Solidarios, sensibles y apegados a la familia: así los recordarán
Los adolescentes asesinados no tuvieron una vida sencilla
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CARMEN DE PATAGONES.- No tuvieron una vida fácil. Con sólo 15 y 16 años, se habían enfrentado a la muerte. Pero bastó un segundo, un instante de locura ajena y una seguidilla de tiros, para que sus esfuerzos no sirvieran de nada. Sandra Núñez, Evangelina Miranda y Federico Ponce cayeron desplomados.
Sandra tenía muchas ganas de muchas cosas. Fanática de Britney Spears y de Javier Saviola, había convencido a su madre de empapelar el dormitorio que compartían con fotos de sus ídolos. Era hija única. Cuando su madre, Mónica, de 36 años, quedó embarazada, el padre la dejó. La crió sola, con la ayuda de Roberto y María Julia, los abuelos. Como nació sietemesina, tuvo muchos problemas de salud. "Hicimos tanta fuerza para que viviera", cuenta su tío Mariano. El abuelo llora cuando la recuerda. "Hace una semana le regalé un equipo con CD y estaba contenta porque hacíamos las dos cosas al mismo tiempo: yo veía fútbol y ella escuchaba La Mosca o La Ley", recuerda. "Ese chico no sabe lo que destrozó", agrega. "El martes me levanté para hacerle el desayuno. Ella se fue contenta y yo volví a la cama. A las 7.40 hubo una sirena. Sonó el teléfono. Había habido un accidente. Pensé: «Es ella». Puse la radio", cuenta el abuelo.
La mamá corrió a la escuela y se enteró de la matanza. Un oficial de policía la dejó entrar al aula. Vio los anteojos de Sandra tirados. Y después, el cuerpo desangrado.
Las cosas no habían sido fáciles tampoco para Evangelina Miranda. Cuando tenía 5 años, la madre se fue con otro hombre y dejó a ella y a sus hermanas con el padre, Jorge Miranda, inspector de tránsito que vivió para ellas. Berta, la abuela, se mudó con ellas. Hace cinco años, cuando ella tenía diez, el padre se suicidó.
Poesía y dolor
Las cuatro nietas se criaron pegadas a la abuela Berta, una mujer que necesita silla de ruedas para movilizarse. Evangelina la ayudaba a vestirse, a cocinar, a moverse. Y hasta hacía algunas changas para ayudar con dinero. Le gustaba ir al río a tomar mate. También, ir a bailar cumbia a Cocoa. Pero su actividad favorita era jugar al fútbol con sus amigos. Y así prefiere recordarla su familia: corriendo y riendo.
La casa de Federico es un testimonio del dolor. El día que lo mataron llevaba bajo el brazo unas fotocopias con un texto de Federico García Lorca. Entró, y tres disparos le arrebataron el final.
Su padre es dueño de una empresa de camiones. LA NACION lo visitó ayer en su vivienda. Pero el hombre prefirió no hablar. A Federico le gustaban los deportes y, sobre todo, ver los partidos de Boca. Acompañaba al padre en todo lo que podía. Uno de sus hermanos se había mudado a Bahía Blanca para estudiar. Y Federico seguiría su camino. Cuando "Junior" le disparó, el apunte de Federico cayó al suelo. La escena parecía macabra. Un enorme manchón rojo atravesaba el título del texto: "Bodas de sangre".





