Tras perder casi 650.000 dólares, esta mujer descubrió que su adicción no era un problema de personalidad, sino un efecto secundario oculto de un fármaco recetado para una afección común
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Cuando la carrera de la autora infantil Sally Gardner despegó, sus amigos asumieron que sus gastos desmesurados eran consecuencia de su nuevo éxito. Entre sus derroches se incluían una bañera de unos US$34.000, láminas del artista pop inglés Peter Blake y viajes a boutiques parisinas.
Sally tenía poco más de cuarenta años cuando se publicó su primer libro, lo que la catapultó a vender 2,5 millones de ejemplares y a ganar importantes premios literarios como la Medalla Carnegie. “De repente, me encuentro en otro lugar”, dice Sally, “y, por primera vez en mi vida, gano muy bien”.
Sally recuerda que se sentía “avergonzada” por la cantidad de dinero que gastaba, pero que estaba enganchada a la euforia que le producía.
Comportamiento compulsivo persistente
Sally mentía a sus amigos sobre sus compras y negaba que estuviera estrenando ropa. “No tenía ni idea de lo que me había pasado. Era como si me preguntaran: ‘¿Quién eres? ¿Qué estás haciendo?’”. En poco tiempo, acumuló importantes deudas y se vio obligada a vender su casa en el norte de Londres y a mudarse a un departamento más pequeño.
Incluso entonces, lo que ella describe como su comportamiento compulsivo persistente no cesó: no pudo resistir la tentación de gastar decenas de miles de dólares en un diseñador de interiores para decorar su nuevo hogar.
Para ese entonces, una de sus amigas iba de tienda en tienda por la ciudad donde vivía Sally, suplicando a los vendedores que no le vendieran nada. Sally había desarrollado una adicción a las compras propia de la mediana edad, para la que no encontraba explicación, y pensaba que se estaba volviendo loca.

Al mismo tiempo que su carrera literaria despegaba, el médico de Sally comenzó a recetarle agonistas de la dopamina para el síndrome de piernas inquietas (SPI), una afección que padecía desde hacía años. Este síndrome hacía que sintiera una necesidad imperiosa de moverse, que solía aparecer casi todas las noches. “Era constante: no podía sentarme, no podía ver la televisión, no podía salir a cenar”, dice Sally. “Tenía que estar de pie todo el tiempo”.
Recién divorciada y con hijos pequeños, esto le provocó insomnio crónico, justo cuando también estaba atravesando la menopausia. Sally cuenta que probó todos los tratamientos posibles, pero ninguno funcionó; se acostaba y pasaba la noche en vela. Así que cuando su médico le recetó un medicamento que alivió sus síntomas de inmediato sin mencionar efectos secundarios psiquiátricos, se sintió eufórica.
Solo ahora, veinte años después y con cerca de US$650.000 menos en su bolsillo, Sally se da cuenta de que su comportamiento compulsivo fue consecuencia de tomar este medicamento.
Efectos secundarios devastadores
La historia de Sally es una de las cientos que escuchó la BBC en el último año y medio, que describen los devastadores efectos secundarios de los fármacos agonistas de la dopamina.
Esta familia de medicamentos actúa aumentando la actividad de la dopamina y se receta ampliamente para diversas afecciones, como el síndrome de piernas inquietas, el Párkinson, los tumores de la glándula pituitaria y algunos problemas de salud mental.
Cientos de pacientes o sus familias declararon a la BBC que no relacionaron sus comportamientos impulsivos con los medicamentos hasta que fue demasiado tarde. Se escucharon historias de enormes deudas, relaciones rotas, delincuencia e incluso suicidio. Muchas personas que desarrollaron adicción a las compras perdieron decenas o cientos de miles de dólares, todo ello mientras padecían enfermedades debilitantes. Una pareja se quedó sin hogar.

