban el asiento trasero.
El detonante
Recorrieron cinco cuadras, hasta que, al parecer, los que estaban atrás comenzaron a golpear primero a Rachi y después a la esposa de Zavaleta. Un culatazo en la cabeza de ésta obró como detonante.
Su marido extrajo de la cintura, donde llevaba oculta bajo la camisa, una pistola 9 milímetros e hizo dos disparos contra el que conducía, que murió en forma inmediata.
Se dio vuelta y gatilló seis veces más contra los que iban detrás, alcanzando a uno, pero el otro repelió el ataque con varios balazos, matándolo.
Ya sin control, la camioneta chocó contra un árbol, mientras el asesino de Zavaleta escapaba. El ladrón herido murió en un quirófano del hospital Gandulfo.
Al parecer, Zavaleta decidió tirarle al que oficiaba de chofer, ya que los otros delincuentes usaban a su amigo de escudo. Según habría relatado la mujer a los policías, los asaltantes estaban drogados. "Si no, no se explica por qué quisieron seguir con los Zavaleta a bordo cuando Roberto les dijo que se llevaran la camioneta y hasta les ofreció dinero", dijo uno de sus amigos íntimos.
A causa de las lesiones producidas por los golpes de los asaltantes y por el choque, Theaux debió ser internada en terapia intensiva en la Clínica Independencia, de Munro.
El cuerpo de Roberto Zavaleta, que era propietario del campo "Toldos nuevos", fue inhumado en el cementerio parque de 25 de Mayo, luego de ser velado en Saladillo.
Muchos amigos y conocidos se acercaron para despedirlo y acompañar a sus hijas: Victoria (19), Julieta (17) y Josefina (13).
Un abrazo eterno
Sumamente conmovidas, las jóvenes no se separaron de un abrazo que las mantuvo sentadas en la alfombra, al pie del ataúd. En un breve diálogo con La Nación , Victoria insistió: "Que quede claro que nuestro padre no era un hombre violento, como insinuó algún medio".
Rodríguez fue el mejor amigo de Zavaleta. Desconsolado, ayer se descompuso en varias oportunidades. Entre lágrimas, recordó: "Hace 30 años que Roberto poseía armas. Un día me dijo: "Si me asalta un tipo armado, yo voy a disparar. Y más aún si veo que maltratan a alguien que quiero". Lamentablemente, la realidad lo puso a prueba el último domingo.





