Sólo dos meses de prisión para la asesina del polista argentino
WASHINGTON.- Todas las evidencias no bastaron para una sentencia más drástica: Susan Cummings, la asesina confesa del polista argentino Roberto Villegas, estará en prisión sólo 60 días y pagará una multa de apenas 2500 dólares.
Centavos, en comparación con la fortuna que heredó junto a su madre, Irma, y su hermana melliza, Diana, de su padre, Samuel Cum- mings, ex empleado de la CIA y dueño de una de las compañías de armas de mayor facturación de los Estados Unidos, muerto el 29 de abril en Mónaco.
Después de más de ocho horas de deliberaciones en los últimos dos días, el jurado, reunido en Warrenton, Virginia, no halló ayer suficientes razones para que la condena de Cummings fuera, como se preveía, de 20 años de cárcel o la prisión perpetua.
Lo componían ocho mujeres y cuatro varones, ninguno de ellos hispano. Todo un dato. Los suplentes, dos, también eran mujeres.
Cummings, de 35 años, sonrió ayer por primera vez desde que comenzó el juicio, hace una semana: "Estoy muy feliz", dijo en la puerta del tribunal. La lectura de la sentencia, a cargo del juez Carleton Penn, no despertó en ella ni un gesto de alegría. Nada.
Al día siguiente del crimen, ocurrido el 7 de septiembre último en la propiedad familiar Ashram Farm, Cummings quedó en libertad bajo fianza (pagó 75.000 dólares) y, a fin de año, tuvo ocasión de visitar a su padre en Mónaco gracias a un depósito de 2,3 millones de dólares, el valor del campo donde liquidó a Villegas.
¿Cómo fue el crimen?
¿Qué pasó, en realidad? Villegas salió a una hora incierta, bien temprano, de la casa de Virginia Kuhns, donde rentaba un cuarto que pagaba puntualmente cada mes, primero en efectivo y después con cheques a nombre de Susan Cummings.
Solía tomar un par de cafés negros, elogiar su jardín, desearle que tuviera un buen día y despedirse hasta la tarde, pero aquella mañana soleada salió medio apurado.
Ocho minutos después, llegó al casco de la Ashrlam Farm. El día anterior había estado con Cumings , su novia y alumna de polo, en Pittsburg. Habrían discutido.
Ahora iban a desayunar. Cuatro disparos de una pistola 9 milímetros, una de las cuatro que tenía Susan en casa, terminaron con su vida.
La versión del fiscal, Kevin Casey, indica que Cummings tomó el arma de su cuarto, regresó a la cocina y mientras Villegas llevaba la taza de café a su boca, gatilló, avanzando lentamente hacia él.
Luego, según Casey, Cummings corrió escaleras arriba, se hirió el brazo izquierdo con un cuchillo, de modo de aparentar haber sido víctima de una agresión, y lo dejó cerca del cadáver de su ex novio. A las 8.51 reportó el crimen a la policía, dando cuenta de que había sido amenazada.
En la versión de la defensa no se omite el punto crucial, la autoría a cargo de Cummings, pero varía diametralmente el motivo: fue en defensa propia.
Criminólogos, patólogos, forenses e investigadores, citados por la fiscalía, demostraron que Villegas no pudo agredirla en forma física, ya que permanecía frente a la mesa cuando recibió los disparos.
En el Estado de Virginia el asesinato en primer grado requiere pruebas de malicia y de premeditación para que la condena sea atenuada. Por eso, Howard calificó desde un primer momento a este crimen de emocional.
Lo logró, en vista del fallo, como sucedió en 1994 con otra cliente que llevaba todas las de perder, Lorena Bobbitt, famosa por haber amputado el pene de su marido.