Las personas describieron gastos aparentemente irracionales, llenando habitaciones enteras con cosas que no necesitaban ni querían. Muchas mujeres afirmaron sentirse incapaces de dejar de comprar, pero creen que su comportamiento no se tomó en serio debido a su género.
Sally cuenta que compró el mismo par de zapatos cinco veces y diez camas diferentes para su Yorkshire Terrier. “Comprás algo, obtenés una dosis de dopamina y querés esa sensación una y otra vez”, explica.
La mayoría de las historias que escuchó la BBC involucraban impulsos sexuales compulsivos que, en ocasiones, llevaban a las mujeres a buscar encuentros sexuales casuales y a los hombres a desarrollar adicciones a la pornografía. Aunque Sally no desarrolló comportamientos hipersexuales, sí dejó de escribir libros infantiles y publicó una novela erótica para adultos bajo un seudónimo.
Reflexionando sobre ello, ahora se pregunta si habría escrito ese libro de no haber consumido esos medicamentos. bSally contactó con la BBC después de que una de sus hijas le enviara un enlace al podcast Impulsive (Impulsivo), publicado en febrero de 2026, y le dijera: “Creemos que esta sos vos”. Al escuchar la serie, Sally dice que inmediatamente se dio cuenta de que su medicación había sido la causa de su comportamiento y se preguntó: “¿Cómo no había atado cabos?”.
En una entrevista para el podcast Ready to Talk (Preparada para hablar) de la BBC, Sally dijo sentirse aliviada de haber encontrado una explicación para su comportamiento, pero está enojada porque su vida fue “secuestrada”. Afirma que vivirá con las consecuencias de sus gastos el resto de su vida.
Además de no haber sido advertida sobre los efectos secundarios por el médico que le recetó los medicamentos para el síndrome de piernas inquietas, Sally tampoco fue monitoreada para detectar la aparición de estos efectos secundarios. Un médico solo cuestionó su comportamiento una vez, cuando llegó a una cita cargada con bolsas de compras.

Ahora se sabe que los fármacos agonistas de la dopamina también empeoran los síntomas del síndrome de piernas inquietas (SPI) con el tiempo. Algunos pacientes con SPI describen un ciclo en el que los medicamentos comienzan a funcionar antes de exacerbar la afección subyacente con el tiempo. En ocasiones, los médicos abordan el problema aumentando las dosis, lo que a su vez provoca un comportamiento más impulsivo.
Según Valerie Voon, profesora de neuropsiquiatría en la Universidad de Cambridge, es menos probable que los amigos y familiares de los pacientes reconozcan las compras compulsivas. Afirma que es un efecto secundario tan común como la ludopatía y los impulsos sexuales compulsivos, pero estos comportamientos suelen detectarse antes.
“Cuando comprás en Internet, no recibís retroalimentación de inmediato”, dice Voon. “Podés pedir varias cosas por Internet sin ser muy consciente de lo que hacés. No existe el mismo estigma ni la misma repercusión social negativa, por lo que es probable que se presente durante mucho más tiempo y de una manera mucho más oculta que otros comportamientos”. Como resultado, explica Voon, los amigos o familiares pueden interpretar el cambio de comportamiento como generosidad o derroche—en lugar de algo patológico— y así continúa.
En respuesta a las investigaciones de la BBC, la Agencia Reguladora de Medicamentos y Productos Sanitarios (MHRA, por sus siglas en inglés) de Reino Unido está revisando las advertencias sobre los efectos secundarios de comportamiento impulsivo de los fármacos agonistas de la dopamina. La MHRA afirma que ningún medicamento está exento de riesgos y que estos fármacos mejoraron la vida de muchos pacientes.
Los fabricantes también aseguran que las advertencias están claramente indicadas, que los fármacos se sometieron a extensos ensayos clínicos y que siguen siendo aprobados por los organismos reguladores de todo el mundo. La recomendación del Servicio Nacional de Salud de Reino Unido es clara: si estás tomando fármacos agonistas de la dopamina y tenés alguna duda, debés consultar con tu médico.
Desde que escuchó el podcast a principios de este año, Sally redujo su dosis para controlar su comportamiento compulsivo. Sin embargo, continúa tomando la medicación porque es el único tratamiento que le funciona. “Está ahí todo el tiempo, y lucho contra ello a diario. Con cada compra que hago, tengo que pensar: ‘¿Es una compulsión? ¿Lo estoy haciendo de nuevo?’”.
*Por Noel Titheradge, corresponsal de Investigación, y Emma Barnett, presentadora del programa Ready to Talk.
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